Usted está aquí: lunes 2 de abril de 2007 Opinión Hechos y convicciones

León Bendesky

Hechos y convicciones

La marcha política del país está hoy dominada por los hechos y sin evidencia clara de cuáles son las convicciones que la guían. En el gobierno y en el Congreso tal parece ser la definición de lo que se hace y, sobre todo, de cómo se hacen las cosas. Esta es una forma de actuar que se ha ido imponiendo cuando menos luego de la crisis económica de 1995 y se ha reforzado incluso con la mal llamada transición democrática asociada con la llegada del Partido Acción Nacional a la Presidencia en 2000, y se afirmó con el proceso de las elecciones de 2006.

Esta es una sociedad con enormes problemas en todos los frentes. La lógica convencional indica que quienes gobiernan y administran, los que hacen las leyes y los encargados de aplicarlas -desde los policías a los jueces-, deben resolverlos de algún de modo. Y pues, ¡a resolver se ha dicho!, se imponen todos ellos como tarea. De ese modo la situación aparece para muchos ciudadanos como una repetición de una idea desgastada: "Por fin se está haciendo algo, luego de que no se hacía nada". Pero gran parte de todo eso que se hace de manera tan decisiva, con gran despliegue de imágenes y declaraciones, puede ser una especie de espejismo.

Una de las primeras acciones dirigidas a resolver problemas ha sido el combate al narcotráfico en diversas partes del país. Los operativos fueron vistosos y estuvieron muy bien cubiertos por los medios de comunicación. No es claro, sin embargo, el seguimiento de tales incursiones policiacas y militares que indiquen los resultados y en qué estado se encuentran las cosas. Sobre todo, no se sabe las consecuencias que se provocaron, es decir, de qué manera afectaron la situación asociada con esa forma de la criminalidad y, menos aún, qué otros problemas se generaron.

Está el caso de Oaxaca. Ahí se ha expresado de modo claro y reiterado que la gente no tiene una forma legítima de expresar su descontento ante el poder. De inmediato se les marca como revoltosos que tienen algún motivo escondido y, por supuesto, no genuino por el cual protestar. Se les escucha muy poco y contra ellos no se duda en cargar con la fuerza pública, mientras que quien gobierna no tiene por qué dar explicaciones y, mucho menos, tiene una responsabilidad. Se resuelve un problema mediante la fuerza y la intimidación y por el más elemental, en el sentido de burdo, principio de autoridad; pero cuántos más se han provocado de modo directo y soterrado.

Y la nueva ley del ISSSTE. Se ha presentado, no podía ser de otra manera, como la solución al problema de la institución, mediante una reforma financiera que afecta principalmente al sistema de pensiones. Esta ley se hizo rápido, con arreglos entre el gobierno y el Congreso, pero, sobre todo, desde arriba y sin preguntar a los afectados.

Fue suficiente arreglarse con los altos dirigentes gremiales de los trabajadores al servicio del Estado que han acumulado gran poder e influencia política y económica y, aunque representan lo más repudiable del sistema político, son siempre tan útiles. Para qué se necesita saber lo que quiere la gente si se le puede decir desde fuera lo que es mejor para ella y, sobre todo, resolver el asunto. Para qué investigar las razones de la quiebra e inoperancia del instituto y menos aún llamar a cuentas a los funcionarios que provocaron tal situación durante décadas. Así sólo pueden persistir los problemas y su resolución es una quimera.

Otra vez alcanza con los votos del PAN y los acomodos groseros del PRI; otra vez el PRD debe admitir que sucumbió al albazo. Mientras tanto, el quehacer político se ha convertido en una especie de gran fábrica de armamento, pues las leyes y las medidas de gestión pública deben blindarse. Esto habría que entenderlo, en realidad, como una forma de protegerse de sí mismas más que de un enemigo externo. La Ley del ISSSTE se pasó a empellones, siempre con la referencia de los privilegios de los que podría aprovecharse la señora Gordillo y quienes administran los fondos de retiro de los trabajadores. Así se manifiesta la modernidad, la apertura y los avances democráticos de esta sociedad.

No hay blindaje suficientemente sólido para proteger a la sociedad con estas prácticas. Véase, como una muestra, el reciente informe de la Auditoría Superior de la Federación sobre el manejo de los recursos públicos en el periodo final del gobierno de Vicente Fox y las deficiencias (¿o serán complacencias?) de las recaudación fiscal de la Secretaría de Hacienda. Puede de manera justificada preguntarse dónde se encuentran los problemas que se deben resolver y la respuesta no es demasiado difícil. Mientras tanto, sigue la celebración de orgías con los valores bursátiles en medio de una notable concentración del ingreso y la riqueza, según se advierte de las cifras oficiales y de las que no puede ocultar la Bolsa de Valores de México.

Convencer es un empeño estéril y en especial cuando no hay convicciones claras. Los problemas persisten, se resuelven sólo de manera parcial. La lógica del problema y su solución es esquemática y limitada; son los procesos sociales y su permanente naturaleza conflictiva lo que caracteriza las cosas colectivas; los conflictos no se resuelven, sólo se superan para expresarse de manera distinta, lo que no implica, necesariamente, ningún progreso.

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