Usted está aquí: sábado 17 de febrero de 2007 Cultura Paraisópolis

Paraisópolis

Cees Nooteboom

En una calurosa tarde de verano una mujer sale de su casa de Jardins: perfumes de jacaranda, magnolia, un ambiente húmedo y denso. En Jardins vive la gente rica con personal doméstico a su servicio: jardineros, cocineras y demás. Estos acuden de lejos, tardan al menos dos horas en llegar a su trabajo y, por si fuera poco, suelen hacer el trayecto dos veces al día. Sao Paulo es una ciudad grande. Cuando llueve, los autobuses se retrasan.

La mujer sale de casa, coge el segundo coche de su madre, decide darse una vuelta por el puro placer de conducir, la música de Björk a todo volumen, un lamento de nibelungos que resulta extraño en el trópico. Mientras conduce va cantando las canciones de Björk, pero en un tono más agudo, como más histérica, presa de una rabia que no va dirigida a nadie y que tiene que ver con una pena que es incapaz de verbalizar.

La mujer va por la avenida Marginal, sigue el curso del río Tiete, pasa por delante de las casas de los nuevos ricos de Morumbi y, sin darse cuenta, se adentra en terreno prohibido, y no en Ebu-Ecú, sino en lo peor: en Paraisópolis, un lugar más próximo al infierno que al paraíso, una zona peligrosa que, por esa misma razón, en ese momento le atrae. No es ella la que lleva el volante, es el propio coche, el coche y la música. De pronto se para el motor y no queda sino el miedo y los quejidos de Björk dirigiéndose hacia las chozas de madera, hacia el hedor, hacia la luz de la luna reflejada en los tejados de zinc, hacia los televisores baratos que responden con sus sonidos entremezclados con risas exaltadas, y las voces que se acercan, que estrechan un círculo a su alrededor y le cortan el paso.

Después de esto, todo discurrió a gran velocidad, ni tan siquiera tuvo tiempo de sentir pánico, de gritar o huir. No recuerda cuántos fueron los que la atacaron. Lo que sí recuerda, y siempre se lo reprochará a sí misma, más aún que el haberse metido en aquel barrio, es la infame imagen poética tras la cual se escudó posteriormente: que aquello había sido como una nube negra que le impidió reaccionar. Una nube negra descendió sobre ella. Gritó, naturalmente que gritó, y sintió dolor, pero estallaron risas cuando le arrancaron la ropa, unas risas que no olvidaría jamás, estridentes y extáticas, y con ellas le llegó el eco de un mundo de cuya existencia no había sido consciente hasta aquel momento -una rabia y un odio tan hondos que era posible desaparecer en ellos para siempre-, y, al mismo tiempo, chillidos histéricos, jadeos y voces jaleándose las unas a las otras... un recuerdo del que no lograría desprenderse nunca. No se tomaron la molestia de matarla; se quedó tirada en la calle, como una bolsa de basura. Quizá lo peor fue eso: las voces retirándose, regresando a sus propias vidas, en las que ella no había sido sino un mero incidente. Más adelante la policía le preguntó qué había ido a buscar a ese lugar, y ella sintió que le estaban culpando de lo sucedido. Y, sin embargo, no era eso lo que ella más se reprochaba a sí misma. No, lo que más lamentaba era el haberse inventado esa imagen humillante de la nube, porque no son nubes las que te arrancan la ropa, son hombres que penetran, para siempre, en tu cuerpo y en tu vida, abandonándote a un enigma que ya nunca serás capaz de resolver. Que nunca seré capaz de resolver, porque aquella mujer era yo, la misma que ahora está tumbada en el suelo al otro extremo de la Tierra, al lado de un hombre que es tan negro como lo eran aquéllos, un hombre al que no conozco, que no quiere nada de mí y a quien deberé abandonar en breve. No se si es bueno que yo esté aquí. ¿Que por qué no iba a ser bueno? Porque él no sabe por qué estoy aquí, no conoce mis verdaderos motivos. Ni los conocerá jamás. En este aspecto le estoy engañando.

Yo estoy aquí para librarme de mis demonios. El está aquí para follarme. Creo yo. Eso al menos es lo que hemos hecho estos últimos días. Una semana, me dijo; no puede estar más conmigo. Tiene que regresar a su mob. El mob, así llaman aquí al clan. No me ha querido decir dónde está su mob. En algún lugar del out back, de esa infinita extensión despoblada de Australia. No tengo ni idea de lo que pasa por su cabeza. Quizá sea él quien me esté engañando a mí. Aunque, ¿puede mentir alguien que apenas habla?

Mi amigo duerme, y cuando duerme se transmuta en el propio tiempo. Pertenece al pueblo más antiguo de la Tierra. Un pueblo de hombres de más de cuarenta mil años de existencia; más cerca de la eternidad, imposible. Una tarde salí de Sao Paulo para dar una vuelta en coche y fui a parar a este lugar. Al menos, así es como yo me imagino la historia. Nada de lo que imagino es verdadero, mas nadie puede prohibirme imaginar lo que yo quiera. Observo a un hombre durmiendo que, a pesar de su juventud, aparenta haber vivido mil años. Duerme a mi lado, tumbado en el suelo, encogido como un animal. Cuando abre los ojos descubro en ellos la vejez de las piedras, de las iguanas del desierto, una vejez que sin embargo es ligera, porque los movimientos de este hombre son ligeros, como si no sintiera el peso de su propio cuerpo. Intento convencerme a mí misma de que todo cuanto estoy viviendo es una fantasía, tanto como lo otro, pero no es así. He ido a parar a algo sobre lo que no tengo ningún poder de decisión, porque mi tiempo carece de valor en este lugar. A veces, cuando estoy con él en el desierto, en esta tierra que apenas es algo más que desierto, y él me muestra las cosas que no soy capaz de ver y se transforma casi en la misma tierra y me indica dónde está el agua para mí invisible; cuando me siento indefensa ante su infinita vejez y su habilidad de ver alimentos donde yo no sé ver más que arena, entonces pienso, contra toda lógica, que mi destino, cuando abandoné mi casa aquella tarde, era llegar a este lugar. Abandoné la densa atmósfera del trópico, donde todo es movimiento y ruido, para arribar a este silencio.

 
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