Usted está aquí: martes 24 de abril de 2007 Opinión La transición que no es

Marco Rascón

La transición que no es

Falso es que sea un enfrentamiento entre izquierda y derecha o "entre dos proyectos de nación". Lo que vivimos es una profunda descomposición del viejo régimen sin alternativa; esto no es una transición: es un naufragio. La tarea primordial, por tanto, no es enfrentarse al adversario, sino construir la alternativa, el país sustituto, la nación viable y situar a México en el lugar del mundo correcto para tener identidad propia.

De la reforma política de Jesús Reyes Heroles, en 1977, a nuestros días, vivimos en una supuesta transición y reforma. Una transición de 30 años y el resultado son cambios, prácticas, instituciones y reglas cuestionadas. En estas tres décadas los viejos intereses siguen siendo los mismos, y quienes antes tenían poder, hoy tienen más.

Según el estudio de las transiciones, en todas se deben observar cinco reglas para poder definir el "antes" y el "después" de la transición, es decir, una orilla y la otra, antes de cruzar el río:

La primera observancia es definir las reformas esenciales que definen la travesía y la disposición de cambio de las fuerzas políticas.

Segunda: en toda transición hay un perdedor necesario: el que se queda en la orilla del "antes". En España fueron las falanges fascistas; en Chile, el pinochetismo criminal y corrompido.

Tercera: debe haber un acuerdo entre los ganadores con la transición, así sean los más adversarios y polarizados.

Cuarta: la transición tiene que tener un plan económico, un financiamiento para incorporar sectores a la economía formal y acrecentar el bienestar económico a fin de hacer de éste y su seguridad, un acompañante en la ampliación de los derechos civiles y democráticos de la sociedad. Tanto desde el interior, como del exterior, la transición deberá ser respaldada y deberá tener aliados estructurales.

Quinta: en un proceso de cambios políticos y reformas deberá haber tolerancia, pues no sólo los partidos, las instituciones y la economía se reforman, sino también la sociedad y su comportamiento. La permisibilidad y nuevos comportamientos en el uso del espacio público ayudarán a un apropiamiento nuevo del espacio en contra de procesos de segregación, represión e intolerancia, ya sea política, social, cultural o religiosa.

En México, la transición no nada más ha sido extremadamente lenta, sino que es a ciegas e inatisfactoria para todos. Todo intento de reforma carece de consenso. El PRI, que debería ser el gran perdedor y tendría que reformarse, no sólo se reproduce en otras fuerzas políticas, como en el PAN o en el PRD y los partidos pequeños, sino que desde su segunda y tercera fuerza es el que sigue decidiendo. Tanto el foxismo como el lopezobradorismo, de la mano le han dado capacidad de sobrevivencia y han hecho que dentro de la transición los que deberían haber perdido sean los que siguen decidiendo.

En el aspecto estructural, los que deberían haber perdido -los monopolios, el clero, los medios de comunicación, el crimen organizado, el contratismo, trasnacionales, la estructura corporativa sindical, la corrupción, el clientelismo- no solamente conservaron el poder, sino que ahora tienen más que antes. Lo político está subordinado a lo mediático; los monopolios siguen siendo protegidos e intocables, la vieja estructura corporativa sindical y el clientelismo son base del control social y es utilizado por todos los partidos en todas las elecciones; el clero es un partido y el narcotráfico son bancos y ejércitos. Las viejas prácticas son las que todos utilizan en el naufragio para sobrevivir.

En esta elección del 2 de julio, quienes empataron -PAN y la coalición lopezobradorista- tuvieron la posibilidad de acordar la transición y su aceleración, pero ambos han demostrado que no tienen un concepto claro ni propio para emplazar al contrario. En este acuerdo de la transición, que no era una "transa", como han definido los más incapaces para ocultar sus limitaciones, sino una necesidad para delinear el espacio político donde se enfrentarían dos o más proyectos de nación y donde habría posibilidades de construir uno viable.

En este contexto, y como parte fundamental, se daría el debate y el acuerdo sobre el financiamiento de la transición, mediante una política fiscal justa y equitativa, antimonopólica; la reforma económica y el acuerdo para elevar el poder adquisitivo real de los salarios, regresando a una cultura del trabajo, mediante el reconocimiento a su valor verdadero como base de una economía nacional sustentable.

Si existiera la transición, frente a los nuevos comportamientos sociales buscaría intervenir no nada más el poder de los monopolios de la comunicación, en particular de la televisión, a fin de dotar al proceso de contenidos y la información necesaria para ver lo nuevo, no desde el prejuicio, sino desde la perspectiva de los cambios. La televisión mexicana hoy expresa el estado de descomposición social y la paralización del país. Por eso, no hay transición; esto es un naufragio.

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