Usted está aquí: jueves 17 de mayo de 2007 Opinión El padre

Olga Harmony

El padre

August Strindberg escribe El padre en 1887, un momento de su vida en que su mujer, Siri von Essen, ha hablado con algunos médicos para demostrar su incapacidad mental, ante los datos de insania que ya entonces presentaba, lo que acrecenta su misoginia -los incipientes grupos feministas eran el foco de muchos de sus odios- y el delirio de persecución que con los años se acentuaría de modo más que grotesco. Si en muchas de sus obras se pueden encontrar los rasgos autobiográficos, es posiblemente ésta la que presente con mayor claridad lo que llamó ''la lucha de cerebros" entre los dos sexos, irreconciliables enemigos, en la que ganará no el más fuerte, sino el que sepa tejer mayores artimañas. No es casual que Laura sólo ame al capitán cuando se comporta como el esposo-niño y lo repudie cuando se le acerca como hombre, con lo que se muestra como una hembra fría y asexuada, ni tampoco que el protagonista -científico y militar, ambas profesiones que en el dramaturgo despertaban un respeto casi reverencial- desee que Bertha estudie lejos de esa casa ''llena de mujeres" que le imparten lo que a su entender son supersticiones, lo que no admite la madre.

A pesar de las apariencias, el tema no es el de la educación de los hijos, como se pretende en la publicidad que se hace para la escenificación que se presenta en el Teatro Casa de la Paz bajo la dirección de José Luis Moreno, sino la lucha de los sexos con ese vampirismo o canibalismo de casi todos sus textos y que ha sido muy estudiado. Como dato curioso, pero que advierte acerca de lo que el taller del director leyó en el texto strindbergiano, están las declaraciones del actor Gilberto Compain -en entrevista de Jorge Caballero para este diario- acerca de que en las investigaciones astronómicas del capitán está la profecía maya para el 2012. También se nos dice que El padre fue elegido por el director porque el número de personajes se ajustaba a los actores del taller e invitados, lo que sorprende bastante, ya que los directores serios, sobre todo si cuentan con un grupo más o menos estable, procuran llevar a escena los textos que por algún motivo los apasionen.

No se da crédito de traductor y la adaptación del propio Moreno, Dovrina Cristeva y Alejandro Legarreta sigue muy de cerca el original procurando un lenguaje que les parece más accesible y eliminando la muy difícil escena en que el capitán avienta un quinqué prendido a la puerta por donde huyó su mujer, hecho por el que ella aduce falsamente que se lo arrojó a la cara, librándose por poco de ser quemada y que en esta versión dificulta la comprensión de los sucesos finales.

La función que presencié resultó muy accidentada, lo que no se puede imputar al grupo ni a Alvaro Guerrero, el excelente actor que montó muy recientemente la parte artística del foro de la UAM. Ocurre que el teatro tiene una consola muy sofisticada de luz y sonido que sólo un técnico sabe manejar y que este técnico, con una gran falta de profesionalismo, pidió su día económico que le fue concedido a través de su sindicato, por lo que la escenificación se dio con la luz de sala y algún reflector. No pudimos ver la iluminación de Germán Castillo y escuchar la música de Arnold Schönberg, amén de que los muy pocos muebles de época -en diseño también de Castillo- eran colocados por los tramoyistas a la vista de los espectadores. Esto sin duda desconcertó a los actores aunque algunos lograron sobreponerse y matizar sus papeles, como la experimentada Dovrina Cristeva y la sensible debutante Sofía Espinosa, pero otros naufragaron totalmente, aun la también experimentada Evelyn Solares que ofreció una actuación propia del siglo XIX. El protagonista, Gilberto Compain no atinó a dar los diferentes estados de ánimo de su capitán, con voz apenas audible y una actuación tan lamentable como las de Juan Manuel Pernas como el pastor, Alejandro Legarreta como el doctor y Elías González como Noch.

Del director solamente tengo el recuerdo de un buen montaje de Dulces compañías de Oscar Liera e ignoro si su trayectoria le permite dirigir un taller de actuación, pero lo visto no lo avala. No deseo ser injusta, dadas las malas condiciones de la función que vi, pero la falta de homologación actoral de su elenco -que no tienen todos la suficiente aptitud para sostener los diálogos en que permanecen sentados- y algunos otros detalles, como el bolso de mano que Laura lleva en su propia casa, no hablan muy bien de su desempeño en este caso.

 
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