Usted está aquí: martes 10 de julio de 2007 Opinión Intereses, sólo intereses

José Blanco

Intereses, sólo intereses

Hablo de los intereses económicos dominantes inmediatos. No hay nada por encima de tal cosa. A la luz de la última reunión del Consejo Europeo es necesario volver a descubrir el agua tibia. Sí, sí, existen mil cosas más: los valores ciudadanos, la ley, la democracia, la cultura, y más, pero todo se vuelve cháchara frente a esa última instancia inapelable.

En los últimos lustros los europeístas derramaron toneladas de tinta pensando que durante la construcción de la Unión Europea los nacionalismos encontrarían un terreno muy adverso para supervivir. La coexistencia de poderes comunitarios, estatales, regionales y locales cambiaría la perspectiva de los ciudadanos, y los nacionalismos irían, paulatinamente, al cesto de la basura. Los europeístas, civilizados, y aún con mejor visión económica en el largo plazo, estarán hoy de luto; la coyuntura conformada por la mayoría de los gobiernos en turno en Europa han echado para atrás la historia europea un tramo dilatado.

Jacques Delors, el socialista europeísta que probablemente más ha trabajado por la Unión (presidente de la Comisión Europea durante 10 años, lo que lo convirtió en el presidente que más años ha durado en ese cargo) dijo resignadamente en Le Nouvel Observateur, de cara a la última reunión del Consejo Europeo: "Europa siempre ha avanzado así: dos pasos hacia adelante y uno para atrás". Me temo que se trata de una opinión de autoengaño para cubrir el dolor que le produce lo ocurrido. En esa reunión lograron salvarse los intereses económicos inmediatos de muchos de sus participantes y otros cargarse lo que no les pertenece como, notablemente gandalla, Polonia, y el proyecto político-ciudadano europeo se ha ido al diablo acaso por décadas, si es que vuelve.

El tratado "simplificado" al que llegaron es un acuerdo entre gobiernos soberanos en el que los pueblos europeos no tuvieron nada que decir. La prueba de fuego de la Unión serán las elecciones al Parlamento Europeo de 2009. Mario Soares, ex presidente de Portugal, prevé alta abstención. Y respecto a lo "simplificado", Jean-Claude Juncker, presidente de Luxemburgo, dijo que es "muy complicado", mientras Guy Verhofstadt, presidente saliente de Bélgica, lo caracterizó de "ilegible".

Continúa vigente la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión, pero fue echada fuera del tratado, con la alta probabilidad de que el Reino Unido no la reconozca, posición a la que podrían sumarse otros países.

El Consejo, además, fue incapaz de superar la que se reconoce como una evidente fragilidad de la Unión: la exigencia de unanimidad en las decisiones de política exterior, fiscal, social, recursos financieros de la Unión, así como en la revisión de los tratados, y se suprimió el título de ministro de Asuntos Exteriores, que se convirtió en "alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad". El título de ministro recuerda en exceso al Estado-nación. No, nada de eso: encima del europeísmo, el nacionalismo.

América Latina un día intentó hacer esto, evidentemente con una anticipación fuera de todo juicio sensato sobre las realidades de los intereses económicos de grupos "nacionalistas" que siempre quisieron para sí un corral propio donde explotar al prójimo. "Tras la guerra, la independencia; y tras la independencia, la unión y la libertad", fue la aspiración de Bolívar. Después de mil victorias militares, se propuso crear las bases de la futura constitución de las nuevas repúblicas. Alcanzar la unidad en "una sola nación sujeta al mismo soberano y a las mismas leyes" se volvería imposible, después que voló en pedazos el vínculo unificador de la bota militar de la corona española. El entendimiento, no entre los pueblos, sino entre los dirigentes, fue nulo. Al Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826 Bolívar ya no compareció. Sus afanes no podían hacerse realidad. Las divisiones y disensiones surgían aquí y allá: luchas internas, fronterizas, personales entre dirigentes expresaban los intereses de españoles y criollos, que deseosos de tener su propio corral se impusieron. Bolívar acabó escribiendo "la América es ingobernable para nosotros... el que sirve a una revolución ara en el mar... nunca he visto con buenos ojos las insurrecciones, y últimamente he deplorado hasta la que hemos hecho contra los españoles". Nuevas formas de asociación se ensayan en el presente en estos mismos lares. Veremos qué dicen los intereses "nacionalistas" en los años venideros.

Mario Soares escribió estas palabras dramáticas: "se ha transigido, de forma grave, con el euroescepticismo británico, al haberse permitido que desaparezcan los símbolos (bandera, himno, lema, etcétera), cuando está claro que los símbolos son formas esenciales de identidad. Lo que resulta indefendible es que los gobernantes europeos, por miedo y superficialidad, se opongan a asumir la identidad europea. El federalismo, sobrentendido en el antiguo Proyecto Constitucional, desaparece".

En los hechos el europeísmo encubre los intereses de cada Estado-nación, mientras el nacionalismo encubre los intereses económicos dominantes de cada país. Hay un buen arreglo interno entre intereses de un país multinacional como Suiza, es menos bueno el de Francia, y lejos aún se halla España, país dentro del cual no sólo hay nacionalismos, hay también secesionistas.

En el mundo hay "nacionalismo" para rato.

 
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