Usted está aquí: domingo 18 de febrero de 2007 Opinión Ficco (y II)

Carlos Bonfil

Ficco (y II)

A la pregunta recurrente: ¿qué vale la pena ver en el Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México (Ficco)?, sólo es posible aventurar, con el riesgo de todos los entusiasmos, las preferencias propias. Como ya es costumbre, la sección Galas está dedicada a las obras de cineastas consagrados. David Lynch presenta su cinta más reciente, El imperio, y Lars von Trier, una apuesta novedosa, El jefe de todos; un favorito del Ficco, Tsai Ming Liang, ofrece No quiero dormir solo, regreso al clima claustrofóbico de sus primeras cintas, en tanto el finlandés Aki Kaurismaki completa su trilogía de la soledad existencial con Luces en la penumbra; la mirada festiva de georgiano Otar Iosselani en su elogio de la vida sencilla y su crítica mordaz a la frivolidad política, contrasta con la melancolía de Naturaleza muerta, del chino Jia Zhang Ke, sobre la incomunicación amorosa en un territorio devastado por un descomunal proyecto hidráulico. A esta cinta la acompaña, en otra sección, el documental Dong, también de Zhang Ke, con la crónica paralela del mismo acontecimiento. Una cinta notable, Bamako, del mauritano Abderrahmane Sissako, alegato contra la globalización depredadora en Africa, y también historia de un amor contrariado, alterna con Los climas, producción más reciente del turco Nuri Bilge Ceylan, de quien se recuerdan las formidables Nubes de mayo y Distante, momento especial en una edición anterior de este festival.

Revelación de cineastas ignorados por los distribuidores, seguimiento de sus obras año tras año, tal parece ser una de las tareas que el festival viene cumpliendo puntualmente. Otra más es la revisión de filmografías muy sólidas, injustamente desdeñadas por nuestras instituciones de difusión cultural, ya sea por limitaciones presupuestales o por simple apatía o poca iniciativa. Peter Watkins, director británico de primera línea, es el perturbador social por excelencia, el Michael Moore de los años 60 y 70, un fustigador infatigable de la manipulación mediática, responsable de proyectos documentales tan ambiciosos como Edvard Munch, retrato genial del pintor noruego, o La comuna, cinta de seis horas que registra el acontecimiento de la insurrección popular parisina de 1871, con comentarios a cuadro a la manera de los actuales noticieros televisivos, esos grandes especialistas de la desinformación profesional. La retrospectiva de Watkins, de la que cabe destacar, además de los títulos mencionados, los clásicos The war game, documental ganador del Oscar en 1966, y la escalofriante Punishment park, alegato contra el autoritarismo gubernamental estadunidense. Esta última, que en 1971 pareció exagerada y paranoica, 35 años más tarde palidece por completo frente a los imparables delirios de la administración Bush. Sin lugar a dudas, la retrospectiva Peter Watkins es la propuesta más vigorosa e indispensable en esta nueva edición del Ficco.

El documental tiene este año un sitio privilegiado en el festival. No sólo ofrece la sección de competencia 17 películas de tres continentes, también a la retrospectiva de Watkins se añaden la de Lech Kowalski, estupendo retratista de la pauperización social y de los comportamientos de comunidades marginales en la Europa Oriental de hoy, con documentales más extraños que cualquier ficción, y la de Peter Whitehead, cronista de los movimientos pacifistas de los años 60 y 70, y sus expresiones en el rock y en la música pop. Los organizadores del Ficco invitan a revisar títulos memorables de Jacques Rozier, Philippe Garrell, Maurice Pialat y Chris Marker en su sección premio Jean Vigo, pero también, y sobre todo, a una revisión exhaustiva de un cineasta mayor, Robert Bresson, de quien se podrá al fin apreciar una cinta fundamental, El dinero, y las versiones restauradas de Los ángeles del pecado y Diario de un cura de aldea, además de la siempre revalorable El diablo, probablemente, y clásicos indiscutibles como Mouchette y Al azar Baltasar.

Entre los viejos y nuevos retos del festival figura naturalmente orientar al espectador en este formidable conjunto de redescubrimientos y propuestas novedosas, conservar también su poder de convocatoria, haciendo de su público cautivo una comunidad cada vez más grande al norte y sur de la ciudad; transformar en itinerario excitante el desplazamiento ingrato de una complejo de salas a otro mucho más lejano; estimular la curiosidad y el entusiasmo cinéfilo con el agregado de una información oportuna sobre el contenido de las cintas, la coherencia de los horarios, el estado de las copias y la garantía de un buen subtitulaje de las mismas. Son los mismos retos que por cuarta ocasión se ofrecen a los organizadores. La exitosa permanencia del festival muestra, con evidencia, su enorme destreza para afrontarlos.

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