Usted está aquí: miércoles 13 de diciembre de 2006 Opinión Amacizar la derecha

Luis Linares Zapata

Amacizar la derecha

La vena ignorante, autoritaria y soberbia de la derecha quedó a la intemperie con el presupuesto que Calderón acaba de enviar al Congreso para su estudio y aprobación. El recorte de 4.5 mil millones al sector educativo no puede ser leído de otra forma. No sólo la UNAM se vería afectada con 900 millones menos, sino todas las universidades públicas del país padecerían penurias adicionales, a cual más de graves. Miles de jóvenes mexicanos, que, año con año, son rechazados por pretender entrar a las aulas de la educación superior, engrosarán sus ignominiosas filas. A cada uno de ellos se les achicará el horizonte de oportunidades y los ya nutridos contingentes del descontento social encontrarán nuevos reclutas.

El ahora tristemente célebre diputado panista que intentó ningunear a la UNAM le ha hecho un gran favor a la comunidad de intereses que apoyan una visión de largo plazo, nacionalista y moderna de México: descobijó la mediana sagacidad de los hacendistas recién confirmados para manejar los haberes públicos. Y con ello trasmutó, tan desconocido personaje y con severo autogolpe, la pretensión del nuevo gobierno de castigar y, después, someter a la comunidad de las universidades públicas a su propio designio y voluntad. Un magno tiro que ya le salió caro al señor Carstens y demás familia de subordinados, patrones y adláteres.

Son esos señores de la SHCP los que han impregnado, con su talante de burócratas de elite, la ofensiva en pos de aquellos sectores sociales que les dieron la espalda en las urnas. A tan sólo unos cuantos días de que su jefe tomara protesta bajo custodia, la guadaña depredadora cayó sobre algunos infieles para obligarlos a negociar de espaldas a la precariedad. No puede el señor Carstens deslindarse de las aseveraciones del panista de marras. Los dos salieron del mismo instituto tecnológico y, con serias dudas de diferencias personales, reflejan supuestos similares en cuanto a la calidad de su entrenamiento profesional privado. Uno es contador y el otro economista, pero ambos asumen que ya es hora de someter a los estudiantes y autoridades de las entidades públicas a rigurosas pruebas de eficiencia. Llegó el tiempo de apoyar la competencia que hacen las miles de escuelitas privadas que sacan administradores y comunicólogos o abogados al por mayor. Ni un solo matemático, menos aún físicos, biólogos moleculares o astrónomos de reconocimiento mundial son preparados en esas aulas de seudopudientes, pero eso no es trascendente, alegan. Lo crucial es que se tenga la libertad de opción dicen los panistas y sus tecnócratas encumbrados. Pero aún así, los ingenieros civiles e industriales, los médicos, químicos o arquitectos que ya preparan en sus tecnológicos y demás escuelas, no quieren jugar a la competencia con los beneficiados por el mandato de la educación gratuita. La ventaja que les llevan es enorme.

Llegar a invertir 1.5 por ciento del PIB en educación superior y en ciencia y tecnología es un prerrequisito para no perder la tercera revolución, la del conocimiento y la información ya en pleno desenvolvimiento en varios países. Aquella sociedad que no la fije como meta y la realice a plenitud cotidiana en su quehacer quedará condenada, como reza la última frase de la famosa novela de García Márquez, a cien años de soledad y no tendrán una segunda oportunidad sobre la Tierra.

En 2006, luego de precarios aumentos anteriores, se disminuyó el citado porcentaje del PIB a sólo 0.54 por ciento. No contentos con ello, los hacendarios de ahora (que son los mismos que ayer, los que han mantenido a la economía en un crecimiento poquitero) dieron un tajo adicional a la profunda herida. Proponen reducir tal medida a un magro 0.51 por ciento del PIB. Todo un logro retardatario.

En contraste con tales intenciones desde el poder formalizado, que sólo pueden tomarse como un oneroso punto de partida, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, en el presupuesto recién presentado ante los diputados del Frente Amplio Progresista, ha sabido cumplir con los compromisos adquiridos durante su campaña. El incremento que AMLO introdujo en el ramo de la educación superior es de 15 mil millones de pesos adicionales, precisamente los suficientes como para continuar en la ruta para llegar a ese 1.5 por ciento del PIB. Con esta erogación se podrían eliminar todos los rechazos que ahora son la humillante regla.

Un real contraste entre dos visiones de lo que esta república requiere. Una que apuesta por la independencia basada en las capacidades y otra que juega, con riesgos inaceptables, a la dependencia permanente. Una que no titubea en desaparecer los privilegios desmedidos de la burocracia y propone un serio recorte al gasto corriente (nóminas y otros) por 85 mil millones y otra que adelanta un tímido 10 por ciento de menos sólo a unos cuantos salarios elevados. Dos posiciones encontradas, una que incumple sus promesas dejándolas en simples bocanadas electoreras y otro que lleva su congruencia hasta el final.

 
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