Usted está aquí: miércoles 27 de diciembre de 2006 Opinión El tablero de ajedrez tripolar

Michael T. Klare /II y última

El tablero de ajedrez tripolar

Ampliar la imagen Un clérigo iraní lee el reporte del Consejo de Seguridad de la ONU sobre las sanciones a su país debido al proyecto nuclear, durante una sesión del Parlamento, ayer en Teherán Foto: Ap

Irán en el contexto de las grandes potencias

Con el Mandato Ejecutivo 12959, firmado por el presidente Clinton en 1995 y renovado por el presidente Bush, todas las compañías estadunidenses tienen prohibido operar en Irán. pero si hubiera un "cambio de régimen" ­un objetivo implícito en la política estadunidense­ este Mandato Ejecutivo quedaría sin efecto y las compañías estadunidenses podrían hacer lo que las firmas chinas, japonesas, indias y otras están haciendo ahora: explotar las existencias energéticas iraníes. No es posible juzgar desde fuera qué tantos energéticos harán que el gobierno estadunidense desee un cambio político en Irán, pero dados los cercanos vínculos que Bush, Cheney y otros funcionarios claves del gobierno tienen con la industria energética estadunidense, es difícil creer que no ejercen un papel muy significativo.

El estatus de "paria" que tiene Irán ha sido una bendición para los planes energéticos de China. Debido a que las firmas estadunidenses están impedidas de invertir y las compañías europeas enfrentan sanciones económicas si lo hacen (según el decreto de sanciones Irán-Libia de 1996), las compañías chinas tienen un campo de juego abierto para involucrarse en tratos promisorios relativos a energéticos, como el firmado por 50 mil millones de dólares en 2004 para desarrollar el masivo campo gasífero de Yadavaran o para comprarle a Irán 10 millones de toneladas anuales de gas natural licuificado (GNL) durante 25 años.

Rusia, a diferencia de China (que está desesperada por energéticos), se ahoga prácticamente en crudo y gas natural, pero tiene un interés sostenido en procurar que su vecino Irán, rico en energéticos, no caiga bajo el influjo de Estados Unidos y, como abastecedor importante de equipo y tecnología nuclear, tiene también un interés especial en echarle una mano, con provecho, al establecimiento de un aparato energético iraní. Los rusos están por completar la construcción de un reactor nuclear civil en Bushehr, en el suroeste de Irán, un proyecto de mil millones de dólares, y están ansiosos por venderle a los iraníes más reactores y otros sistemas de energía nuclear. Esto, por supuesto, es fuente de considerable frustración en Washington, que busca aislar a Terán y evitar que reciba cualquier tecnología atómica. (Aunque es un proyecto enteramente civil, Bushehr sin duda está en la lista de objetivos de cualquier ataque estadunidense que intente lisiar la capacidad nuclear iraní.) No obstante, el director de la agencia de energía nuclear rusa, Sergei Kiriyenko, anunció en febrero, "n o vemos ningún obstáculo político para terminar Bushehr" y ponerlo en condiciones "a la mayor brevedad posible".

Por lo que está en juego, es fácil ver por qué Estados Unidos, Rusia y China tienen tal interés permanente en el resultado de la crisis iraní. Para Washington, reemplazar al clerical gobierno de Terán por un régimen amigable con Estados Unidos representaría un triple logro colosal: eliminaría una amenaza importante para la continuidad de la dominación estadunidense del Golfo Pérsico, abriría el campo de abasto de crudo y gas número dos en el mundo a las firmas energéticas de Estados Unidos, y en gran medida disminuiría la influencia china y rusa en la gran región del Golfo.

Desde la perspectiva geopolítica, no habría mayor victoria en el tablero de ajedrez global de hoy. Incluso si Washington no consiguiera cambiar el régimen pero, usando su poderío militar lisiara el sistema atómico de Irán sin infligir daños importantes a sí mismo en Irak o en otras partes, esto sería de todos modos una victoria geopolítica significativa, que exhibiría la incapacidad de Rusia o China para contraponerse a los movimientos estadunidenses de este tipo. (Esto sólo funcionaría, por supuesto, si el gobierno de Bush fuera capaz de contener la inevitable avalancha de una acción así ­ya fuera una revuelta étnica creciente en Irak o un repunte abrupto en los precios del crudo.)

