Usted está aquí: martes 19 de junio de 2007 Economist Intelligence Unit Se vende aire

MEDIO AMBIENTE

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Se vende aire

Economist Intelligence Unit

Ampliar la imagen Productor de metano Productor de metano Foto: Internet

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Cada año, una puerca y sus crías producen en promedio el equivalente a 9.2 toneladas de dióxido de carbono en emanaciones de metano. Antes esto era un problema tanto para el ambiente como para los porcicultores. En los países en desarrollo las heces de los cerdos se acumulan en desagües pestilentes plagados de moscas y a veces llegan a las redes de agua potable.

Este problema se ha convertido en una oportunidad. Bunge, una compañía estadunidense del sector agrícola, construye depósitos cubiertos y cerrados que recolectan los líquidos de desecho y atrapan las emisiones de metano. Los porcicultores pueden usar estos gases para generar electricidad. Por evitar que el metano se vaya a la atmósfera, Bunge obtiene un crédito que puede vender en el mercado de emisiones de dióxido de carbono y el criador de cerdos recibe entre 20 y 30 por ciento. Bunge tiene 40 proyectos de este tipo en Brasil y planea ampliar sus operaciones a México, Guatemala, Perú y Filipinas.

El mercado de emisiones de dióxido de carbono es verdaderamente innovador. Aunque funciona como cualquier otro de materias primas, lo que se compra y vende realmente no existe. No se comercializan las emisiones, sino la ausencia de ellas, por medio de certificados que indican que cierta cantidad de toneladas de dióxido de carbono (o su equivalente en gases de efecto invernadero) no han sido emitidas por quien vende el certificado y quien lo compra adquiere el derecho a hacer esas emisiones.

El propósito de crear este mercado fue, primero, fijar un precio a la generación de dióxido de carbono y, segundo, incentivar la reducción eficiente de contaminantes al permitir que las compañías para las cuales resulta costoso reducir sus emisiones pudieran comprar bonos a un costo más bajo. En ambos objetivos se ha logrado cierto éxito, aunque algunos consideran que se ha puesto demasiado énfasis en el segundo.

Existe un precio para las emisiones de dióxido de carbono, fijado por el esquema europeo de intercambio de emisiones (ETS, por sus siglas en inglés). En su primera fase este mercado estuvo sujeto a una gran volatilidad debido a que la información sobre las emisiones de la industria europea era muy limitada, y a principios de 2006 hubo un escándalo porque se descubrió que la Comisión Europea había sido demasiado generosa con las cuotas de emisiones autorizadas a la industria. Hoy día, los límites previstos para la primera fase (2005-2008) son prácticamente inútiles. Pero la comisión aprendió la lección y endureció las restricciones, lo que aumentó los precios para la segunda etapa.

Los créditos a la reducción de emisiones de dióxido de carbono provienen principalmente de dos fuentes. La primera son las cuotas autorizadas a las empresas de las cinco industrias contaminantes incluidas en el ETS (electricidad, petróleo, metalurgia, materiales de construcción y papel). La segunda fuente se encuentra fuera de Europa. La Comisión Europea vinculó el ETS con los mecanismos de desarrollo limpio (MDL) previstos en el Protocolo de Kioto. Esto permite que la Organización de las Naciones Unidas certifique la reducción de emisiones en países en desarrollo, por ejemplo, en las granjas porcícolas de América Latina, y estos "certificados de reducción de emisiones" (CRE) pueden venderse.

La mayor parte de la demanda de créditos de carbono proviene de los participantes del ETS, empresas contaminantes que necesitan certificados que les permitan emitir dióxido de carbono. Hay cierta demanda en Japón, que tiene un esquema voluntario, y de compañías e individuos en otras partes del mundo que desean reducir sus emisiones por razones éticas o simplemente pretenden proyectar una buena imagen.

Este comercio ya puede medirse. De acuerdo con la firma de analistas Point Carbon, el año pasado se intercambiaron cuotas de emisión valuadas en 30 mil 400 millones de dólares, equivalentes a mil 600 millones de toneladas de CO2, un incremento enorme en comparación con los 9 mil 400 millones de euros de 2005. ETS aportó aproximadamente 80 por ciento del valor total.

