Usted está aquí: martes 5 de diciembre de 2006 Opinión México ante el triunfo de Chávez

Editorial

México ante el triunfo de Chávez

En unos comicios indiscutiblemente democráticos, Hugo Chávez fue relecto en la Presidencia de Venezuela por más de 61 por ciento de los votos. Pese a la descarada parcialidad de los medios privados y a pesar de los esfuerzos de Washington por descalificar al gobierno chavista, el principal candidato opositor, Manuel Rosales, fue apabullado en unas elecciones en las que se impuso un doble récord: fueron las más concurridas y en ellas Chávez obtuvo una votación histórica.

Al margen de las apasionadas polémicas que genera la figura del mandatario venezolano, es claro que, a ocho años de su llegada al poder, sigue teniendo el respaldo mayoritario de la ciudadanía, y que ni los intentos de desestabilización ­incluido un golpe de Estado­ ni las campañas de la prensa oligárquica han logrado reducir la popularidad de Chávez; ésta, por el contrario, ha crecido y se ha consolidado.

El fenómeno no tiene nada de misterioso: en ese lapso, el gobierno bolivariano ha reducido el porcentaje de la población que se encuentra en situación de extrema pobreza de 21 a 10 por ciento, y ha disminuido de 50 a 17 por ciento la proporción de pobres, según cifras del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD); adicionalmente, el ex militar ha restituido a Venezuela su soberanía y la ha convertido en referencia ­admirada y denostada, pero referencia al cabo­ de los procesos políticos latinoamericanos.

Ciertamente, en estos años el gobierno chavista ha tenido a su favor los altos precios internacionales del petróleo y con ellos ha financiado tanto la histórica transformación social interna como una política exterior desafiante que en mucho ha conseguido conformar un liderazgo regional. En lo que constituye una comparación inevitable, el gobierno de Vicente Fox, en el que su sucesor, Felipe Calderón, estuvo por un tiempo a cargo de la Secretaría de Energía, dilapidó los astronómicos recursos petroleros de estos años, dejó en ruinas la planta petrolera y entregó un país tan desigual y tan lleno de pobres como el que había recibido. Tal vez esa diferencia permita comprender por qué el proyecto de la revolución bolivariana ha incrementado su caudal de sufragios en las elecciones sucesivas, en tanto que, en México, Acción Nacional perdió ­si es que se ha de dar crédito a los resultados oficiales de la elección presidencial de este año­ más de 10 puntos entre los comicios presidenciales de 2000 y los de 2006.

Para el recién conformado gobierno mexicano la victoria electoral obtenida antier por Chávez significa una triple derrota: en primer lugar, porque en las alineaciones hemisféricas el chavismo y el panismo representan posturas en buena medida contrarias: mientras que el primero enfatiza la soberanía y la unidad regional y se empeña en combatir la desigualdad, el segundo protagoniza una lamentable sumisión a Washington y es expresión, en lo interno, de un proyecto claramente oligárquico; asimismo, porque como candidato presidencial Felipe Calderón tuvo el mal tino de denostar a su rival perredista, Andrés Manuel López Obrador, comparándolo con Chávez, y de esa forma no sólo faltó a la verdad ­porque ambos personajes son manifiestamente distintos­ sino que sembró de manera absurda una mala relación bilateral con la nación sudamericana; en tercer lugar, el contundente 23 por ciento de ventaja con el que Chávez derrotó a su más cercano competidor y refrendó su estadía en el Palacio de Miraflores, contrasta con el cuestionado 0.5 por ciento con el que el panismo obtuvo su permanencia en Los Pinos.

Para las sociedades de América Latina ­incluida, por supuesto, la mexicana­ la victoria electoral de Hugo Chávez en las elecciones del domingo pasado es una buena nueva. Hay muchas razones para suponer, en cambio, que para el gobierno de México es una mala noticia.

 
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