Usted está aquí: martes 10 de abril de 2007 Mundo Zapata

Pedro Miguel

Zapata

No hay nada más viejo que la modernidad, nada más planetario que el terruño, nada más impotente que el poder omnímodo. Hace poco menos de un siglo, unos campesinos "que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución" (Womack), organizaron la "comuna de Morelos" (Gilly) que, en sus formas de ejercicio del poder popular, revivía a la de París y se emparentaba con los soviets obreros surgidos, por esos tiempos, en Petrogrado, al otro lado del mundo. Y esa vieja historia se representa en un nombre: Zapata.

Por aquel entonces los "científicos" porfirianos se afanaban en atraer a México inversiones extranjeras y en insertar al país en la economía mundial. La paz y la estabilidad eran sus palabras favoritas, recurrían a cualquier cosa para garantizar su permanencia en el poder -trampas en las elecciones, represión feroz a los opositores-, rendían culto a los capitales foráneos -les entregaron los campos petroleros, las minas, los bancos, las comunicaciones, los comercios, los servicios de pavimentación y drenaje- y eran promotores y beneficiarios de la concentración de la riqueza y de una terrible desigualdad social.

Tal vez sea ésa la raíz más vieja de una fractura (social, política, moral) que durante décadas pareció hallarse en vías de solución, o cuando menos enterrada, y que ha ido emergiendo conforme la historia se rebobina: la burocracia que cuajó de la Revolución entrega el poder a los liberales, y éstos, a los conservadores. A este paso, Benito Juárez -o tendrá que bajarse del bronce y revivir en las consignas. O Miguel Hidalgo.

Los "científicos" porfirianos eran globalifílicos, por más que el adjetivo, insulto que les salió por la culata a los descalificadores de movimientos de resistencia local, aún no hubiese sido acuñado. Sus sucesores actuales no tienen la dureza facial necesaria para asumirse como herederos políticos e ideológicos de los varios porfiriatos que en el mundo han sido, todas esas tiranías oligárquicas publicitadas como fórmulas de progreso; pero pululan por ahí, enarbolando verdades que no requieren de demostración y que, cuando se someten a la prueba de laboratorio de un país cualquiera, dan como resultado un desastre humano.

Zapata anda también de un lado a otro, muy activo en estos años. Se le busca como fuente de inspiración en las poblaciones rurales ofendidas, en los asentamientos abandonados, en las movilizaciones en defensa de la libertad, del salario y de la tierra. La consigna que lo invoca empieza a una sola voz, como una especie de lamento espectral y lejano que crece, se multiplica en las gargantas de los presentes y estalla en un ritmo furibundo y festivo. Un emblema en los encuentros altermundistas que ocurren en varios continentes es el retrato del caudillo, otra palabra a la que se inyectó desprecio ilustrado, y cuyos significados reales son "hombre que guía y manda la gente de guerra" o "que dirige algún gremio, comunidad o cuerpo".

Zapata vive porque nada hay más moderno que lo ancestral, porque no hay forma más eficaz de incidir en el mundo que la gesta local, y porque nada es más poderoso que la impotencia de los desposeídos.

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