Usted está aquí: domingo 3 de diciembre de 2006 Opinión Calderón: ¿Bordaberry o Sánchez de Losada?

Guillermo Almeyra

Calderón: ¿Bordaberry o Sánchez de Losada?

Clandestinamente, con nocturnidad, con el apoyo de la televisión y de los militares, Calderón arrebató a medianoche y en la casa de Fox, la banda presidencial. Después entró en San Lázaro subrepticiamente, como un ladrón, y estuvo allí sólo cuatro minutos aunque estaba defendido por miles de soldados y policías que, con los medios y la Iglesia, son su sostén. Luego fue al Campo de Marte. Títere en manos de las grandes trasnacionales y de Estados Unidos parece también candidatearse al papel de nuevo Bordaberry, como fantoche civil de un gobierno en realidad castrense. Pero no habría que olvidar que el ex presidente uruguayo está preso precisamente por eso y pasó a la historia como un felón. Si Calderón, que es ilegítimo y tiene un gobierno debilísimo, dependiese sólo de las fuerzas represivas (incluyendo entre éstas la jerarquía eclesiástica), podría empezar como Bordaberry pero acabar como Gonzalo Goni Sánchez de Losada, el ex presidente de Bolivia derribado por grandes y sangrientas movilizaciones que condujeron al aplastante triunfo electoral de Evo Morales y su Movimiento al Socialismo y a convocar una asamblea constituyente. Llegar al gobierno es más fácil que permanecer en él, como lo demostraran los acontecimientos en Ecuador, en Argentina, en Bolivia y, salvo con una brutal represión, no hay forma de impedir que los pueblos impongan la legitimidad de sus reivindicaciones por sobre la (falsa) legalidad de los mandamases.

El México real es el que apela a sus movilizaciones y a su autorganización, para construir poder en las conciencias y en los hechos, contra viento y marea, como hace la APPO en Oaxaca, a pesar de la bestial represión y de los asesinatos y torturas. Ese proceso recién empieza: la autonomía, la autogestión, la autorganización comenzarán a generalizarse en la medida en que se agrava la actual crisis de dominación, la disgregación del aparato legal estatal (Presidente, Congreso, justicia, tribunal electoral) y en que la hegemonía cultural de la derecha se resquebraja crecientemente debido al desprestigio de los intoxicadores de la opinión pública.

Más que nunca, hay que responder a ese México con ideas e iniciativas políticas. El tremendo retraso inicial de la otra campaña para apoyar a la APPO y su decisión de seguir como si nada por el norte cuando el campo de batalla está en Oaxaca y en el Distrito Federal, traba la constitución de un frente entre la APPO, la otra campaña y el rudimento de convención nacional democrática (CND). Por supuesto, no se trata de que la otra campaña se subordine a la APPO o se integre en la CND, sino de que trabaje junto con esas organizaciones, hombro con hombro, pese a las diferencias políticas, con quienes rechazan el fraude, el robo, la violencia del Estado, la injusticia, la discriminación, la explotación.

Hablar irresponsablemente de que López Obrador a lo mejor ya vendió la CND, ahora, es creer que quienes lo apoyan son borregos, incapaces de pensar y de querer; es separarse, no de AMLO, sino de las masas que lo siguen. Decir que hay que comprender lo que motiva a éstas es justo, pero entonces hay que estar junto a esos sectores en sus reivindicaciones, aunque no en sus ilusiones sobre su dirección transitoria, y no hay que centrar toda la crítica y la atención en los aspectos peores del clásico caudillismo mexicano (sin pretender similitudes entre gente de muy diverso calibre, ¿Zapata y Villa eran impolutas monjitas?, ¿Lázaro Cárdenas era acaso un político suizo?).

El nacionalismo ­todos los nacionalismos, incluso los de las víctimas frente a los opresores­ es excluyente y verticalista y está lleno de viejos símbolos reaccionarios, como las águilas estadunidenses o mexicanas, símbolos ominosos del poder sobre las personas. Pero para superarlo hay que construir sobre ideas superiores, y llama la atención que los críticos de la CND se olviden de la autonomía, de la autogestión y del frente único para hacer posibles estas necesidades de los oprimidos de México, que no creen ni en partidos ni en instituciones, pero deben crear aún sus instituciones y su frente único, su "partido" plural, en alternativa al capitalismo. Decir que porque las elecciones son espurias los diputados de la oposición deberían renunciar es falso. Equivale a oponerse a toda elección, por principio, porque en un régimen capitalista todas son espurias. Y a no comprender que es deber de la izquierda utilizar todas las posiciones, incluso parlamentarias y resultante de que los capitalistas no pudieron evitar conceder curules a sus adversarios en su elección fraudulenta, pero para lograr la organización independiente y antinstitucional de los oprimidos y explotados.

Los parlamentos sirven para presentar proyectos de ley necesarios para el país y para los pobres, sean o no aceptados, y luchar por hacerlos realidad, organizando, elevando la conciencia y organizando. Si la izquierda en ellos se limitase a combatir en la institución contra la derecha, sin trabajar por una alternativa, se hundiría en el descrédito junto con las instituciones parlamentarias mismas. Precisamente por eso es que hay que exigir, no que renuncien, sino que cumplan su papel. Sólo eso separará la paja del trigo, los Núñez (por citar sólo uno) de las Rosario Ibarra, y elevará el debate político ante todos, llevándolos al terreno de las ideas.

 
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