No es sorpresa que Moscú y Pekín intenten todo lo que esté a su alcance para evitar cualquier triunfo geopolítico estadunidense en Irán o en Asia Central, pero sin provocar una ruptura abierta en las relaciones con Washington, que trajera como consecuencia poner en riesgo los complejos vínculos económicos que mantienen con Estados Unidos.

Conforme se despliega este "gran juego" geopolítico, que pone en riesgo el bienestar económico del planeta, todos los bandos tratan de alinear aliados donde quiera que sea posible, usando cualquier palanca diplomática a su alcance. Desde la invasión a Irak en 2003, la posición estadunidense en el Golfo Pérsico y en Asia central se ha deteriorado notablemente. En la actualidad, la mayor debilidad del gobierno de Bush sigue siendo el cisma en las relaciones europeo-estadunidenses, creado por la invasión unilateral misma. Como los europeos se sienten traicionados por tal acción, han restringido mucho su ayuda en los esfuerzos contrainsurgentes en Irak y en el financiamiento de la reconstrucción del país. Esto ha impuesto un costo creciente y agobiante a Estados Unidos. Ante el temor de repetir el fiasco en Irán, la Casa Blanca claramente decidió dejar que corra el proceso diplomático en la crisis iraní, algo que se negó a hacer en el caso del Irak de Saddam. Así que, dentro de ciertos límites, Estados Unidos está dejando que los europeos fijen el plan de juego diplomático para "resolver" la disputa nuclear.

Esto, a su vez, le brinda a Moscú y a Pekín su única obvia opción para evitar lo que podría constituir un desastre geopolítico para ellos en Irán: la potencial utilización de un veto del Consejo de Seguridad que bloqueara la imposición de sanciones estadunidenses contra Irán dispuestas en el Capítulo 7 de la Carta de Naciones Unidas, capítulo que podría legitimar no sólo dichas sanciones sino también el uso de la fuerza contra cualquier Estado que implicara amenaza alguna a la paz internacional. Los europeos quieren evitar que dicha decisión ocurra, sabiendo que cualquier "falla" en Naciones Unidas podría fortalecer los argumentos de los halcones de Washington que intentan moverse unilateralmente, y por la fuerza, contra Irán. El resultado es que escuchan a los rusos y a los chinos que insisten que hay que confiar en la diplomacia ­y en nada más­ para resolver la crisis, no importa qué tanto tiempo se lleve.

"Rusia considera que la única solución a este problema se basa en el trabajo de la International Atomic Energy Agency (IAEA, por sus siglas en inglés o agencia internacional de energía atómica)", dijo en marzo el ministro ruso de relaciones exteriores, Sergey V. Lavrov. Comentarios semejantes hacen los funcionarios chinos, que expresamente insisten en que no es la fuerza una solución aceptable para la crisis. En febrero, por ejemplo, el embajador chino ante la IAEA, Wu Hailongon, hizo una llamado "a todas las partes relevantes a que ejerzan restricción y paciencia" y a "abstenerse de cualquier acción que pudiera complicar o deteriorar la situación".

Jaque mate para quién

No hay duda de que todas las partes clave ven esta crisis como parte de una lucha geopolítica más amplia. Por ejemplo, los rusos y los chinos han comenzado a crear una especie de contra-bloque en Asia Central, utilizando como vehículo la Organización de Cooperación de Shangai (SCO por sus siglas en inglés). Originalmente establecida por Moscú y Pekín para combatir el separatismo étnico en Asia Central, la SCO ­que hoy incluye a Kazajastán, Kirgistán, Uzbekistán y Tajikistán­ se ha vuelto más una organización de seguridad regional, algo parecido a una mini OTAN (pero también una anti OTAN). Es claro que los rusos y los chinos confían en que esta organización les ayudará a contrarrestar la influencia estadunidense en los territorios islámicos, ricos en energéticos, que fueran parte de la antigua Unión Soviética y, por lo menos en Uzbekistán, hay signos de algunos logros de la realpolitik. En una reunión reciente de la organización, los miembros actuales llegaron al punto de invitar a Irán a que se uniera como observador, con el obvio disgusto de Washington. "Me extraña", opinó recientemente en Singapur el ex secretario de Defensa estadunidense, Donald Rumsfeld, "que uno quiera meter a una organización que dice estar contra el terrorismo... a la principal nación terrorista del mundo: Irán".

