Usted está aquí: viernes 22 de junio de 2007 Opinión La indignación colectiva

José Cueli

La indignación colectiva

El mundo se mantiene indiferente, salvo algunas manifestaciones aisladas, por temor al helado contacto de la muerte, la guerra, el terrorismo, la corrupción, el narcopoder, etcétera. Permanece impotente ante las decisiones de unos cuantos poderosos y, a lo sumo, orquesta unas cuantas manifestaciones pacifistas que se pierden al clamor de las bombas, sumiendo en un marasmo a las multitudes sin nombre que pasan ignoradas por la vida sin dejar más huella detrás de sí que el ancho reguero de dolor, angustia y desesperanza que les señala su camino.

Pero no se escucha todavía un clamor mundial que frene a los del poder, un clamor que hable de la indignación por la guerra y los abusos de todo tipo a los más elementales derechos humanos, en una sinfonía gigante que trate de poner límites a los que toman las decisiones, a los líderes del instinto de muerte.

Sigmund Freud describe el instinto de muerte que apunta al fin de reducir lo viviente al estado inorgánico, partiendo de la base de la que la sustancia viva apareció después de la inanimada, originándose en ésta, y según la cual todo instinto perseguiría el retorno a un estado anterior.

Este instinto de muerte se expresa en la irracionalidad de ciertos líderes poderosos, en los terroristas, los fanáticos y los narcotraficantes; dispuestos a acabar con una gran parte de la humanidad azotada por la guerra y el hambre.

Parece que para describir el instinto de muerte, Freud se basó en Empédocles, el presocrático griego, que sigue tan vigente y aporreado al terminar sus recitales poéticos, tanto ayer como hoy, y declarado loco de remate, que al fin los ''cuerdos" son los que defienden los intereses económicos, que no entienden que ''dual es la génesis de lo mortal y su destrucción también porque la transeúnte coincidencia de todas las cosas engendra las mortales y las destruye también; mas de nuevo la destrucción alimentada por las cosas desnacidas se volatiliza a sí misma y alternándose estos procesos nunca descansan de repetir sus intentos: que unas veces, por amistad, convergen en uno todas las cosas; mientras que otras veces, por odio de discordia, cada una diverge de todos. De esta manera, en cuanto que Uno aprendiera a engendrarse muchos, y en cuanto que, de nuevo, fueron surgiendo muchos, desengendrándose Uno, por esto se engendran las cosas, mas ninguna en eterno apoyará sus pies. Mas en cuanto cambiándose unas en otras ninguna reposa, por tal causa, según círculo innoble, muévanse todas".

La violencia y las guerras se han desencadenado y empiezan a robar al mundo sus bellezas y las esperanzas de una superación definitiva de las diferencias que separan a pueblos y razas entre sí y, como dice Freud, ''enloda nuestra excelsa ecuanimidad científica y nos muestra en cruda desnudez nuestra vida instintiva al desencadenar los espíritus malignos que moran en nosotros y que suponíamos dominados definitivamente por nuestros impulsos más nobles mostrándonos la caducidad de los que suponíamos estables y llevándonos a la depresión colectiva".

Empédocles lo canta así: ''Como dije al principio los mitos capitales declaran dual el dicho, y a veces uno crecía y crecía a costa de muchos, que llegó a ser uno, a veces empero por desnacimiento, muchos surgen de uno. Imbéciles, que son por cierto de alcance largo sus mentes, pues esperan confiados que se engendre lo que antes no era, o que algo muera y del todo perezca. Varón sabio ni tales cosas en su mente adivinará que, mientras él y los mortales vivan, lo que ellos todos, nombran vida 'sean' mientras tanto de veras y les 'acaezcan' mientras tanto cosas malas y buenas y por el contrario antes de ser compactos, como después de desatados ya de veras no fueron, ya de veras no sean".

 
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