Usted está aquí: jueves 15 de febrero de 2007 Cultura Orlando

Margo Glantz

Orlando

Hablaré de Orlando, Florida, y no de la obra de Virginia Woolf. A principios de mes visité con mis nietos Disneylandia. Ya lo había hecho antes dos veces, cuando mis hijas cumplieron respectivamente los seis años, las llevé -por turnos- a Los Angeles, en alguno de esos viajes en que cumplí mis tareas de profesora visitante en universidades estadunidenses. Nos subimos a los juegos, sufrimos los vértigos reglamentarios, les compré los Minnie o Mickey Mouse necesarios, saludamos a Tribilín -alias Goofy- al pato Donald, recorrimos en trenecito los espacios fantásticos de islas misteriosas recién construidas, y comprobé decepcionada que al cabo de los años apenas si lo recuerdan.

Por ello, aunque desde hace tiempo les había prometido a mis nietos llevarlos a Disneylandia, decidí hacerlo ahora que mi nieta cumple 13 años y mi nieto casi 11, edades límite para gozar de estos espectáculos únicos en el mundo, porque hay que reconocerlo, sólo en Estados Unidos es posible que este tipo de cosas se produzca. Fuimos a Orlando por la sencilla razón de que esta ciudad queda más cerca de Mérida, donde vive mi hija Alina. Nos encontramos en Houston haciendo cola para pasar la aduana, antes de inscribir nuestras huellas digitales en aparatos electrónicos sofisticados y ser retratado o retratada por centésima vez, por lo menos en mi caso.

Antes, en el aeropuerto Juárez, avanzo por los inmensos pasillos que conducen a las salas más lejanas y leo los enormes anuncios que anuncian celulares. El letrero en inglés avisa que gracias a esa marca especial viajar no es peligroso: siempre se está en casa. El celular opera de manera contraria a los aviones, en lugar de alejar familiariza, por si no bastara la uniformidad que la globalización ha instalado en todo el mundo: las mismas tiendas, los mismos restoranes, los mismos espectáculos en Berlín, Nueva York, París, Río de Janeiro, Orlando. Las mismas inevitables cadenas de restoranes con productos chatarra, con diversas modalidades, a la oriental, a la italiana, a la gringa y las infaltables papas colesterolosas.

Orlando es una ciudad totalmente distinta a Los Angeles, válida en sí misma, puesto que existe sin necesidad de Disneylandia, aunque ese parque de diversiones ayude a aumentar sus atractivos. Orlando se ha desarrollado en torno a la industria del make believe, que les permite a los estadunidenses fóbicos tener la ilusión de recorrer diversas partes del mundo sin salir de casa, como lo demuestran los anuncios ya mencionados, además de gozar de las experiencias extremas que los juegos les proporcionan: experimentar el vértigo subiendo a una sofisticada montaña rusa bautizada a imagen y semejanza de Hulk, ser humano que se transforma en monstruo a medida que los vagones del juego se deslizan por los sinuosos rieles suspendidos a alturas inverosímiles y verse sujetos a volteretas imprevistas: producen el mismo resultado que las películas de horror.

También -en Epcot- visitar Alemania, Francia, China, Japón, México, naciones construidas en miniatura, con calles, casas y tiendas, donde pueden comprarse artículos provenientes de los distintos países que, a su vez, diligentes, fabrican cristal cortado, origami, baguetes, perfumes, camisas con la efigie de Mickey Mouse, el icono más arraigado de esta nueva devoción.

Y, claro, también está el shopping, las baratas, los outlets y caemos redonda, redondísimamente. Mi nieta -Lolita en ciernes- ha oído hablar de Calvin Klein y quiere regresar a su escuela luciendo alguna prenda de ese diseñador, la conseguimos en un outlet que no sólo vende más barato sino que on top está de barata. A mi nieto no le importa la ropa, sólo las novedades electrónicas: se entretiene jugando largas horas mientras la mayoría femenina se mide incansablemente ropa de diversa factura y bella ejecución, naturalmente manufacturada en Hong Kong, Tailandia, El Salvador, Mérida, Filipinas o Corea.

Visitamos también el recinto dedicado al reino animal, un jeep gigantesco nos conduce por terrenos accidentados a propósito, para gozar de un safari a domicilio. Hay elefantes, hipopótamos, jirafas, cebras y rinocerontes, cuyos traseros descomunales apenas difieren de los de los numerosísimos estadunidenses obesos que visitan como nosotros Disneylandia.

De vuelta a casa, hojeo en el avión la revista del shopping aéreo; me entusiasmo: un aditamento bautizado como el ''Pávlov de los gatos" ayuda a mantener impecables los muebles de la sala.

 
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