Usted está aquí: martes 14 de agosto de 2007 Opinión El pasado perpetuo

Teresa del Conde/ I

El pasado perpetuo

El título que Vittorio Sgarbi, crítico de arte, político y provocadora estrella televisiva de Milán, en conjunción con María Fernanda Matos, dieron a la colección gráfica de Giorgio de Chirico que se exhibe en el Museo Nacional de San Carlos, es muy adecuado. Si en la exposición no existen piezas anteriores a las autoglosas chirichianas, es simplemente porque no existen en el conjunto reunido por Pier Paolo Cimati.

En sentido estricto no puede hablarse de una curaduría, pero es de celebrarse que la muestra patrocinada por la embajada de Italia, el Instituto Italiano de Cultura y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Bellas Artes esté vigente hasta octubre en el palacio de Puente de Alvarado, elegantemente distribuida en las salas de exposiciones temporales.

Yo no diría que De Chirico fue sicótico, pero ni duda cabe que su personalidad es de las más peculiares en el contexto del arte del siglo XX. Debido a su acendrado excentricismo, mantuvo una postura que a décadas de distancia lo vincula de algún modo a quienes protagonizaron el neodadaísmo precursor del pop. No es al acaso que las galerías del vittoriano (el monumento a Vittorio Emanuele II en Roma, también conocido como “el pastel”) hayan albergado una exposición conjunta de De Chirico y Andy Warhol, y si algo es perfectamente detectable en la reiterativa muestra que ahora comento son precisamente sus “ricas, controvertidas y posmodernas complejidades”, como reza una de las principales notas críticas que se le han dedicado. Sólo que yo no las llamaría tanto “ricas” como cínicas, humorísticas y prácticas.

De otra parte, si la memoria de quienes configuran el campo artístico no falla, posiblemente se recuerde que en 1993 la exposición Giorgio de Chirico: obra selecta, presentada en la sala Pellicer del Museo de Arte Moderno, exclusivamente con óleos, dibujos originales y unas horrorosas esculturas cuyo pedigree es por lo menos discutible, se acompañó de una nutrida exposición mexicana de influencia pretendidamente chirichiana, integrada con piezas de Rufino Tamayo, María Izquierdo, Agustín Lazo, Carlos Orozco Romero, Manuel González Serrano y Roberto Montenegro, de la cual desafortunadamente no se hizo catálogo, a diferencia de la que generó su organización, que contó con un volumen ilustrado en el que pueden rastrearse buena parte de los elementos iconográficos ahora cotejables en San Carlos.

La pieza maestra de aquella exposición vino del Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Sao Paulo y se titula L’enigma di una giornata, pero el grueso de las obras provinieron de la Galeria Nazionale D’Arte Moderna, de Roma, apoyadas con otras del MoMA, de Nueva York, de la Menil Foundation, de Houston y de las que entonces estaban en poder de la fundación Isa y Giorgio de Chirico. Fue entonces que supimos que su peculiar postura le había inducido a firmar como auténticas ciertas obras realizadas por jóvenes sesgadamente adscritos al núcleo surrealista, entre otros Remedios Varo, Esteban Frances y Oscar Domínguez.

La exposición de San Carlos basta para darse una idea de la iconografía “retro” del pintor nacido en Volos, Grecia, que intensificó sus vínculos con los surrealistas cuando se encontraba involucrado no ya en su etapa “metafísica”, sino en el retorno al orden y en sus retomas, muy pictoricistas y nada malas por cierto, de pintores del pasado, ya se tratara de Rafael, Tiziano o Watteau.

El Autorritrato in costume, una lito a seis tintas ahora exhibido, permite constatar que el autor de Hebdomeros no sólo glosó sin medida ni clemencia su etapa metafísica, como sucede con L’enigma del pomerigio, las musas inquietantes o las reiteradísimas figuras de los arqueólogos, sino que también su fase de los baños con efecto parket, las Lucrecias y Ariadnas o los caballos a orillas del mar de 1928 que tantos vituperios le acarrearon por parte de sus ex rendidos admiradores surrealistas están presentes. Con o sin razón, Breton y secuaces abominaron sus neoacademicismos y sus réplicas, algunas de las cuales datan, por lo menos, de 1924. Hay un documento del artista que respira sinceridad y provoca sonrisas. Paul Eluard, pareja entonces de Gala, fue a Roma en 1924 con el propósito de adquirirle dos obras que estaban en poder de Mario Broglio. No llegó a acuerdo alguno con el editor de Valori Plastici, motivo por el cual De Chirico les propuso por escrito la adquisición de dos réplicas que “no tendrían otro defecto que el de haber sido realizadas con material mejor y con mayor conocimiento técnico”.

Poco antes de morir en 1978, ostentando título de académico de Francia y otras distinciones, De Chirico cumplió 90 años, celebrados nada menos que en El Campidoglio. La alocución oficial estuvo a cargo de Giulio Carlo Argan, uno de los más notables historiadores y críticos italianos de izquierda. Su discípulo Jorge Alberto Manrique (igual que yo) debe recordar el acontecimiento.

 
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