Usted está aquí: domingo 19 de noviembre de 2006 Sociedad y Justicia Eje Central

Eje Central

Cristina Pacheco

El muro

No me preguntes por qué, pero a últimas fechas se me ha metido en la cabeza que la distancia entre mi casa y el bordo ha crecido, que la valla es más alta cada domingo. Una noche, en sueños, la vi alargarse hasta chocar con el cielo. Entonces se oyó un golpazo, como si alguien hubiera cerrado con mucha fuerza una caja metálica. Lo más horrible fue que Bernardo y yo quedamos presos en aquella trampa. Estirábamos los brazos, pero no alcanzábamos a tocarnos; abríamos la boca, pero no salían palabras. Eramos como dos peces fuera del agua luchando para no asfixiarse. Fue algo tan espantoso que el temor de soñar otra vez lo mismo me mantiene desvelada.

¿Te imaginas lo que sería de Bernardo y de mí si ya ni siquiera pudiéramos hablar? Yo le cuento mi vida de este lado del bordo y él la suya. Al final juntamos los relatos como si fueran partes de un rompecabezas. Nunca ensamblan bien. Aunque no lo queramos, en la plática salen cositas que son como rebabas en una figura de metal. Por ejemplo, los horarios, los sabores, las personas a las que tratamos. No conozco a sus amigos. Si Bernardo habla de una fulana, enseguida le pregunto quién es, en dónde la conoció, qué edad tiene, si es joven y soltera, delgada, bonita...

Sucede lo mismo cuando le menciono un nombre desconocido a mi esposo. De inmediato se pone a interrogarme como si fuera un policía. Mientras le respondo no deja de mirarme, de olerme, para comprobar que en mi ropa o en mi cabello no hay un olor distinto al mío o al que me dejó desde hace tanto tiempo.

II

Hay personas que lo obsesionan. Tú, por ejemplo. La primera vez que le hablé de ti me preguntó que de dónde te conocía. Le dije que acababas de entrar en la fábrica y que habíamos coincidido en el restorancito donde almorzamos los del primer turno. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me dijo: "Ese buey es más afortunado que yo: está cerca de ti, come contigo, se sienta junto a ti sin que una maldita valla los separe. Yo, en cambio, lo más que puedo hacer es verte a pedacitos, por entre los barrotes, y tocarte la mano".

Desde entonces, como no queriendo la cosa, cada domingo me preguntaba por ti, si te había visto, de qué platicamos, qué onda... Al fin decidí mentirle: le dije que te cambiaron a la armadora de Guanajuato y que no he vuelto a tener noticias tuyas. Ya sé que no hay nada de malo en que de vez en cuando platiquemos, pero no quiero que Bernardo sufra imaginándose cosas. Ahora que te lo digo me doy cuenta de lo duro que sería para mí no tener con quién desahogarme.

Palabra que no comprendo por qué siento tanta confianza hacia ti. Muchas veces te hablo de cosas que no le menciono a nadie, ni siquiera a Bernardo. Espero que no me juzgues mal por eso.

Luego pienso que a lo mejor él también hace lo mismo: le cuenta sus problemas a una de sus amigas. Por su trabajo en la cafetería tiene muchas: Rossy, Alicia, Débora, Susy... ¿A cuál de todas ellas le contará Bernardo lo que no me dice a mí? ¿Con cuál va al cine? ¿A cuál le confesó que estaba preocupado porque le mencioné tu nombre?

Todo sería muy diferente si Bernardo y yo hubiéramos tenido un hijo: el niño uniría las dos partes en que está fragmentada nuestra vida. ¿Crees que tengo razón? Mi hermana Delia dice que no. Ella tiene cuatro hijos, pero su marido se le hizo ojo de hormiga cuando nació el último.

III

Perdóname, nunca te dejo hablar. ¿Te gustaría ser papá? En serio. ¿Nunca lo has pensado? Pues como que ya es hora, ¿no? Porque a ver, dime, ¿qué edad tienes? Te calculaba menos... No digo que seas viejo, la cosa es que eres tragaños. ¡Qué suerte tienen los calvos cuando les nace un pelo! ¿Qué te da tanta risa? ¿El refrán? ¿A poco de veras nunca lo habías oído?

Bernardo me enseñó ese refrán. Llevaba ocho meses sin trabajo y estaba pensando en irse a Estados Unidos. Más o menos por esa época regresó de Oregon su primo Jacinto. Seguido iba a visitarnos. Un domingo tomaron unas cervezas. En la plática, Jacinto le dijo a Bernardo que él podía llevarlo a Portland y hasta se ofreció a prestarle un dinerito para que viviera mientras encontraba trabajo allá.

Hablaban como si Bernardo no estuviera casado. Le dije que no estaba de acuerdo con que se fuera y le reclamé a su primo que anduviese sonsacando a mi marido. En vez de disculparse, Jacinto se puso a pintarme un panorama muy bonito: "No seas tonta, no hagas que Bernardo desaproveche esta oportunidad. Déjalo ir. Te aseguro que a más tardar en un año manda por ti. Agarrándole el modo, la vida allá no es difícil y no necesitas saber inglés, porque casi todo el mundo habla español. Ahora, si lo que te preocupa es la comida, ¡olvídalo! En todas partes encuentras chiles, frijoles, mole y hasta tortillas; por cierto, mucho mejores que las que venden acá".

IV

Jacinto se llevó a Bernardo a Oregon y le consiguió trabajo de albañil. Mi esposo me hablaba muy de vez en cuando, por temor a la migra, y me contaba que la chamba era muy dura, que en cuanto pudiera se iba para otra ciudad. Anduvo de aquí para allá, como en un revolcadero, hasta que vino a Arizona. Desde allí me hablaba más seguido. Aunque no lo mencionara, sentía su desesperación, su soledad, y decidí venirme al norte. Conseguí trabajo limpiando casas, pero todavía no logro cruzar la frontera.

Yo vivo del lado mexicano y Bernardo del otro. Es difícil creer que estemos tan cerca y tan lejos gracias a la valla. Le digo a mi esposo que la aborrezco; él la bendice, porque aquí no es de una sola pieza, sino que está hecha de barrotes. Aunque se hallan muy juntos, hay espacio suficiente para que podamos tocarnos las manos.

Cuando él alarga el brazo para tomar un bocadito del almuerzo que le llevo cada domingo casi llora de la emoción, porque siente que algo de él ­aunque sólo sea una parte de su cuerpo­ logró volver a su país. Lleva cinco años sin pisarlo. Comprendo cuánto lo extraña cuando agarra un puñito de tierra y se pone a acariciarla como si fuera oro en polvo.

Algo muy parecido me ocurre cuando meto la mano por entre los barrotes y tomo la suya. Entonces siento que ya lo alcancé, que ya crucé la frontera, aunque sólo lo haya conseguido una parte de mí.

Tenemos un arreglo para el momento de la despedida: ni él se queda mirándome cuando me alejo ni yo tampoco. Me cuesta mucho trabajo no regresar y mirarlo por entre los barrotes. Para darme fuerzas pienso en que podré desahogarme contigo, hablarte de las cosas que no puedo decirle a Bernardo porque no quiero dificultarle más la vida. A veces pienso que a él le sucede lo mismo y que se da valor para alejarse pensando en que hablará con Alicia, o con Débora o con Susy, y les dirá nuestras cosas.

 
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