Usted está aquí: martes 24 de julio de 2007 Cultura Un día sin Frida

TERESA DEL CONDE

Un día sin Frida

Las personas que, sea por elección propia, o por verse imposibilitadas de ingresar al Palacio de Bellas Artes, siempre cuentan con la esclarecedora opción de visitar la exposición de dibujos de la Fundación MAPFRE en el Museo Nacional de Arte. No todos guardan idéntico interés, pero dan cuenta de que este medio puede ser absolutamente conclusivo. En todo caso el dibujo siempre ha sido y será un método de conocimiento, además de que la muestra depara modalidades diversas y contrastantes, es como un peregrinaje que se realiza sobre todo a partir de las primeras décadas del siglo XX, aunque hay obras posteriores, como el dibujo de Chillida (1960), vecino de un Tàpies muy mediano del mismo año. Los artistas ibéricos privan sobre los de autoría de extranjeros que pasaron temporadas o periodos en diferentes partes de España.

Entre los primeros que la museografía muestra, figura Pastoral, de Joaquín Sunyer, algo deudora de Matisse en época anterior. Sunyer mezclaba aires renovadores europeos con tradiciones locales. Cerca de esa pieza se observan las ilustraciones para Las aventuras del diablo, del uruguayo Rafael Barradas, cuyos ritmos art nouveau nos preparan para la exposición de Julio Ruelas que allí mismo habrá de verificarse.

Las “aventuras” son obra del escritor Juan Verruga, quien escribió a veces con el sinónimo de Julio Ascanio. Texto y dibujos se encuentran muy en la tónica simbolista, que Barradas abandonó para incursionar en el futurismo, ejemplificando con otro trabajo uno de los dibujos más interesantes –por su aparente movilidad– de todo el conjunto. Isidre Nonell, pintor muy reconocido en su momento, está representado con una pieza muy superior a la de Celso Lagar, quien quiso y no pudo glosar una de las Venus de Tiziano con el organista en su trabajo de 1916, dibujo francamente fallido.

Entre las piezas de más antigua fecha está un Picasso de 1902, que todavía no preludia el llamado periodo azul, pero adelantando el recorrido el espectador se topa con un antecedente de los famosos Músicos del MoMA New York, bajo el tema de Arlequín y Polichinela (1924), pieza clave en el conjunto.

Hay un Disco “orfista” (1915), de Sonia Delaunay, válido como ejercicio colorístico, y vecino a éste el ojo se detiene en un Picabia de 1918, formidable, para después dar un viraje al observar otro Picabia sorprendentemente retro: el retrato de una rubia española con peineta de 1922.

Picabia vivió un tiempo en Barcelona, entre 1916 y 1918, quizá fue allí donde realizó el primero de los dos dibujos mencionados. En todo caso fue en esa ciudad donde echó a andar una revista, la 391, que se siguió editando hasta 1924, lo que permite suponer que sus viajes a España, aunque breves, fueron frecuentes en ese periodo, si bien a él solemos recordarlo como uno de los principales agentes dada.

Algunos de los artistas nos tocan muy de cerca, no sólo Remedios Varo, presente con un collage todavía lejano de los excelentes gouaches que realizó en nuestro país para la casa Bayer. Se titula Catálogo de sombras (1935) y viene reproducido en el Catálogo razonado de la artista que Walter Gruen coordinó.

También está incluido Oscar Domínguez, el responsable de que el rumano Víctor Brauner perdiera un ojo durante una riña de café, que tuvo lugar en 1938 al interponerse entre el autor del atentado y Esteban Frances, a quien el proyectil iba dirigido, pero en el contexto surrealista, es por supuesto Salvador Dalí quien atrae más miradas con un dibujo de formato grande: Guerras estéticas, ejemplo prototípico de sus propios manierismos, efectuado en 1943.

Entre las piezas que poseen encanto innegable están los dos dibujos de Joaquín Torres García, uno de 1936, inspirado en el dibujo infantil y otro, dos años posterior, en la modalidad constructivista con la que mayormente lo identificamos.

Burdel, de Arturo Souto (1936), artista del exilio a cuyo taller acudieron maestros mexicanos como Enrique Echeverría (fallecido en 1972) y Vicente Rojo, no puede compararse, verdad sea dicha, con las escenas de burdeles de José Clemente Orozco que son casi todas obras maestras de la dibujística del siglo XX. Ojalá se organizara una muestra de dibujos del jalisciense, sin que medie aniversario alguno de por medio, aunque de necesitarse podría urdirse éste con suma facilidad.

Pienso que las piezas más selectas del conjunto son las de Juan Gris, tanto la naturaleza muerta cubista de 1920, estupendo dibujo a línea, como el Retrato de Paul Dermée de 1925, realizado dos años antes de su muerte. Pero no porque Gris, al igual que Gleizes, representado con una visión de Nueva York (1916), apartada tanto del cubismo analítico como del sintético, sean artistas a quienes acudimos con frecuencia, hay que pasar por alto otras piezas que deparan sorpresas, como las excelentes caricaturas dada de Serge Charchaune, que son el colmo de la síntesis.

 
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