Usted está aquí: miércoles 18 de julio de 2007 Opinión Rusia y Occidente: fin del romance

Editorial

Rusia y Occidente: fin del romance

Tras la crisis desatada en las relaciones bilaterales entre Washington y Moscú por la pretensión estadunidense de instalar un escudo antibalístico cerca de las fronteras occidentales rusas, en la República Checa y en Polonia, proyecto que ha llevado al gobierno de Vladimir Putin a un proceso de rearme y de rechazo a mecanismos europeos de control del armamento convencional, una nueva vuelta de tuerca por el llamado "escándalo de los espías" ha llevado a su nivel más bajo los vínculos diplomáticos entre los gobiernos ruso e inglés.

Como se recordará, ambos países mantienen una pugna por el asesinato, en Londres, del ex agente encubierto Alexandr Litvinenko, al parecer envenenado por los servicios secretos rusos; tras la negativa del Kremlin de extraditar a Gran Bretaña a Andrei Lugovoi, señalado como autor del homicidio, Gordon Brown, en una de sus primeras decisiones importantes en materia de política exterior, expulsó de territorio británico a cuatro diplomáticos rusos. Ayer el canciller ruso, Alexandr Grushko, acusó a Londres de emprender "una vía directa a la confrontación", dijo que su gobierno anunciará una respuesta "selectiva y adecuada" a las expulsiones y advirtió a la Unión Europea que no se deje involucrar en el conflicto.

En suma, por una doble vía -la del equilibrio estratégico y la de las conspiraciones entre los servicios de seguridad- se desarrolla una crispación creciente entre el eje de Washington y Londres, exponentes del belicismo occidental, y Rusia, segunda potencia nuclear del mundo.

La circunstancia ha llevado a algunos a ver en la crisis barruntos de una nueva guerra fría, apreciación que parece equívoca y exagerada: el conflicto Este-Oeste que enfrentó a Washington y a Moscú durante cuatro décadas del siglo pasado fue una competencia mundial entre los dos máximos promontorios de poder militar, pero también una disputa por modelos políticos y económicos; hoy en día, en cambio, Rusia no sólo carece de la influencia global que llegó a tener la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), sino que se encuentra inmersa en la lógica de mercado que impera en casi todo el mundo, y la diferencia más relevante entre las economías es que la corrupción es más flagrante en Rusia que en Occidente y que el control que las mafias ejercen sobre el poder político es allá más evidente que las sutiles maneras en las que el complejo militar-industrial ejerce su dominio sobre los gobiernos de Estados Unidos y Europa.

Sin embargo, los riesgos de una nueva enemistad entre Moscú y las potencias occidentales no son por ello menos preocupantes. Después de casi tres lustros de la postración financiera e industrial que siguió al derrumbe de la URSS, Rusia ha empezado a emerger, impulsada en buena medida por el incremento de los precios internacionales del petróleo, y a reclamar un papel protagónico en el escenario geopolítico planetario. Esta tendencia se contrapone al violento hegemonismo que ha guiado la política exterior de Washington desde 2001, y ambos elementos podrían llevar a una escalada de las tensiones en un mundo que ya se encuentra excedido por ellas.

 
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