Usted está aquí: jueves 14 de diciembre de 2006 Cultura El ángel de Jacob

Sergio Ramírez

El ángel de Jacob

En ocasión de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, fui invitado a participar en el programa de televisión El Público de la Televisión Andaluza, que dirige Jesús Vigorra, grabado, para emisión en este mes de diciembre, en el soberbio Patio de los Naranjos del antiguo Hospicio Cabañas, uno de los monumentos arquitectónicos de la ciudad, bien llamado la Capilla Sixtina de América, porque José Clemente Orozco pintó allí sus 40 frescos sobre la historia de México, que culminan con su Hombre de fuego en los interiores de la cúpula.

En el programa, que versó sobre el ya clásico boom de la literatura latinoamericana, estuve con Jorge Volpi, de México, quien igual que Mario Vargas Llosa con La ciudad y los perros en 1962, ganó el Premio Biblioteca Breve Seix Barral con la novela En busca de Klingsor, en 1999; Jorge Franco, de Colombia, cuya novela de sicarios Rosario Tijeras, publicada en 1999, de la que se ha hecho ya una película, le ha llevado a la fama; el crítico literario de la Universidad de Sevilla, Rafael de Cózar, y la muy joven escritora uruguaya Claudia Amengual, quien gracias a su novela Desde las cenizas recibió en la misma feria el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, con que se distingue anualmente a las escritoras mujeres.

El boom, que sigue siendo visto aún como un fenómeno reciente, entra ya en su medio siglo, si tomamos como su punto de partida las novelas La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, aparecida en 1962; La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, aparecida en 1963, y Rayuela, de Julio Cortázar, también en 1963; su cumbre, o paroxismo, vendría en 1967 con la publicación en Buenos Aires de Cien años de soledad, un fasto que será celebrado en marzo del año próximo con la pompa y circunstancia debidas, cuando el Congreso de Academias de la Lengua sesione en Cartagena de Indias en homenaje a Gabriel García Márquez.

Fue una amena conversación que ya disfrutarán los televidentes, y al final, al apagarse las cámaras y los monitores, y disolverse la legión de técnicos, saqué una conclusión para mí dichosa: las generaciones posteriores al boom no mataron a sus padres, como ha sido siempre la costumbre dictada por esa consabida necesidad de los choques generacionales. De todos los circunstantes escritores presentes, quien se colocaba más cerca de los padres fundadores era yo, por razones generacionales, pues pertenezco a la camada inmediatamente posterior, que vio a los demiurgos del boom más como maestros que como adversarios a destruir.

Y es el mismo sentimiento que escuché de boca de Volpi, o de Franco, jóvenes los dos, o de Claudia, más joven aún, el de saberse herederos o seguidores de un camino que de pronto se abrió para la literatura latinoamericana, a través de un paisaje bastante cerrado en términos de modernidad, en el que había sin duda adelantados en preciosa labor de zapa, como Rulfo o Carpentier.

El secreto de esta concordia generacional, y que se prolonga ya hasta el nuevo siglo, se haya quizás en el hecho probado de que los escritores que siguieron por la brecha abierta, que significó no sólo modernidad, sino atrevimiento y aventura para romper con los viejos moldes y terminar con la parálisis expresiva, se cuidaron de no poner el pie para que calzara en la misma huella, y por tanto evitaron convertirse en seguidores a la letra, o peor, en imitadores. Saber aprender, sin imitar. Desentrañar las técnicas novedosas, como quien entra en las entrañas de un juguete de mecanismos privilegiados, pero sin contaminarse en el halago de la imitación.

Generación tras generación, hasta llegar a la de Santiago Roncagliolo, ganador del pasado Premio Internacional Alfaguara de Novela, los escritores han sabido cuidarse de los peligros, porque aquellos maestros del boom, sabios desde el ardor mismo de su juventud, se convirtieron muy temprano en encantadores de serpientes, y, sobre todo García Márquez, fueron poseedores de un veneno mortal capaz de marcar por siempre a cualquier aprendiz para que no pudiera tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

Se abrieron muy pronto dos caminos muy bien definidos. El primero, el de quienes persiguen la novedad y la experimentación, sin dejar de hacer nunca literatura, lo que supone una lucha constante con el intransigente ángel de Jacob. Por eso aprendieron de los maestros del boom que nunca hay dos luchas iguales contra el ángel que encarna los poderes sobrenaturales de la creación literaria, y que cada empresa narrativa es singular, basada en los presupuestos de la originalidad. Y el otro, el camino pavimentado que siguieron otros, empujados por los vientos alisios del llamado realismo mágico, para acercarse a la celebridad fementida, pero alejándose de la literatura, diosa de trato difícil y costumbres solitarias.

La rebelión generacional de finales del siglo XX anunciada por el escritor chileno Alberto Fuguet contra McOndo, más que contra el genio creador de García Márquez fue contra los mccondistas enviciados por las perspectivas de éxito sin penas que abría, sobre todo en Europa, la fama del realismo mágico. En mala hora, la literatura latinoamericana toda, calificada como irremediablemente exótica, empezó a ser considerada como sinónimo del realismo mágico.

Ese mismo exotismo de costumbres que los franceses recetaron en el siglo XIX a todo lo que llegara desde el otro lado de los Pirineos, gitanas de clavel entre los dientes, contrabandistas de cuchillo escondido en la bota y toreros sin miedo a la muerte, fue recetado más tarde a América Latina, lluvias eternas como el diluvio, barcos encallados en medio de la selva y legiones de mariposas amarillas. Lo que significa, según palabras de la misma Amaranta Buendía, confundir el culo con las témporas.

Masatepe, diciembre de 2006.

www.sergioramirez.com

 
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