Usted está aquí: jueves 17 de mayo de 2007 Opinión Yucatán: estancamiento o retroceso

Editorial

Yucatán: estancamiento o retroceso

El proceso electoral en Yucatán, que culminará en los comicios del próximo domingo con la elección del futuro gobernador de la entidad, entre otros cargos, está inmerso en una ruda y desaseada contienda en la que las descalificaciones y acusaciones mutuas son la constante de las campañas de los candidatos punteros: Ivonne Ortega Pacheco, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), y Xavier Abreu Sierra, del Partido Acción Nacional (PAN), ubicados, hasta ahora, en un virtual empate técnico.

Para el partido gobernante en el ámbito federal y en la entidad, una derrota en las urnas significaría perder su único bastión en el sureste del país. La inocultable división que padece, producto del desgaste en el poder y de las pugnas interpartidistas, se ve claramente reflejada en tierras yucatecas. Muestra de ello son las deserciones de algunos personajes que hace unos meses eran pilares del panismo yucateco, como la ex alcaldesa de Mérida, Ana Rosa Payán Cervera (hoy inverosímil candidata del Partido del Trabajo y Convergencia al gobierno del estado) o el ex diputado Francisco Solís Peón, quien en el contexto del cierre de campaña de Payán Cervera, calificó al actual panismo de traidor a los valores que le dieron origen.

En lo que respecta a la estrategia de los equipos de campaña de Ortega Pacheco y de Abreu Sierra, habrá que decir que ambos han hecho uso de las prácticas antidemocráticas tradicionales, como la compra de votos, así como de tácticas cuyo único fin es manchar la imagen pública del adversario a toda costa. Es notable el amplísimo repertorio de artimañas de guerra sucia al que han recurrido: tanto descalificaciones "menores" -por ejemplo, asegurar que la candidata priísta no concluyó la preparatoria-, como acusaciones que, de corroborarse, darían cuenta de graves delitos electorales -como las aseveraciones en el sentido de que está por perpetrarse una elección de Estado. En esta guerra se ha recurrido a acciones que rayan en el colmo de la incivilidad y el mal gusto, como el presunto envío de bolsas llenas de excremento y dinero de juguete a los electores por parte de una diputada del PRI, quien asegura que los obsequios que originalmente repartía fueron cambiados por "infiltrados" panistas.

A lo anterior habría que agregar las suspicacias despertadas a raíz de un presunto acuerdo entre el PRI y el titular Ejecutivo federal, Felipe Calderón, para que Ortega Pacheco sea la triunfadora de los comicios y Abreu Sierra reciba, como consuelo, una plaza estratégica en el gobierno federal. Las versiones de algunos pobladores de zonas marginadas de Yucatán, quienes aseguran que les han llegado a ofrecer "hasta 20 mil pesos" por sufragio, complementan este panorama de empantanada confrontación.

Los proyectos políticos, por su parte, se han quedado fuera de las campañas. Dejando de lado el fundamentalismo de la ultraderechista Payán Cervera -quien se encuentra muy abajo en las preferencias electorales-, queda de manifiesto que el encono de los principales contendientes no es tanto por una confrontación de propuestas políticas opuestas o diferentes sino un pleito por posiciones de poder.

El desaseo imperante en la contienda por el gobierno de Yucatán, la guerra sucia y la ausencia de propuestas políticas viables confirman lo que se temía a raíz de la experiencia electoral de julio pasado: que el avance democrático del país en los últimos seis años es nulo, o algo peor, que de 2000 a la fecha, en vez de avance, ha habido un retroceso en materia de democracia.

 
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