Usted está aquí: lunes 30 de julio de 2007 Opinión Ciudad Perdida

Ciudad Perdida

Miguel Angel Velázquez

La torre de la discordia

El berrinche en Los Pinos y la ofensiva azul

La obra, esplendorosa, decían en Presidencia

El gobierno del odio que encabeza Felipe Calderón jugó otra de las suyas en contra de la administración de Marcelo Ebrard. La polémica por la Torre del Bicentenario se construyó con base en el deseo frustrado del gobierno federal de ser él el que pudiera realizar la obra. Ahora les contamos la historia que, por más que parezca ficción, pertenece a la engañosa realidad a la que el panismo ha sometido al país.

Hace no mucho tiempo uno de los dueños de las tiendas españolas Zara, que venden ropa de mala calidad pero muy a la moda y a bajos precios, presentó a los inquilinos de la residencia oficial de Los Pinos el "mejor proyecto" para la ciudad de México: la torre panzona. Explicó de qué tamaño sería la inversión, el tiempo de construcción -menos de tres años- y la gloria que significaría para Calderón inaugurar en la capital una obra de la magnitud que se planteaba.

Sin pensarlo mucho, la gente de Los Pinos compró el proyecto. Sólo la idea de levantar un edificio en uno de los lugares más importantes del Distrito Federal, y el apoyo de los comerciantes españoles, serviría para ponerle una zancadilla a Marcelo Ebrard. Ese era el fin y por eso casi de inmediato se iniciaron los tratos.

Durante una semana completa en Los Pinos no se habló de otra cosa que no fuera "la mejor obra del sexenio, la más esplendorosa". Tenían la seguridad de que el monstruo de Polanco lo levantarían con el auspicio del calderonismo, se les veía realmente contentos.

Lo que no se quiso tomar en cuenta o, mejor dicho, se trató de ignorar, era que el proyecto ya había sido aprobado por el jefe de Gobierno de la ciudad de México, y que existían otros 13 inversionistas que estaban comprometidos con esa instancia para edificar la torre. También en el Gobierno del DF se daba por hecho que saldría de ellos el apoyo y el anuncio de tamaña edificación, igual en altura a la Torre Eiffel, en París.

Pero fue la felicidad de los usurpadores la que permeó hasta el Zócalo y causó escándalo. Llamadas por aquí y por allá dieron tranquilidad a Marcelo Ebrard: todos estaban de acuerdo en que fuera la administración capitalina la que se involucrara con los inversionistas, pero se advirtió que Mouriño tenía una buena amistad con la gente de Zara, y que desde esa empresa se pujaba para que las aguas del río cambiaran su cauce.

Entonces se tomó la decisión: anunciar de inmediato la construcción, aunque aún no se tenían todos los permisos en regla para levantarla. Durante muchos meses el proyecto se había afinado. Las calles, las avenidas, el impacto ambiental y social, el costo -600 millones de dólares- los empleos que generaría, en fin, todo un estudio en el que se sustentaba la construcción, que por ningún motivo se lo regalarían al gobierno federal.

Así las cosas, el anuncio se hizo y la reacción en Los Pinos fue berrinche mayúsculo. Tanto que se diseñó la estrategia para golpear el proyecto desde la histeria de la delegada de Miguel Hidalgo.

Y faltaba más, la delegada le entró al juego. Su histeria llegó al extremo de prometer que apoyaría a la gente, sólo le faltó asegurar que ella encabezaría una marcha y un plantón en contra de la construcción, pero de pronto, el jueves pasado, en plena conferencia de prensa, cuando hacía tronar sus cañones en contra de Ebrard, se presentó Jorge Gamboa de Buen, el dueño de la constructora, y la fiereza tornó en elogio.

Gabriela Cuevas fue domada con el látigo de los millones que representa el jefe del grupo que edificará la obra, y se acabó el asunto, cuando menos por lo que siguió del fin de semana.

Lo más grave en todo este escenario es que el proyecto vial que la delegada había tratado de realizar para aliviar el tránsito en la zona, con dineros que trató de sacar a la Secretaría de Hacienda de mala forma, se podría lograr con este desarrollo, así que peor para ella. Bajo el manto de su histeria cumplió las órdenes sin pensar que actuaba incluso en contra de su propia idea. Eso se llama suicidio.

Por lo pronto en Los Pinos no para el berrinche, y será esta misma semana cuando lancen nuevas ofensivas para tratar de impedir lo que ellos mismos llamaron "la más grande, la más esplendorosa obra" para la ciudad de México. Ni modo, de ese azul pinta su odio.

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