El año pasado se intercambiaron alrededor de 4 mil millones de euros en CRE en países en desarrollo, lo que equivale a 562 millones de toneladas de CO2. De acuerdo con la compañía de investigación New Carbon Finance, hasta ahora se han recaudado 11 mil 800 millones de dólares en bonos por reducción de emisiones. La mitad de esa suma se administra desde Londres. Climate Change Capital, un banco de inversiones especializadas, obtuvo 130 millones de dólares con su primer fondo de carbono, lanzado en julio de 2005; el segundo, emitido este año, asciende a cerca de mil millones de dólares.

De acuerdo con Tony White, de Climate Change Capital, todo el dinero de la primera emisión provino de fondos especulativos (hedge funds), proclives al riesgo financiero. Cuando se creó el segundo fideicomiso, inversionistas más cautelosos, como fondos de pensiones y bancos, ya estaban listos para invertir su dinero.

El dinero se ha destinado principalmente a proyectos para obtener certificados de reducción de emisiones en países en desarrollo. Los porcicultores de Bunge, en Brasil, están convirtiendo los desechos de sus animales en certificados. Sin embargo, la mayor parte de la inversión se ha destinado a la captura de gases de efecto invernadero en China.

Negocio redondo para el gigante asiático

El gas de efecto invernadero más potente es el HFC-23, subproducto del HCFC-22, químico usado, entre otras cosas, en refrigeradores. Hoy día está prohibido en la mayoría de los países desarrollados. Su efecto sobre el calentamiento global es, tonelada por tonelada, 11 mil 700 mayor que el del dióxido de carbono, así que deshacerse de él es buena idea. Y además es barato: capturarlo y consumirlo cuesta menos de un euro por el equivalente de una tonelada de dióxido de carbono. Actualmente China produce la mayor parte del HFC-23 del mundo, lo que, aunado al hecho de que el gobierno chino es muy eficiente para el manejo de ese químico, explica por qué el año pasado ese país acaparó 53 por ciento de los proyectos llevados a cabo como parte de los mecanismos de desarrollo limpio (MDL), por un monto de aproximadamente 3 mil 500 millones de euros.

Lo barato que resulta reducir emisiones de HFC-23 ha desatado una controversia sobre este esquema de intercambio. Algunos créditos se han colocado en el mercado a un precio hasta 11 veces mayor de lo que costó obtenerlos. Las factorías han descubierto que su dañino subproducto, el HFC-23, puede ser más valioso que lo que fabrican. El gobierno chino ya se dio cuenta de cuánto dinero hay en este negocio, y aplica un impuesto de 65 por ciento a las ganancias. Además, en febrero de este año lanzó su propio fondo para financiar proyectos del MDL, con 2 mil millones de dólares. De esta forma, los consumidores europeos, que por medio de sus recibos de electricidad y otras cuentas contribuyen a mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero, están aportando miles de millones de dólares a las arcas del gobierno chino mediante los MDL.

Las salidas fáciles, como el HFC-23 y otros gases industriales extraordinariamente sucios (y rentables) se agotarán pronto. Guy Turner, de New Carbon Finance, considera que se han terminado los días en que obtener un CRE costaba menos de un euro, y que ahora el rango estará entre uno y cinco euros, lo que de cualquier forma deja un enorme margen de maniobra. La industrialización de China es un negocio rápido y sucio, y en ese país no habrá escasez de gases de efecto invernadero mientras exista dinero de los países ricos para limpiarlas.

Esto es sólo una parte del problema. De 65 por ciento de las compañías encuestadas a principios de este año por Point Carbon que aseguraron que el ETS las había hecho reducir sus emisiones hasta en 15 por ciento en comparación con el año anterior, la mayoría planea comprar créditos en lugar de reducir sus propias emisiones, a pesar de que el objetivo del ETS era reducir la contaminación tanto en Europa como en China.

Esto ocurre a pequeña escala. En algunos momentos, el costo de las emisiones de dióxido de carbono incentiva a las compañías generadoras de energía a usar gas en lugar de combustibles sucios. "Nosotros reducimos sustancialmente nuestra producción de lignito (un tipo de carbón más sucio que la hulla) cuando el precio del dióxido de carbono estaba elevado", dice Alfred Hoffmann, director de administración de inversiones de la compañía energética sueca Vattenfall en los países escandinavos y en Alemania. Pero luego los precios del gas aumentaron, lo que disminuyó el atractivo de cambiar combustibles.

Traducción de texto: David Zúñiga

 
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