Usted está aquí: lunes 16 de abril de 2007 Opinión Calma chicha

León Bendesky

Calma chicha

En la economía mexicana parece prevalecer desde hace ya muchos meses una especie de calma chicha. La tan apreciada estabilidad financiera que se defiende a capa y espada en Hacienda y el Banco de México es, sin duda, un activo. Pero su rendimiento es muy bajo en términos de la capacidad de crecimiento del conjunto de la actividad productiva y, especialmente, en cuanto a la generación de empleos bien remunerados y con prestaciones sociales.

Vaya, el activo macroeconómico que significa la estabilidad produce muy pequeñas ganancias para la gran mayoría de los agentes económicos, en particular para la masa de micro y pequeñas empresas que componen la mayor parte de los establecimientos productivos y donde se emplea más de 90 por ciento de la gente.

El signo más característico de la estabilidad es que no está sustentada en el aumento de la productividad y la acrecentada capacidad competitiva. Esa es su principal debilidad y será finalmente el talón de Aquiles de la política económica que se aplica sin cambios notorios desde el sexenio de Zedillo. Pero es únicamente el incremento de la productividad lo que puede provocar mayor competitividad de los productos del trabajo de esta economía, y ello, tanto en el mercado externo como en el interno, debido a la prácticamente total y unilateral apertura de las corrientes de comercio y de capitales, pero asociada con pocos estímulos para la inversión.

Lo que necesita la economía mexicana es salir de este escenario de calma chicha que se vuelve cada vez más un espejismo. De manera periódica se miden las principales variables financieras y se anuncia lo favorable que son, aunque sólo para darnos cuenta de que el oasis que ofrecían no era más que una imagen que no altera las condiciones básicas de funcionamiento de los mercados.

Por supuesto que funcionan los mercados y lo hacen adaptándose a las condiciones vigentes, expresando, de un lado, la enorme rentabilidad de unas cuantas empresas y, del otro, un entorno de virtual estancamiento del resto. Esta grave distorsión se advierte, por ejemplo, en la brutal concentración del ingreso y de la riqueza que es un rasgo definitorio -por negativo- de esta sociedad y que se asocia con las prácticas monopólicas y las severas restricciones para el acceso a los recursos de la mayoría de la población.

En este entorno no hay manera alguna de sugerir que el funcionamiento de los mercados sea eficiente en el sentido estricto de ser un mecanismo útil para la asignación de los recursos de los que se dispone y que es la manera preferente, según la teoría económica convencional, para promover el bienestar.

Esa asignación es, por el contrario, muy ineficiente como prueba el hecho de que la única manera de mantener un cierto equilibrio entre la oferta y la demanda de trabajo sea mediante la subocupación o, de plano, la expulsión de trabajadores fuera del país. Tan sólo este año se estima que la migración a Estados Unidos será del orden de 600 mil personas.

La estabilidad proviene esencialmente de las rentas (ingresos por exportación de petróleo y remesas de los trabajadores, que suman de 56 a 60 mil millones de dólares en el año). Así es como puede Hacienda seguir operando bajo un paraguas de cero déficit fiscal, aunque con una creciente deuda interna y un manejo de las cuentas públicas sumamente cuestionable por su discrecionalidad y el beneficio que causa a los favoritos del gobierno en turno. Así es, también, con el ingreso de las rentas en dólares, como el banco central puede mantener bajas las tasas de interés de los Cetes y poca variación del tipo de cambio del peso frente al dólar y, al mismo tiempo, acumular reservas internacionales que están en un nivel de 67 mil millones de dólares.

De aumentos significativos en la producción o la productividad ni se habla; tampoco de poder crear más y mejores empleos. Lo demás es gasto social, ése sí de alta rentabilidad política, y que, según indica la experiencia, ni saca a la gente de la pobreza ni la hace más productiva de manera duradera.

Este año, y según indican ahora las expectativas para el siguiente, la economía seguirá dependiendo de los mismos factores que han alentado en los últimos años el crecimiento exiguo del producto y la estabilidad financiera. Esos factores son tres en esencia: primero, la expansión del producto de las manufacturas en Estados Unidos que crean demanda para la producción local de ese sector; segundo, la continua capacidad de absorción de migrantes en el mercado laboral de ese país; y tercero, la estabilidad que evite que la Reserva Federal inicie de nuevo un movimiento al alza de las tasas de interés que presionen el valor del peso y provoquen su devaluación con el dólar, o bien, el aumento de las tasas de interés que encarezcan la deuda interna y la de los consumidores y reduzca aún más el estímulo para la inversión privada.

No hay nada nuevo en la estructura del funcionamiento de la economía mexicana, ni en la perspectiva que el gobierno, los bancos y los mayores consorcios tienen de ella, ni tampoco en los criterios que definen la política pública y su aplicación.

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