Usted está aquí: jueves 24 de mayo de 2007 Gastronomía Antrobiótica

Antrobiótica

Alonso Ruvalcaba

Nuevos apuntes de cochinitos

Ampliar la imagen Son como nosotros antes de la caída y la expulsión Son como nosotros antes de la caída y la expulsión Foto: Fabrizio León Diez

UNO. SOMOS LOS animales más parecidos al puerco: el puerco nos observa y ve en nosotros a sí mismo, nosotros somos el roto espejo, los fragmentos que nunca se unirán donde el puerco se mira destrozado. Somos inteligentes casi como ellos, somos sociales, tenemos poco pelo. Nuestras entrañas se parecen. Michael Pollan cuenta, en The omnivore's dilemma, la persecución y abolición de un puerco salvaje; cuando Pollan se aproxima a la otra bestia, rota y semidestripada, no puede evitar estas palabras: "Muchas veces en mi vida había manipulado vísceras de pollo pero esto era diferente, más inquietante, acaso porque las entrañas de aquel puerco se veían exactamente iguales a las de un humano. Por eso, según recuerdo, los cirujanos afinan sus habilidades operando puercos." S. Dickerman dice que las fronteras entre lo porcino y lo humano son muy borrosas. Los amigos de Ulises se convierten en puercos, por ejemplo, y el Piedra de sol contiene estos versos: "uno a uno me arrancas los recuerdos,/ he olvidado mi nombre, mis amigos/ gruñen entre los cerdos o se pudren/ comidos por el sol en un barranco"; en el capítulo VI de ese libro perfecto, Alice's adventures in Wonderland, un bebé escandaloso se convierte de a poquito en un marrano. "Y Alice dijo muy seria: 'Si vas a convertirte en puerco, querido mío, nada voy a hacer contigo. Así que ¡estáte!' La pobre cosilla sollozó de nuevo (o gruñó: imposible distinguir entre los dos), y siguieron caminando en silencio..." Famosamente, una de las películas más conmovedoras de Australia se llama Babe, el puerquito cortés. Hay un poema de Pacheco, "Preguntas sobre los cerdos e imprecaciones de los mismos", que va así:

¿Por qué todos sus nombres son injurias?
Puerco marrano cerdo cochino chancho.
Viven de la inmundicia; comen, tragan (porque serán comidos y tragados).
De bruces y de hinojos roe el desprecio
por su aspecto risible, su lujuria,
sus temores de obsceno propietario.

Nadie llora al morir más lastimero,
interminablemente repitiendo:

-Y pensar que para esto me cebaron.

Qué marranos qué cerdos qué cochinos.

REVOLCANDOSE EN LA mierda, felices e instantáneos, los cerdos son como nosotros antes de la caída y la expulsión.

DOS. EN SU Atlas, Borges pondera una brioche arquetípica, la Brioche Causal que el Gran Panadero hizo y mantiene entre los Primordiales o las Esencias (la nomenclatura se me escapa), elaborada de Huevo y Harina Causales, y a partir de la cual están hechas todas las modestas brioches de la tierra, elaboradas de harina y huevo también muy terrestres. De ser así, naturalmente, también existe una Concha, un Moño, una Chilindrina primordial; y sin duda existirá una Torta y una Cochinita Pibil. En Erase una vez en México (2003), del chambón incurable Robert Rodríguez, la cochinita es una obsesión Sands, el personaje de Johnny Depp. La come en cada reunión y puede matar a quien la prepara demasiado bien, para no romper el delicado equilibrio del país, del mundo o tal vez del Universo. En el comentario del dvd, Robert Rodríguez comete la edulcorada mamonería de dar una receta de una cochinita (o "puerco pibil", como él lo llama) interminablemente lejana de su arquetipo. El Arquetipo, si existiera, debería estar hecho de un puerco untado con recaudo (dialecto del Yucatán para "recado", acepción 3 de la siempre simpática Academia: aderezo líquido y espeso usado para sazonar carnes) de semillas de achiote, que antes los indios caribes usaron para pintarse la cara, que llegó a Europa en el diecisiete, que muchas recetas de chocolate lo requerían por entonces, que se usó en Inglaterra para imponerle color al queso Cheshire y al Leicester rojo; vinagre, ajo, sal, orégano, pimienta gorda, semillas de cilantro y comino; la carne debería provenir de un marrano joven pero no bebé, mechado ligeramente con ajo; debería hornearse muchas horas en un horno lento, hurgado al suelo caliente de Campeche, Yucatán o Quintana Roo [corchete: Borges dice también por ahí que si la doctrina de los Arquetipos es cierta, existirá el Arquetipo de Londres o el Alto Volta; también, obviamente, de Campeche o Quintana Roo]; debería ser tierno, mild; debería deshacerse con las manos; debería tener un color que avance del naranja hacia el marrón con parsimonia; debería venir con chile habanero y cebollas moradas encurtidas. (No es necesario, como en mis recuerdos, comerlo en una tarde yucateca hace 25 años; no es necesario oír de lejos los gritos pavorosos de "Chaac, Chaac", ni que el calor empape la guayabera o corra en largas gotas por las sienes; no es necesario estar disfrazado, con látigo y todo, de un Indiana Jones de siete años.)

TRES. SOMOS LAS bestias más parecidas al puerco. Somos sucios, olemos mal; cogemos igualito: lastimamos, ponemos las pezuñas hirientes sobre el otro, nos venimos con los dientes apretados o a mordidas. Vivimos en el rastro y morimos víctimas de quién sabe qué otra bestia u otro reflejo indescifrable. Pero hay una elegante esperanza en ser un cerdo: tu destino puede ser la cochinita.

http://antrobiotics.blogspot.com [email protected]

 
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