Usted está aquí: jueves 7 de diciembre de 2006 Política Doble relevo en la ONU

Miguel Marín Bosch*

Doble relevo en la ONU

A fin de mes Kofi Annan concluirá su segundo y último mandato quinquenal al frente de las Naciones Unidas. Para la organización y su secretario general ha sido una década de iniciativas esperanzadoras, pero también un periodo de mucha turbulencia política. Buena parte de esta turbulecia ha sido producto de las acciones unilaterales de Estados Unidos. La persona que más golpes le ha asestado a la ONU en estos últimos años ha sido John R. Bolton, primero como subsecretario para el control de armamentos en el Departamento de Estado y desde hace año y medio como representante permanente de su país en Nueva York. El lunes pasado anunció que dejaría ese cargo antes de fin de año.

La noticia de la inminente salida de Bolton fue recibida por muchos funcionarios de la ONU con alegría difícil de disimular. El británico Mark Malloch Brown, el segundo de a bordo de Annan, debe estar particularmente contento, ya que tuvo opiniones muy contrarias a la forma en que Estados Unidos trataba a la organización. Bolton tiene fama de ser un tanto brusco y nunca tuvo prurito en manifestar su desdén por la ONU y la diplomacia multilateral. Sus colegas en el consejo de seguridad han sabido disimular mejor lo que piensan de su renuncia. Muchos embajadores han elogiado la forma en que supo trabajar a favor de las metas de su gobierno en la ONU.

Como subsecretario encabezó la campaña de Washington en contra de la Corte Penal Internacional, argumentando que el mundo debería abandonar esfuerzos de corte romántico. En un principio también estuvo a cargo de las negociaciones con Corea del Norte. Pero muy pronto tuvo que ser sustituido porque Pyonyang se rehusó a tratar con él tras sus insultos a los dirigentes norcoreanos. También se ha dicho que le movió el piso a su jefe, el secretario Colin Powell, y maltrató a sus subalternos.

Recuerdo que mi primer y único encuentro con Bolton fue en junio de 2001 cuando acudí a la ONU para participar en la conferencia sobre comercio ilícito de armas pequeñas y ligeras. En la imponente sala de la ONU se presentó rodeado de miembros de la Asociación Nacional del Rifle, el grupo de presión que aboga por el derecho de portar armas en Estados Unidos. Ello fue un indicio claro del respeto que le merece la ONU.

Por esas fechas la administración de George W. Bush estaba haciendo una lista de la tarea que le asignaría a Annan en caso de que buscara su relección en diciembre de 2001. Washington negoció rápidamente con el secretario general y en agosto ya tenía el visto bueno del Consejo de Seguridad para un segundo mandato.

Empero el secretario general y la ONU pagaron un precio muy alto. Entre otras cosas, Annan aceptó pedir la renuncia a la alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, Mary Robinson, ex presidenta de Irlanda. Robinson había expresado dudas acerca de la legalidad de lo que Estados Unidos estaba haciendo con los presos en Guantánamo a raíz de la guerra en Afganistán. Otra petición de Washington fue que Annan sustituyera a su subsecretario para asuntos de desarme, Jayantha Dhanapala. Querían (y consiguieron) a un funcionario un tanto más dócil.

Por su parte, a mediados de 2001 Bolton había logrado torpedear varios acuerdos de desarme. Se opuso de manera virulenta al tratado para la prohibición completa de los ensayos nucleares. Inclusive sus abogados trataron de ver, sin éxito, cómo se podría "borrar" la firma del tratado que había hecho el entonces presidente Bill Clinton. Además, Bolton logró detener las negociaciones para dotar de un sistema confiable de verificación a la Convención para la eliminación de las armas biológicas. Hay otros ejemplos más de su entusiasmo por debilitar el proceso multilateral de desarme.

A mediados de 2005 llegó a la ONU con un nombramiento provisional expedido por Bush cuando el Congreso estaba en receso. Dicho nombramiento de embajador ante la ONU hubiera expirado en enero, cuando el Senado tendría que haberlo ratificado. Bolton hizo sus cuentas y llegó a la conclusión de que no tendría los votos necesarios. Inclusive algunos senadores republicanos habían indicado que se opondrían a su nombramiento. El lunes presentó su renuncia, ahorrándole así otro descalabro político a Bush.

Hace años que John Bolton se convirtió en uno de los más feroces críticos del multilateralismo en general y de la ONU en particular. Durante su gestión declaró en más de una ocasión que si la ONU no funcionaba su gobierno buscaría otras instancias para resolver los problemas internacionales. En las discusiones del consejo de seguridad sobre Darfur, se opuso a que se escuchara un informe del enviado especial de la ONU sobre las violaciones de los derechos humanos en esa región de Sudán. Alegó que el consejo estaba ahí para actuar y no para hablar de las atrocidades que ocurren. Nadie en la ONU se ha olvidado de su comentario sobre la sede de la organización: "Es un edificio lleno de holgazanería e incompetencia y no pasaría nada si se le tumbaban diez de sus 38 pisos".

Para evitar tener que pasar por el Senado, algunos consejeros del presidente Bush le sugirieron que a Bolton se le nombrara representante alterno u otra cosa que no requiriese la aprobación de la cámara alta. Pero hubiese sido una solución poco decorosa y me imagino que el propio Bolton la descartó.

Cuando fue designado embajador ante la ONU, la vocera de la Casa Blanca dijo que el presidente Bush lo había nombrado porque sabía que representaría los valores estadunidenses y que se enfrentaría con vigor a los problemas que aquejan a la organización. ¿Misión cumplida?

Hace unos días le preguntaron a Annan qué pensaba de la gestión de Bolton en la ONU. Su respuesta escueta fue: "Creo que hizo el trabajo que esperábamos que haría".

A la memoria de Margarita González de León

 
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