Usted está aquí: jueves 30 de agosto de 2007 Gastronomía Antrobiótioca

Antrobiótioca

Alonso Ruvalcaba
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Nantucket, clam chowder

Ampliar la imagen Almejas chilenas en Guerrero Negro Almejas chilenas en Guerrero Negro Foto: Fabrizio León Diez

I

Te diran de la isla de Nantucket, sola y lejana como el cuidador de un faro, te dirán mírala: codo de arena, sólo playa gris, arena y más arena, te dirán que ahí no crece ni la yerbamala: los hombres de Nantucket tienen que plantarla; que tienen que importar flores del Canadá, pasto del Chiapas mexicano; que la gente venera pedazos de madera como quien, en Roma, venera un vestigio de la santa cruz; que la gente planta árboles muertos, secos, para sentarse a su sombra en agosto; que una brizna de yerba es un pequeño oasis, que tres briznas son una pradera; que están tan encerrados, tan envueltos, tan rodeados, tan enclaustrados, tan hundidos en el fondo de la isla, isla todo, arena, mar y mar y sal y sal, que en las sillas mismas, que en las patas de las mesas y las camas, aparecen de repente almejas pegadas, adheridas como se adhieren al caparazón de las tortugas en el mar. Te dirán eso y tú acaso no lo creas. No importa: yo lo he visto, yo he estado en Nantucket.

Te diran tambien que el hombre de Nantucket recogía cangrejos a la orilla del mar, primero; que después ganó arrojo y se aventuró con redes a pescar caballas; que después ganó sabiduría y tomó botes y fue a buscar el bacalao; que después ganó experiencia y construyó grandes barcos y se fue al mar y vio estrechos y exploró este acuoso mundo y lo navegó incesantemente; que en todas las estaciones, en todos los años, en todos los océanos le declaró una guerra eterna al más grande, más fuerte, más monstruoso sobreviviente del diluvio, el Leviatán, el Mastodonte salino, la ballena, la montaña del mar, la isla viviente, hasta que Greenpeace y los verdes, en la América pusilánime, en la Europa pusilánime, dijéronle, como Dios a Job desde el torbellino: he aquí tus límites y de aquí no pasarás. Y esos hombres ahora mueren de tedio, yo los vi entonces, yo vine aquí y trepé a un ballenero antes de que llegara el keroseno (el nombre de ese barco era Penguin), y antes del economista y el político, vegetarianos carniceros disfrazados: no conocían otra dicha que la del océano, el arponero no sabe de la vida en la tierra, no piensa en el goce de la mujer ni en el dador de anillos ni en el arpa sonora, él quiere dormir como la gaviota que en la tarde dobla las alas y la mecen las olas, así él quiere dormir y que bajo su almohada misma nade el león de mar y las ballenas.

II

Yo vine entonces a Nantucket y en la víspera del Penguin cené y dormí en el Try Pots de los Husseys, en el número 2 del Straight Wharf; cené bacalao con cebollas marinado en ginebra y asado directo al fuego y paté de cangrejo y almejas frías con ajo y vino y la señora Hussey me gritó cod or clam!!!??; le respondí, tímidamente, clam, y trajo una sopa, el chowder, y fue como si nunca hubiera yo comido un pez: su vapor era tibio y sabroso, casi lo podías probar; era misterioso y claro al mismo tiempo. Escúchame: lo componían pequeñas almejas jugosas, no eran mucho más grandes que avellanas, mezcladas con trozos de pan marinero y pedacitos de tocino; lo habían enriquecido con mantequilla; con crema; con mucha sal, con mucha pimienta. Y cuando terminé le dije a la señora, casi como una pregunta: cod?; y al rato vino con una sopa de bacalao tan perfecta y tan sencilla como aquélla.

El Try Pots es el lugar con más olor y más sabor a pescado de la tierra. Había chowder en el desayuno, el almuerzo, la merienda, la cena; la entrada: pavimentada de conchas de almejas; el collar de la señora Hussey: vértebras de bacalao; los libros de registro: encuadernados en piel de tiburón; la leche sabía a pescado también –yo vi una vez a la vaca de los Hussey comiendo restos de bacalao, cabezas y colas, de cubetas olvidadas junto al mar–; y cuando me subí a dormir (“¿Qué vas a querer desayunar la sopa, de bacalao o de almeja?”, y le dije: “De los dos, señora, y póngame unos arenquitos, también, por favor”), muerto de terror y de esperanza, las sábanas olían a pescado y la almohada incomodísima a pescado. Al día siguiente nos fuimos en el Penguin.

III

Y luego todo cambió ese mundo y Nantucket se llenó de tráfico y las rentas subieron a lo loco y ahora es para niños ricos, recién salidos de Harvard o de Yale, toda llena de arbolitos; y en donde estuvo el Try Pots seguro hay un Starbucks y las ballenas son un recuerdo incómodo, poético, o arrinconado en un micromuseo, cubriéndose de polvo interminablemente. Y de mí, que huí de la escuela a los 15 años, puedo decir esto: si es que hay algo oculto en mí que queda intacto y bueno; si alguna vez merezco una pequeña bondad en esta cosa cambiante que es la vida; o si logro hacer algo pequeño pero digno; si alguien, tras mi muerte, toma este periódico y encuentra en esta página algo válido; desde hoy se lo adjudico a la gloria del antiguo Nantucket y a la sangre de esos días, pues un ballenero fue mi UNAM y fue mi Colmex.

 
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