Usted está aquí: martes 16 de enero de 2007 Cultura Arturo Toscanini, el dictador de la partitura, a 50 años de su muerte

Es recordado más por sus ataques de furia en pleno escenario que por su música

Arturo Toscanini, el dictador de la partitura, a 50 años de su muerte

Se negó a tocar en Alemania para los nazis y siempre dirigía sus conciertos de memoria

DPA

Ampliar la imagen Al cumplirse 50 años de su fallecimiento, el director italiano Arturo Toscanini será recordado con conciertos y exposiciones en varias partes del mundo. En la imagen, el maestro durante una de sus presentaciones Foto: Ap

Roma, 15 de enero. Algunos recuerdan más sus ataques de furia que su música. Cuando Arturo Toscanini se enfadaba, lo hacía en serio: Una vez el italiano aplastó con su pie un reloj de bolsillo. Otra vez, pateó el atril. Y la batuta destrozada se convirtió casi en su seña de identidad.

Pero el rigor con el que se exigía perfección a sí mismo y a sus músicos lo convirtió en maestro assoluto, celebrado, admirado y venerado en todos los escenarios del mundo, desde Nueva York a Milán.

Hace 50 años, el 16 de enero de 1957, Arturo Toscanini murió en Nueva York con casi 90 años. A pesar de las duras rivalidades con algunos de sus colegas y alguna crítica agria, seguramente fue el director más famoso de los siglos XIX y XX.

Aquellos que lo conocieron suelen utilizar palabras como "dictador" o "hambre de poder" cuando se refieren a las actuaciones de Toscanini.

Ya fuera Beethoven o Verdi, sólo se trataba de una cosa: fidelidad a la obra. Quería hacer justicia a la partitura y nada más. Y rechazaba categóricamente las interpretaciones o diferenciaciones. El culto a la figura del director le repugnaba. Los críticos calificaban su postura de "esclavitud de la partitura".

Cuando en una ocasión dirigía el potente primer movimiento de la Eroica de Beethoven, el menudo hijo de sastre comentó: "Algunos dicen que es Napoleón, otros Hitler, otros Mussolini. Para mí es simplemente Allegro con brío".

Un venenoso crítico del director, el filósofo Theodor W. Adorno, consideraba esta música nacida de las meticulosa fidelidad a la obra un "producto acabado", y a Toscanini, "maestro de capilla" o "marcador del compás".

Nacido el 25 de marzo de 1867 en Parma, Toscanini demostró habilidades extraordinarias desde muy pequeño. Una maestra descubrió que podía aprender poemas de memoria tras leerlos una sola vez y que en el piano tocaba enseguida cualquier nota que hubiera sido cantada.

A los nueve años, entró en el conservatorio como interno y podía ver a sus padres sólo una vez por semana. Todavía de adulto recordaba aquella "atmósfera de prisión". Tras terminar los estudios, en principio se ganó la vida como violonchelista.

Su primera gran actuación fue a los 19 años. El joven chelista estaba de gira por Sudamérica con el empresario Claudio Rossi, cuando se produjo una pelea con el director. En Río de Janeiro, Rossi lo despidió y comunicó a Toscanini sólo pocos minutos antes de la representación de Aída que él debía tomar la batuta.

Nunca había dirigido una ópera y en el atril apenas encontró una versión para piano. Podía haber sido una catástrofe, pero Toscanini tomó la batuta y dirigió de memoria. Fue el inicio de una carrera sin parangón.

En 1886 fue convocado por el Teatro Carignan, en Turín. Poco después, por La Scala de Milán. En 1907, su complicada personalidad hizo que dejara la casa tras disputas y asumió la dirección artística de la Metropolitan Opera de Nueva York.

Sólo la lista de sus estrenos ya impresiona: Pezzi sacri, de Giuseppe Verdi; Bajazzo, de Ruggiero Leoncavallo; La Boheme y Turandot, de Giacomo Puccini, así como óperas de Umberto Giordano e Ildebrando Pizzetti. Y siempre dirigía los conciertos y las óperas de memoria.

Se negó a tocar en Alemania con los nazis. Tampoco aguantó mucho con Mussolini. En 1937 se exilió en Nueva York, donde dirigió la orquesta de la NBC. Todavía hoy se pueden encontrar grabaciones inolvidables.

Tan legendarias como su música y sus ataques de furia fueron sus rivalidades, la más importante de ellas con el alemán Wilhelm Futwängler.

Futwängler consideraba el éxito de Toscanini "funesto" y lamentaba "que en América las personas opinaran que Beethoven debía sonar así". Toscanini se defendió y calificó a su rival de "bufón".

Sólo las autocríticas eran más duras que las descalificaciones de sus colegas. Cuando algo salía mal en una actuación, Toscanini decía: "Siempre es mi culpa. Si alguien cree que Mozart, Beethoven, Wagner o Verdi se equivocan, es un idiota".

 
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