Usted está aquí: jueves 5 de octubre de 2006 Opinión Estado de secreto

Olga Harmony

Estado de secreto

La Compañía Nacional de Teatro eligió una de las tres Comedias Impolíticas de Rodolfo Usigli para representar en su temporada la escritura de este autor con el que inicia la dramaturgia moderna, caracterizado por sus críticas incisivas a las estructuras de gobierno. Estado de secreto, escrita en 1935, es una directa acusación al llamado maximato de Plutarco Elías Calles, el autonombrado Jefe máximo de la Revolución, y a la corrupción de los gabinetes de los presidentes que él manipulaba. Posiblemente el renunciante fuera un símil de Pascual Ortiz Rubio, el desprestigiado Nopalito, aunque el poderoso secretario de Estado Idelfonso Suárez, ''Poncho" y todos los personajes sean inventados. Sea como fuere, la comedia retrata los enjuagues corruptos del poder ''ayer, hoy y mañana'' -como acota el autor- y el viejo maximato nos alerta al posible nuevo, que para muchos politólogos y comentaristas ejerce Carlos Salinas de Gortari. Es una sátira más que conveniente en los tiempos que corren, aunque en la época de su acción el narcotráfico no había invadido las altas esferas gubernamentales como ahora y es sustituido por otras repugnantes formas de enriquecimiento, como el lenocinio o el juego clandestino.

La comedia de Usigli tiene muchos visos de farsa y en esta impostación la trabajó Mauricio Jiménez, quien respeta el texto (apenas algunos recortes o el cambio de las cantidades de dinero por las actuales para que pueda ser más entendida por el público contemporáneo), pero que escénicamente le da un tono que se advierte en los momentos de música y canto con que irrumpen los cómplices y subordinados de Poncho y sobre todo con la breve presencia de la amante rubia (Rocío Leal) en breve traje de vedette con una larguísima cola con la que juega el hombre, y de la amante morena (Azalia Ortiz) con un vestuario de trágica y altos coturnos, como para marcar la gama de mujeres conquistadas por el singular político. Son también fársicas las apariciones de Ramón Barragán, primero como el intelectual vendido, Sócrates Gutiérrez, cuya miopía y beodez dan lugar a momentos muy graciosos apoyados en la pequeña estatura del actor a quien los ayudantes mueven de un lado al otro, y del maestro de declamación que ensaya el coro de denuestos y luego de vítores.

En una escenografía casi única -diseñada por Atenea Chávez y Auda Caraza- consistente en un despacho austero y de paredes de madera que dejan vislumbrar un gabinete, un pequeño bar y otros elementos, con ligeros cambios en las cortinas del fondo y el movimiento del escritorio y las sillas, o la ausencia de éstos, se dan los espacios que pide el autor. Es notable el cambio de un viejo despacho, donde se reúne la comisión permanente de senadores y diputados por un baño de vapor en que batas y toallas, verde, blanco y rojo, resultan una crítica escénica que se añade a la del texto. El talento de Mauricio Jiménez se hace presente tanto en sus irónicos subrayados que actualizan el texto -como sería, entre otros, el vistazo al monumento a la Revolución entonces todavía no terminado-, como en el trazo escénico, por momentos vertiginoso y a su dirección de actores.

Roberto Soto es dueño de todo el encanto y la megalomanía que Usigli pide en sus acotaciones, sus desplantes a veces maliciosos, a veces enérgicos y sus discursos demagógicos casi elocuentes a no ser por los guiños que hace a sus compinches. Es ya un actor de muchos recursos. Carlos Aragón, como el secretario particular, con un empaque que pierde sólo a veces. José Sefami, el matón ex diputado Romero, con toda la brutalidad y sevicia de su personaje. Manuel Poncelis, ladino y acobardado como Adán, Carlos Orozco como Leal, Héctor Holten como Chalío y Oscar Narváez como Juan Quintero, completan el grupo de truhanes. Juan de la Loza es un envalentonado subsecretario de Industria, que pierde su valor ante el juego de Poncho. La iluminación de Víctor Zapatero, la escenofonía de Rodolfo Sánchez Alvarado, la coreografía de Emma Cecilia Delgado y la peluquería y maquillaje de Pilar Boliver completan la escenificación, en la que hay que hacer mención especial a la música original de Leopoldo Novoa y el excelente vestuario de Cristina Sauza que caracteriza a cada uno de los personajes, elegante el de Poncho, discretos los de su secretario particular y del subsecretario, corrientes y vulgares los de los patanes que rodean al político.

 
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