Usted está aquí: domingo 17 de diciembre de 2006 Opinión A la mitad del foro

A la mitad del foro

León García Soler

Por los ciclos y de los ciclos

Hubo elecciones y estalla la guerra civil en Gaza entre las fuerzas de Hamas y Al Fatah. La incursión y los brutales bombardeos del ejército de Israel destruyeron en unos días la infraestructura y la economía que Líbano reconstruyó pacientemente en décadas. En homenaje a la sinrazón neonazi, en Irán debaten si hubo o no un holocausto en los años del hitlerismo criminal y bárbaro. Bolivia se desmorona en el encontronazo racista provocado por la elección de Evo Morales y las tentativas reivindicaciones agrarias y de la soberanía sobre el subsuelo del país andino.

Y la muerte física de Pinochet llega cuando tenía 91 años sobre la tierra. Funeral militar para el enjuiciado protegido por los poderosos y los miedos sembrados por el cuartelazo entreguista y la tiranía criminal que ensangrentó la tierra de Vicente Huidobro, de Gabriela Mistral, de Pablo Neruda. Desde la presidencia de la república, Michelle Bachelet declara su confianza en que el ejército hará lo debido. Porque el nieto de Pinochet, capitán, pronuncia discurso político, desfasado elogio de la guerra fría, en los funerales del abuelo: es dado de baja. Y el general Hargreaves, jefe de la quinta división, también: "Yo fui partícipe de la causa de Pinochet y lo sigo siendo". El huevo de la serpiente bajo la sombra del cóndor.

Cuando el pueblo de Chile dijo no a Pinochet y volvió a elegir gobierno, Carlos Salinas, presidente de México, reabrió la embajada en la que Gonzalo Martínez Corbalá dio asilo a los perseguidos que encontrarían refugio en México y tanto aportaron al país que sabía honrar los principios de su política exterior, de la solidaridad entre los pueblos. En el pequeño jardín de esa embajada se volvió a izar la bandera tricolor con el escudo del águila sobre el nopal devorando una serpiente. De los edificios vecinos en obra surgieron gritos de trabajadores: ¡viva México! No pocos de los ahí presentes recordamos con orgullo la visita de Salvador Allende a México, el obsequio del sentido común: no basta cargar un libro bajo el brazo para ser marxista. Y habernos devuelto la frase juarista: "El triunfo de la reacción es moralmente imposible."

No hay determinismo que valga. Dos partidos a lo largo de la historia, el conservador y el del progreso. Derecha e izquierda. Horizonte para no quedar ciegos con los fuegos fatuos del oportunismo y el oscuro velo de la desmemoria. La oligarquía logra la paz del mercado en Centroamérica; en la Nicaragua de Sandino eligen a Daniel Ortega: impúdica exhibición de eficacia mercantil para la cooptación, la corrupción y adopción de quienes alguna vez se levantaron en armas y toparon con la veta dorada del poder de la democracia avalada en Washington y la persistencia del antiguo régimen.

Habla John D. Negroponte: se acerca la muerte de Fidel Castro, declara el director del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos. Procónsul que cruzó el Suchiate para presentar cartas credenciales en México, de cuya amistad presumen tantos tecnócratas del priato tardío y los polkos del ilusorio arribo a la modernidad. Llegó el fin del pasado, dirían los despistados por el vuelco finisecular que trajo consigo la caída de la Unión Soviética, el fin de la guerra fría, el Nuevo Orden de la globalidad financiera y la verdad única. Y cinco lustros de crisis económica, política, social, con México siempre al borde del colapso constitucional; la desgarradura del tejido social; la violencia criminal enseñoreada de vastos territorios; y la caridad cristiana con velo filantrópico como respuesta a la miseria que se multiplica y crece en patética progresión geométrica.

Será porque se empeñan en volver a escena los mismos actores. Kofi Annan se despide de la ONU y nos deja en notable discurso el legado de lo que aprendió a su paso por el organismo mundial de la asamblea general con voz y el consejo de seguridad con el voto y el veto de los poderosos. Cuando llegó, el Congo era un infierno de muertes y de millones de desplazados. Se va y ahí está Darfur: hambruna, violaciones; millones desplazados, perseguidos por los hombres de armas de su propio país. El maniqueísmo de los fundamentalistas de todo cuño impone su ley.

El partido de George W. Bush pierde las elecciones y el cristiano vuelto a nacer recibe el golpe del informe Baker, voz paternal que certifica lo que todo el mundo sabía y callaban por miedo al calificativo de traidor, peligro a la seguridad nacional, aliado de terroristas, del terror en abstracto: en Irak hubo elecciones, pero imperan la violencia armada, el combate contra las fuerzas de ocupación, la guerra religiosa, el caos y la muerte. George W. Bush entreoye las voces sibilinas de neoconservadores arrepentidos. Y despide a Donald Rumsfeld, secretario de la Defensa que tanto influyó en la decisión de invadir Irak, ocupar Bagdad y enjuiciar al dictador al que él mismo había tendido la mano generosa para armar a sus ejércitos y financiar la guerra contra Irán. No hubo lamentos, despedida triste, sino ceremonia con todos los honores y el alegre reconocimiento del jefe: victoria en la derrota.

Ahí viene el solsticio de invierno, la noche más larga del año, el miedo atávico, el temor a que no vuelva a amanecer. Y la fiesta, la buenaventura, confites y canelones. Empieza el sexenio y hay que encender fuegos de artificio porque en esta ocasión, hasta ahora, nos hemos librado del mesianismo, de la obsesión fundacional, de la incontinencia verbal y la liviandad ineficiente que padecimos. Siembra de la contraparte retórica de la revolución verborreica: la disolución del poder constituido, "con armas, pero por la vía pacífica", donde la extrema izquierda se encuentra con la derecha extrema.

Ahí queda el pregón navideño de los que se marean al subirse a un ladrillo. Solemnemente dice Manuel Espino: "El Partido Acción Nacional es como el niño Dios: en el pesebre se fue a humillar a los poderosos en aquel entonces y les dijo a los panistas que no se salieran del pesebre porque no son poderosos". Habrá que pedir una pizca de sindéresis a los Reyes Magos.

Por lo pronto, a Felipe Calderón le adelanta albricias The Washington Post: "Por fortuna, Calderón abrió su Presidencia con agresividad y talento, Fue más listo que los disidentes del Congreso en su ceremonia de protesta. Ordenó el arresto de los principales líderes de las violentas protestas en Oaxaca". Y, de paso, palo a Andrés Manuel López Obrador: "el fracasado candidato presidencial que ahora busca destruir la democracia mexicana". Y la receta: "Buenas políticas y un agresivo cumplimiento de la ley deben ayudar a incrementar la autoridad del nuevo presidente. Después tendrá que usarla para empujar las reformas institucionales y estructurales que México necesita para florecer". La misma medicina a la misma hora: los veneros del petróleo y como patear el pesebre en el establo que nos escrituró el niño Dios.

Más vale esperar la Nochebuena del próximo domingo. A ver cómo les fue en Michoacán y, sobre todo, cómo van a descifrar la parábola del monopolio descrita por Luis Téllez: no habrá licitación de una tercera cadena nacional de televisión abierta, ni nuevo aeropuerto, ni tren bala.

Corto circuito en el ágora electrónica. Y se van a quedar los viejos machetes tiritando bajo el polvo.

 
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