Usted está aquí: martes 2 de enero de 2007 Opinión Prólogo y epílogo

Marco Rascón

Prólogo y epílogo

Así es la historia. No ha terminado el desenlace de un episodio, cuando ya se está escribiendo la introducción de lo que vendrá. Al final de lo que ha sucedido está la vida.

México, como tierra de huracanes, bandidos, salvadores, intereses mezquinos, se llena de la pasión humana y no pocas veces tiñe con sangre o salpica de lodo cada página escrita. Nuestra verdadera historia es la historia de nuestros pueblos y para ello ha encontrado a veces conductores generosos, en otras ha elegido como capitanes a locos y hasta el resentimiento es una fuerza que mueve y construye esperanzas en una realidad de grandes injusticias. Estamos siempre entre el juego exterminador y la purificación.

En 1968 voluntades y circunstancias nos hicieron sembrar y prologaron el gran libro de lo que vendría. La estulticia se convirtió en la doctrina del Estado y no se escatimó violencia para forjar el ideal anticomunista, construido sobre los discursos de la "unidad nacional". La lucha de entonces era por no olvidar, pues de cada muerto, torturado o desaparecido se hizo un compromiso y una forma de actuar personal ante la vida. Hubo el juramento de no corromperse y éste se hizo en las calles, las plazas, hechos templos de la ética democrática, o durante las huelgas y las solidaridades. El régimen que moría empezó a desteñir sus símbolos tricolores y del nacionalismo obtuso, se pasó a la barricada del entreguismo santannista. En los últimos sexenios cada presidente hizo de su obra una representación histórica de ese paso de la aspiración a ser una nación independiente a un punto de paso y refugio de piratas convertidos en las grandes potencias.

El provechoso comercio se hizo eslabón de una cadena y ha quedado prohibido pensar en mexicano, en pueblo profundo, en lugar de construcción y destino. Somos un país de paso, como muchas de las naciones que se formaron a lo largo del siglo xvi, que iluminaron las ideas del xviii y que se volvieron independientes en el xix. Con todos estos antecedentes hemos ido construyendo la palabra "democracia" y no logramos escribir su complmento necesario y que despierta a los pueblos: "la justicia". El pueblo de México, como muchos de los pueblos del mundo, no ha visto aún su hora y forja su verdadero destino, une fuerzas, construye experiencias y se sobrepone construyendo tras cada batalla un preludio, un prólogo de las historias que va cerrando.

El siglo xxi es aún para nosotros y el mundo un siglo indescifrable, que lo mismo se violenta hoy en defensa de las máquinas de combustión interna a base de petróleo, junto a la invención de nuevas formas de dominación a través del gran protagonismo, no de los fines, sino de los medios.

El pensamiento humano es hoy mediático y pretende no sólo ocultar, sino justificar los peores fines y, por ello, en la política escasea la ética.

Las definiciones geométricas se hicieron trampas manipuladoras y sin contenido. Hoy se puede plantar un bandido a la mitad del foro y declararse de izquierda, para que sus culpas sean lavadas y hasta aplaudidas. Se ganan batallas y se participa en guerras que resultan carnavales y ni siquiera llegan a ser guerras floridas.

De los rompimientos totales y las mayores acusaciones se pasa a los abrazos tras los escenarios.

Hemos ido construyendo, como en 1988, de donde surgieron muchas cosas que luego han tratado de desvirtuarlas, sólo para aceptar que debemos vivir de derrotas inexplicables, como las de este 2006, donde a diferencia de otros tiempos, la batalla nos dejaba con fuerzas más dispuestas y experimentadas y ahora nada, sólo el mar de las incongruencias entre el insulto público y el abrazo privado. La idea de la historia como un edificio en permanente construcción a veces recibe golpes. Los pueblos tendrán que reconocer a quienes construyen y a quines piensan que son los conductores el único fin de la historia y, por tanto, a la hora de las dificultades no forjan, sino destruyen y, en vez de pensar por el avance colectivo, se busca como objetivo y razón de todo la inmolación individual y de todo.

En su afán justificador, se inventan monstruos horribles sólo para ocultar a los verdaderos: los de la continuidad que dominan desde hace 18 años y son los emblemas de la modernidad. En este año, la gran disyuntiva será si permanecer bajo la lucha contra monstruos mal definidos, o si se toca fondo frente a los maniqueísmos y empieza a levantarse la construcción modesta de nuestra verdadera causa.

Y al despertar "...el enemigo ahí estaba", parafraseando a Augusto Monterroso, pero lo necesario no es reconocer que ahí estaba, porque ahí ha estado siempre. La tarea es reconocer la cauda de errores y hacer de lo inexplicable, lo que nos dé experiencia y con ello hacer del epílogo un prólogo.

En las batallas del pueblo mexicano hasta los pícaros abonan, pues las aspiraciones no se mueven como coros celestiales y, por ello, la historia son muchas historias, muchas raíces que al final construyen la rama y dan la gran sombra.

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