Usted está aquí: jueves 23 de agosto de 2007 Política El desquite

Soledad Loaeza

El desquite

Muchas son las virtudes de la novela de Juan Villoro, El Testigo. Su capacidad narrativa, la habilidad para construir personajes convincentes, las puntas de humor siempre presentes, son un placer para el lector/la lectora.

Entre las muchas historias que cuenta el libro, la que sirve de telón de fondo, la experiencia cristera de una familia del centro del país, es premonitoria del anuncio que apareció en la prensa la semana pasada de la formación del Partido Humanista, una escisión del PAN que levanta la tradición de la Unión Nacional Sinarquista, y por esa vía, la de los cristeros, aquellos Soldados de Cristo que luchaban contra el anticlericalismo revolucionario, a quienes el ejército persiguió sin tregua entre 1926 y 1929, pero sin nunca derrotarlos en forma definitiva y convincente. Para ellos la firma de los acuerdos, el modus vivendi entre los obispos y el presidente Emilio Portes Gil, que rigió las relaciones Estado-Iglesia hasta las reformas constitucionales de 1992, fue una traición imperdonable.

La convicción de muchos cristeros y de sus descendientes, los sinarquistas, de que nunca fueron realmente vencidos inspiró muchos de los desplantes de Vicente Fox en la Presidencia de la República, los arrebatos religiosos de Carlos Medina Plascencia cuando era gobernador, las enfurecedoras declaraciones del entonces secretario de Gobernación, Carlos María Abascal, hijo del fundador de la Unión Nacional Sinarquista (UNS), y ahora, las pretensiones de los gobernadores de Guanajuato, Juan Manuel Oliva, y de Jalisco, Emilio González, de echar para atrás el reloj y desquitarse de una revolución que impuso una Constitución anticlerical con la que nunca se han reconciliado. No obstante, en estos tiempos el reto que lanzan a su aliado el Partido Acción Nacional, es mucho más importante que el que presentan al resto de la sociedad, que probablemente los mira con la curiosidad que uno dedica a un cadáver embalsamado.

En la biografía de muchas sociedades hay episodios oscuros de los que es mejor no hablar, porque son dolorosos y divisivos, o porque si se trata de guerras civiles hay muy poco de lo que puedan enorgullecerse los vencedores. Tuvieron que pasar 30 años para que en Francia empezara a hablarse del colaboracionismo con las fuerzas de ocupación alemanas como un fenómeno amplio. Sólo un historiador inglés, Robert Paxton, podía liberar los secretos de millones de franceses que, bajo el peso de la derrota de 1940 triunfaron ellos mismos, porque eran de derecha y apoyaban una solución autoritaria para los problemas del parlamentarismo como la que ofreció el régimen de Vichy, o bien optaron por conformarse a las nuevas circunstancias en busca de ventajas personales. Los ingleses prefieren dejar en silencio la feroz represión de las colonias africanas después de 1945.

Así ocurrió en México con la guerra cristera, cuya historia fue relegada a los márgenes de los hechos de los revolucionarios ganadores, hasta que en 1973 Jean Meyer publicó La cristiada que rebautizó el sangriento conflicto armado en el que durante tres años se enfrentaron campesinos del centro del país con el Estado de la revolución.

Según Meyer, en esa guerra murieron cerca de 40 mil personas, y ambos bandos pecaron de crueldad. No obstante, la voz de los cristeros no pudo escucharse sino hasta que Meyer les diera voz. Más adelante el reformismo electoral les abrió un espacio, pero llegaron al poder sólo cuando se tragaron su orgullo y se aliaron con el PAN, al que los sinarquistas miraron siempre con gran desconfianza. Una tensión que, como lo indica el anuncio del nuevo partido, nunca se ha resuelto realmente. Los panistas podrían reprocharles ahora ellos su traición, porque no es el momento de escindir al partido; sin embargo, parecería que la urgencia de reivindicar su historia le ha ganado espacio al cálculo político. El regreso de la UNS a la política nacional equivale a saldar una cuenta pendiente con nuestro pasado.

El momento en que Vicente Fox empuña un gran crucifijo en la ceremonia de toma de posesión del primero de diciembre de 2000 es una de las imágenes más significativas de su triunfo. Desde ahí se supo que su victoria no era la de Acción Nacional y de sus universitarios que en 1939 representaban a la tecnocracia de la época, sino que se trataba de la revancha de los sinarquistas que fueron víctimas del Estado revolucionario y de sus deseos de cambio. Más de medio siglo después de que el presidente Avila Camacho los mandara a morir en las tierras áridas de Baja California, adonde fueron a construir una Ciudad de Dios en la colonia de Santa María Auxiliadora, los sinarquistas se hicieron presentes nada menos que en la Presidencia de la República. Desde ahí se propusieron gobernar el país y restablecer un orden divino. Para su desgracia el instrumento de este proyecto era Vicente Fox. Los sinarquistas de ahora tendrían que reconocer que el fracaso de su proyecto poco tiene que ver con la infidelidad de Acción Nacional, o con las frivolidades del hijo predilecto de Sinarcópolis, (León, Guanajuato), y mucho con los cambios de una sociedad que no cree en el Reino de Dios sobre la Tierra.

 
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