Al mismo tiempo, Estados Unidos ha intentado alinear a sus propios aliados ­incluida la carta comodín de Asia, India­ en una posible confrontación militar con Irán. Aunque Bush insiste en que está dispuesto a confiar en la diplomacia para resolver la crisis, los oficiales del Pentágono solicitaron la ayuda de la OTAN en la planeación de ataques aéreos contra las instalaciones nucleares iraníes. En marzo, por ejemplo, el jefe de la Airborne Early Warning and Control Force de la OTAN (una fuerza aérea de control y alerta inmediata de dicha organización), el general Axel Tuttelman, indicó que sus fuerzas están listas para prestar ayuda a las fuerzas estadunidenses en el mismo instante en que iniciara un ataque estadunidense contra Irán. La prensa alemana informó también que el ex director de la CIA, Peter Goss, visitó Turquía a finales del año pasado para solicitar la asistencia de dicho país en la conducción de ataques aéreos contra Irán.

Pese a los continuos llamados a que prevalezca la diplomacia, todos los bandos en esta amplia lucha reconocen que la situación actual no puede durar. Por una razón: la posición del gobierno de Bush se tambalea ­políticamente en Estados Unidos, en sus guerras en Irak y Afganistán, en sus intentos por lograr la ventaja geopolítica en Asia Central, económicamente a nivel global­ lo que continúa abriendo fisuras y envalentonando a aquellos países que quisieran frustrar sus deseos, Irán incluido. Tal vez los altos funcionarios del gobierno de Bush, que siguen soñando con tener la hegemonía energética global, piensen que la situación se vuelve más riesgosa, que la ventana para actuar puede estar punto de cerrarse. No debe ser mucha su inclinación a las tácticas dilatorias europeas, chinas o rusas, no se diga la intransigencia iraní. Y por más que Moscú y Pekín traten de persuadir a los iraníes de refrenarse en asuntos atómicos, con lo que evitarían las acciones militares estadunidenses, su influencia en Terán tal vez no sea lo suficientemente fuerte.

Si en los meses venideros Irán rechaza las exigencias estadunidenses de ponerle fin, de manera permanente y total, a sus actividades de enriquecimiento atómico, ciertamente Estados Unidos insistirá en imponerle sanciones apelando a Naciones Unidas. Si, a su vez, el Consejo de Seguridad (con la aquiescencia de Rusia y China) adopta gestos puramente simbólicos sin efectos visibles, Washington exigirá entonces sanciones más duras de acuerdo con el Capítulo 7. Si Rusia y China vetan tales medidas, seguramente el gobierno de Bush recurrirá a medios militares contra Irán, encarnando los peores temores de Moscú y Pekín.

Es de esperar que Rusia y China intenten alargar lo más posible el proceso diplomático, confiando en que las acciones militares de Estados Unidos sean consideradas ilegítimas por los europeos y otros. Entonces, los halcones de Washington sin duda se impacientarán más con las demoras ­considerándolas movimientos estratégicos de Rusia y China­ y pujarán en favor de acciones militares para finales de este año si nada se ha cumplido para entonces en el frente diplomático.

Conforme se desarrolla la crisis de Irán, la mayor parte de los comentarios noticiosos seguirán enfocando la guerra de palabras entre Washington y Terán. Los involucrados políticamente en el asunto entienden, sin embargo, que la lucha más significativa sigue oculta, empujando a Washington contra Moscú y Pekín en la batalla en pos de influencia global y dominación energética. Desde esta perspectiva, Irán es sólo un campo de batalla ­uno muy significativo­ en la competencia coyuntural y de más larga duración, de mayor amplitud.

Traducción: Ramón Vera Herrera

Michael T. Klare es profesor de estudios de paz y seguridad mundial en el Hampshire College y autor de Blood and Oil: The Dangers and Consequences of America's Growing Dependence on Imported Petroleum (Owl Books), su obra más reciente, así como de Resource Wars, The New

Landscape of Global Conflict.

© 2006 Michael T. Klare

 
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