Usted está aquí: domingo 29 de octubre de 2006 Espectáculos ¡Os ayudo a tirar a hostias ese muro!, gritó solidario Joaquín Sabina

Se rencontró con el público capitalino en el Auditorio Nacional, tras cinco años de ausencia

¡Os ayudo a tirar a hostias ese muro!, gritó solidario Joaquín Sabina

Pese a la oferta, no imperó el tema político: el cantautor ofreció un concierto poético e íntimo que transcurrió entre sonetos y las interpretaciones de Pancho Varona, Olga Román y Antonio García de Diego

PATRICIA PEÑALOZA

Ampliar la imagen Con un enorme trasatlántico de fondo, Sabina hizo del Auditorio un espacio único para el amor y la nostalgia Foto: Fernando Aceves

"¡Con mucho gusto os ayudo a tirar a hostias ese muro que les están poniendo los gringos!", soltó solidario Joaquín Sabina la noche lluviosa del viernes, mientras, tras cuatro años de no actuar ante público mexicano, y cinco de no hacerlo ante los capitalinos, hizo de su presentación en el Auditorio Nacional un rincón cálido y poético, íntimo, como sólo este amante-de-las-palabras-que-además-canta ("cantautor" le molesta) sabe hacerlo.

Pero, aun ese grito tras la quinta canción (El boulevard de los sueños rotos, dedicada a México en su letra), no fue un concierto político, sino uno lleno de sentimientos extremos: desde la melancolía, los lagrimones y la sorpresa por escuchar canciones que casi nunca toca en vivo el de Jaén, España, hasta el desconcierto por las terrenales fallas de sonido que se suscitaron durante la primera mitad, que terminaron por estallar con varios tronidos, curiosamente en la canción Ruido, tras la cual Sabina perdió la calma y arrojó furioso su guitarra al suelo, para salir del escenario desencajado.

También circularon entre el público las expresiones de quien hace mucho no ve a su amigo: "lo veo bastante repuesto; más cachetoncito"; "lo veo cansado, algo triste".

Mas, a pesar de los pesares, el respetable fue generoso: cantó de pie, agitó los brazos o se siguió enamorando de la/el de al lado con sus canciones. La personalidad de Sabina, tierna, pero cínica, grave, aunque antisolemne, llena de verdades que mienten, así como de infinitas dudas, volvió a robar corazones, cual si fuera la primera vez.

Temas inusuales para abrir boca

Con un trasatlántico por escenografía, que según las luces navegaba de día o de noche, a las 20:45, Sabina y los suyos, Pancho Varona, Antonio García de Diego, Olga Román y demás músicos invitados, abrieron boca con Así estoy yo sin ti, Mentiras piadosas y El hombre del traje gris (estos dos, temas que poco toca).

Llegó Boulevard... y, además de lo del "muro de la vergüenza", Sabina agradeció a Lázaro Cárdenas haber recibido en México a tantos refugiados de la guerra civil española.

El ritmo sube por primera vez con los Conductores suicidas. Entonces se explica: "Esto se llama Gira ultramarina. Y ellos (sus músicos) son 'la banda del Titanic', porque siguen tocando mientras yo me hundo". Hasta entonces, él y su banda se perciben algo tensos: así pasa entre amigos que hace tiempo no se ven (Sabina y su público). Mas era cuestión de tiempo, pues a la media hora, la complicidad, el enganche y el beso, entre escena y quorum, llegaron al término de que Varona cantara Esta boca es mía, de Sabina, y Olga Román interpretara Marilyn Monroe (de Manolo Tena, que en los años 80 cantó Miguel Ríos): con Sabina de nuevo al frente, Y sin embargo, y la bellísima Calle Melancolía, formalizaron el abrazo furioso. Este último tema fue cantado por Joaquín cual si volviera a tener 20 años.

Vinieron Resumiendo y Pájaros de Portugal, de su reciente Alivio de luto (2005), y el tema más emotivo de la noche, La Magdalena, dedicado a "la más señora de todas las putas", con Olga Román haciéndola de esa "que nunca le cobró", con quien "hasta la hija de un dios se fue con ella". Los aplausos se desparraman, y Sabina acota: "Todo esto es sólo una metáfora; en realidad esa puta se llamaba Lupita; era virgen... ¡y me costó un pastón!"

Recita luego Tal para cual, soneto de su libro Ciento volando de catorce (2003): "...tú de farol, yo manco de una sota... tú lagrimón estilo cocodrilo, yo agonizando, tú tensando el hilo..." Entonces viene esa rumba que reza sobre el desmoronamiento de las parejas, Ruido, y que empiezan los tronidos: quizá un cable malparido, quizá un circuito mal cerrado. Y el arrebato de Sabina. Pero al público no le importa: aplaude, le reanima cual si le estuviera diciendo: "Tío, que no pasa nada". Con bombín al calce, playera y frak negros, regresa ya sereno para arrojar un medley consentido: Que se llama Soledad con Peor para el sol y Contigo, y ya no hay corazón que no lata fuerte: "yo no quiero un amor civilizado, que viajes al pasado, contigo ni sin ti... lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí".

Salen. Los aplausos, los gritos. Entra solito García de Diego, con esa su templada voz, y al piano toca la hermosa A la orilla de la chimenea. Hasta ahora, el repertorio ha sido un atinado catálogo de favoritas, y no la presentación del reciente disco, como en otras giras. Joaquín y los otros reaparecen, y sorpresivamente canta Llueve sobre mojado, tema que grabó a dúo con Fito Páez. Es notorio que el espacio musical de Sabina se halla al margen de corriente alguna, para estar más bien cerca del amor a la palabra, que en su mundo particular impera, reina y tunante.

Y aunque hubo pocos rocanroles, llega La del pirata cojo, con Varona vestido cual obispo desquiciado. El auditorio se cae con Princesa. Recita otro soneto, Puntos suspensivos: "Lo peor del amor cuando termina, son las habitaciones ventiladas... lo atroz de la pasión es cuando pasa, cuando al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos". El baile se instala con 19 días y 500 noches, para terminar ligadas Noche de bodas y Nos dieron las diez, esos sus josealfredezcos piropos mexicanistas. La sonrisa de Sabina es amplísima, en contraste con su rostro duro del inicio. Se marcha complacido: "ojalá que volvamos a vernos".

"Oírlo es no soltarlo"

A la salida, entre un público de 27 a 40 años, muchos portan bombín a lo Sabina. Julio César, de 33 años, nunca lo había visto: "No tengo palabras. Hoy me puedo morir". Gerardo, de 35: "Su voz está mejor que en su visita pasada, y me encantó que tocara puros clásicos". Nayeli, de 29: "Lo empecé a oír hace unos meses y me fascinó. Joaquín es encantador. Uno lo ve y quisiera tocarlo. Cuando canta se mete en tu vida y también quieres ser parte de él. Oírlo es no soltarlo". Valeria, de 23, va con su mamá: "Lo oigo desde niña; mi mamá me lo ponía"; completa su madre: "Sí, desde que estaba en mi panza". Emilio, de 28: "El sonido no fue muy bueno al principio, pero él es un señorón. Ha sido un gran regreso".

 
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