Usted está aquí: miércoles 13 de junio de 2007 Opinión Benedicto XVI, Bush y la geopolítica del caos

Bernardo Barranco V.

Benedicto XVI, Bush y la geopolítica del caos

El pasado sábado, el papa Benedicto XVI y el presidente estadunidense George W. Bush tuvieron su primer encuentro, en el que resaltó la colisión de agendas. Mientras Bush buscaba un primer acercamiento para un entendimiento estratégico conservador, el papa Benedicto XVI abogó por una solución regional y negociada a los conflictos que sacuden Medio Oriente, entre ellos la ocupación de Irak. Según el comunicado de la Santa Sede, el Papa también calificó de preocupante la convulsa situación existente en suelo iraquí y se interesó por la comunidad católica en el Estado árabe, así como propuso resolver mediante el diálogo el conflicto israelí-palestino y el diferendo con Líbano.

Efectivamente, tras los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 la geopolítica estadunidense ha incorporado a su engranaje los factores culturales y religiosos sugeridos por el intelectual conservador Samuel Huntington, los que la política internacional de la Santa Sede ha rechazado. En diferentes oportunidades Roma se ha desmarcado de Washington; sin embargo, los nuevos coqueteos del presidente Bush lanzados hacia Roma iban dirigidos expresamente a Joseph Ratzinger para intentar recrear la "santa alianza" que tan buenos frutos ofreció. Recordemos que tuvo como momento culminante el derrumbe del Muro de Berlín y el desmoronamiento de los países socialistas, cambiando por completo el mapa político del planeta; dicho pacto fue acordado por el papa Juan Pablo II con Ronald Reagan, y posteriormente con George Bush padre en los años 80. El único que advirtió el lance previo al encuentro entre Benedicto XVI y Bush fue Fidel Castro, desde La Habana, quien le reclama al presidente estadunidense querer embaucar al pontífice, diciendo que "Bush se pasó de rosca cuando hizo una declaración que conocimos por un cable de Ap del pasado viernes. El presidente de Estados Unidos afirmó que llegará al Vaticano 'con la mente abierta y con muchas ganas de escuchar al Papa', y aseguró que 'con él comparte los valores del respeto por la vida, la dignidad del hombre y la libertad'". Sin duda alguna, los mensajes en Brasil del papa Ratzinger contra los nacientes gobiernos "autoritarios" en América Latina alentaron el atrevimiento de George W. Bush a pesar de la toma de distancia de Roma en materia de política internacional.

Es cierto que el Papa y Bush comparten, desde diferentes horizontes, valores conservadores sobre la sociedad, especialmente su rechazo al aborto, eutanasia e investigaciones biogenéticas. Esto potencialmente puede constituir un punto de partida contra la llamada "primavera política" de América Latina. Sin embargo, difieren diametralmente sobre el lugar que debe desempeñar Estados Unidos en el mundo. El Vaticano, desde los tiempos de Juan Pablo II, cuestionó el tono "mesiánico" de Bush, tomando distancia de las reiteradas alusiones religiosas en que incurre en su discurso para legitimar su postura bélica antislámica. Podemos afirmar que desde los tiempos de la geopolítica wojtyliana, la Santa Sede ha venido rechazando la pretensión hegemónica estadunidense de un mundo global con una fuerza unipolar. De ahí su crítica a una globalización excluyente, a un capitalismo depredador, y cuestiona los postulados del "fin de la historia". Ya en la encíclica Centesimus annus, 1991, el papa Juan Pablo II sentencia una actitud reticente frente al capitalismo de mercado victorioso pero consumista, individualista, hedonista y pagano. Benedicto XVI afirma la continuidad y la distancia frente a la preponderancia estadunidense en el mundo. Efectivamente, si existió una natural convergencia entre Reagan y Juan Pablo II para confrontar la construcción social comunista de la Unión Soviética, también es cierto que desde los años 90, precisamente con la Guerra del Golfo, el distanciamiento ha sido inevitable; el Vaticano se opuso no sólo a la intervención militar, sino a la cruzada antislámica propuesta por Bush padre. En ese sentido, Roma ha venido cuestionando el "choque de civilizaciones" y la manipulación ultraconservadora de lo sagrado por parte de la nueva derecha cristiana en Estados Unidos.

La solicitud de Benedicto XVI, de encontrar soluciones negociadas al complejo conflicto en Medio Oriente, se ha convertido en un reclamo con resonancias internacionales. Con esas peticiones, el Papa parece seguir la línea aplicada por su antecesor, Juan Pablo II, quien se opuso a la invasión angloestadunidense a Irak y advirtió sobre las consecuencias negativas de esa guerra en la región. Fuera de la Iglesia católica no existe ninguna confesión religiosa que se presente con un doble carácter, es decir, de ser una religión y al mismo tiempo un Estado temporal como el constituido por la Santa Sede. De ahí que sea entendida como el gobierno del sumo pontífice, que goza de soberanía en cuanto órgano supremo de la Iglesia católica y en cuanto a la posición jurídica del Estado de la Ciudad del Vaticano, que es la misma a la de cualquier otro Estado y le sirve para asegurar la libertad y la independencia de sus posiciones en cualquier parte del mundo. En el choque de agendas entre Bush y el Vaticano, Ratzinger ha sido claro y ha tomado posición. A la distancia hubiera sido deseable escuchar al pontífice una palabra sobre la situación de los migrantes en Estados Unidos; su postura habría tenido indudable impacto y efecto en la negociación bilateral y en la actual discusión sobre la ley migratoria; se habrían reforzado las posturas de las iglesias de Norteamérica, como la mexicana. Se fue una magnífica oportunidad, que se ha escapado tanto para la débil diplomacia mexicana como para los operadores católicos mexicanos con incidencia en Roma. Lástima, los "hubiera" no existen.

 
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