Usted está aquí: sábado 23 de diciembre de 2006 Opinión De todo el mundo llegan apoyos a Toledo

Vilma Fuentes

De todo el mundo llegan apoyos a Toledo

Una de esas tardes de otoño en París, donde la luz toma el color de las hojas doradas y ocres de los árboles, hace unos 20 años, se me ocurrió preguntar a Roland Topor qué prefería: escribir o pintar. Roland, como muchos otros pintores, escribía (novela, cuento, teatro) con su peculiar ironía que barría ideas recibidas, morales a la moda, conformismos y respetos impuestos.

''Pintar o más bien dibujar", me respondió soltando su carcajada angustiante, desesperada y aguda como si mi cuestión fuera una broma, ''dibujar implica una mínima observación de la curva de una cadera, de los matices de la luz, de un rasgo; el pintor está obligado a mirar, mientras que ahora los escritores no ven más que su ombligo (...)"

Me quedé pensando en proustianos, seguidores del nouveau roman y otros: en toda esa moda de escritores que creen haber leído a Marcel Proust porque pasaron las páginas de En busca del tiempo perdido y se lanzan, sin reflexionar más, en la introspección detallada de sus emociones, sentimientos e ideas que no van más allá de la punta de la nariz. Cuando Proust, al contrario, miraba con detenimiento su alrededor, disecaba y hacía una investigación profunda, científica, de fenómenos naturales, de las etimologías de los nombres de personas, calles, monumentos, pueblos, de formas de hablar el francés, con una visión telescópica del tiempo, sin añoranzas vanas.

Sentí la mirada de Roland Topor escudriñar intensamente los gestos de mi cara, de mis dedos, mi silencio algo largo. Le pregunté qué pensaba de Proust, me respondió que guardaba su lectura como un seguro contra el hastío para su vejez.

Pensé en tantos pintores fascinados por la escritura ­algunos de los cuales poseen talento en el género­: Leonardo, Delacroix, Dalí, Braque, Picasso y Saura, entre muchos otros.

Pero no se me había ocurrido detenerme en la mirada del pintor. Sin embargo la había sentido casi como una quemadura cuando fijaban en mí sus ojos sobre mi cuello, mi collar, mi cuerpo, curiosos, al acecho, olvidados de ellos. Recordé la mirada de Pierre Soulages, en silencio, sonriente, sin pensar un instante que yo pudiera sentir su peso, sobre mi collar de lapislázuli. Su azul de ultramar, me explicó, un azul oscuro, vivo.

Me acordé entonces de la mirada de Francisco Toledo, alegre, saltarina, a veces próxima, en ocasiones lejana, perdida quién sabe en qué pensamientos. La había sentido en nuestros diferentes encuentros como algo vivo que rasgara mi epidermis, disecándome a la manera de un entomólogo con los ojos que deben ver así un alacrán un escarabajo.

Había conocido a Toledo en el taller de litografías de Peter Bramsen. Nos encontramos otras veces en París. Cruzábamos escasas palabras. Francisco es silencioso, observador, secreto. Prefiere hablar con las imágenes de su pintura, callarse ante el peso de la palabra siempre peligrosa. Y cuando la toma, lo hace con humor, tanteando el terreno con astucia, olfateando las trampas.

Por eso me sorprendió durante un encuentro camino a la casa de campo de Bramsen. Alegre, hablaba. Al bajar del tren, tomamos un taxi. Al llegar a la casa, Francisco extendió el dinero al taxista, diciéndonos: ''soy el más rápido del Oeste". Rio como un niño.

Esa noche de verano, Toledo habló conmigo en confianza, discutimos a fondo sobre autores, pasamos la noche en vela, estaba contento de escuchar a alguien que pensaba lo mismo que él.

Lo volví a ver en Oaxaca La última vez, lo vi bajar por una escalera de mano de la azotea donde trabajaba como albañil en la construcción del centro de fotografía que se inauguraría al día siguiente. Así, Toledo no sólo daba dinero de su bolsillo y buscaba apoyos financieros en instituciones y mecenas: trabajaba también con sus manos en todas esas obras (museos, restauraciones, talleres y otros).

Sentí el profundo amor de Francisco Toledo por su pueblo, su ciudad, su estado. Por eso, preguntándome qué hacer desde París, lanzamos Bellefroid, Alechine y yo un llamado de apoyo a Toledo publicado aquí, en El Correo Ilustrado, el día 15. Las firmas siguen llegando de todas partes del mundo. La mirada de Toledo sobre Oaxaca lo merece. Su labor por ésta y su obra también.

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