Usted está aquí: miércoles 4 de octubre de 2006 Política Norberto Rivera, el cardenal del poder

Bernardo Barranco V.

Norberto Rivera, el cardenal del poder

Primera respuesta al padre Valdemar. El pasado miércoles 6 de septiembre publiqué en este espacio un artículo titulado: "El cardenal Rivera, la Virgen y lo que viene". Para mi sorpresa, por la novedad de encarar las críticas, el padre Hugo Valdemar refutó en nombre de la arquidiócesis mi argumentación sobre la ambigüedad política en que se desenvolvió el prelado durante el pasado proceso electoral, actuación que a mi juicio puso en riesgo el discurso neutralista del episcopado y exacerbó los ánimos de católicos de la coalición Por el Bien de Todos al grado de protagonizar los bochornosos actos en la catedral que todos conocimos. El padre Valdemar califica mis "apreciaciones poco objetivas... afirmaciones gratuitas y falsas" cuando asevero que el cardenal Rivera cosecha lo que ha sembrado en términos políticos. Aquí me detendré, primero para revindicar el trabajo crítico e intelectual del periodismo que sin faltar a la verdad tiene como punto de partida los hechos; la mirada sociológica debe ser laica y concebir a la Iglesia no por su supuesta naturaleza metasocial, sino como cualquier institución humana. Es obvio que toda observación resulte incómoda para los protagonistas eclesiásticos porque son analizados e inferidos; en este caso constatamos que la fragmentación de la coherencia doctrinal entre lo que se dice y lo que se hace está catalizando, en términos de secularización, la desinstitucionalización, es decir, el alejamiento físico y doctrinal de los individuos tanto de la institución religiosa como de su discurso oficial. Este es el gran riesgo sobre en el que el cardenal discurre en sus once años al frente de la arquidiócesis.

La siembra, los hechos . El cardenal Rivera ha sido uno de los arzobispos más polémicos que ha tenido la ciudad de México. Ni los cardenales Darío Miranda ni Ernesto Corripio Ahumada en sus largos mandatos habían tenido las confrontaciones ni las denostaciones que él ha provocado. Los escándalos mediáticos en los que se ha visto envuelto se hicieron presentes desde su toma de posesión como arzobispo en 1995, cuando surgió la disputa por el control económico y político de la Basílica de Guadalupe, el santuario que mayores dividendos genera en México. Enfrentado al poderoso como hoy desprestigiado abad Guillermo Schulenburg, Rivera se vio demoledor. El 21 de octubre de 1996 cimbra a la clase política dominante en el gobierno zedillista: durante su homilía dominical expresó que cuando la autoridad "se sale del marco legal'' o es contraria a la defensa de los derechos humanos "no hay obligación de tributarle obediencia". El centro de la homilía giraba sobre una pregunta: debe o no "meterse en política'' la Iglesida. Esto tensó las relaciones entre Iglesia y gobierno durante varias semanas. Meses después, ante las denuncias presentadas por La Jornada y los reportajes de Canal 40 por la entonces presunta pederastia de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, el cardenal salió airadamente en su defensa. El 11 de mayo de 1977 sostuvo que tales acusaciones, presentadas por ex legionarios, eran "totalmente falsas" y puros "inventos" de "difamadores de la Iglesia". Dos años más tarde, en la cuarta visita del papa Juan Pablo II a México, protagoniza un nuevo episodio delicado: la excesiva comercialización de la imagen del Papa, así como la mercantilización de la visita que hiere los sentimientos de los católicos. Las papas del Papa representan un desagradable episodio de discordancias, posterior a la visita pontifical, por el destino de los remanentes. Quizás este periodo es el de mayor fortaleza del cardenal Rivera, robustamente apoyado por Angelo Sodano, entonces secretario de Estado del Vaticano, que encabeza el llamado Club de Roma que integran prominentes prelados y constituye un grupo de presión en el interior de la iglesia que logra el alejamiento de Raúl Vera de San Cristóbal de las Casas, así como del nuncio Justo Mullor. Asimismo, Rivera se opuso, sin éxito, a la publicación del documento Del encuentro de Jesucristo a la solidaridad con todos que saludaba la posible alternancia política en la Presidencia.

El llamado Club de Roma no escondió sus simpatías por el entonces candidato priísta a la Presidencia, Francisco Labastida, quien en más de una ocasión se refirió a Norberto Rivera como "mi cardenal" en el azaroso año electoral 2000. Gracias a la legionaria Marta Sahagún y su supuesta candidatura papal, Rivera logra reposicionarse en la administración del presidente Fox. Sin embargo, sus compromisos con distinguidos priístas se dejan sentir, primero, al "meter las manos al fuego" por Oscar Espinosa Villareal para que sea tratado con privilegios en Managua, gracias a los oficios del cardenal Obando, y después, en septiembre de 2001, cuando en los funerales de Carlos Hank González reconoce ante los familiares y la clase política las dotes del político mexiquense: "fue un buen administrador. Supo multiplicar aquello que el Señor le confió. Que el Señor tome en cuenta todos sus trabajos y le dé recompensa eterna". Ambos hechos causaron gran controversia no tanto en la opinión pública como entre los propios católicos.

Ante la renuncia de Alberto Athié como sacerdote, los medios difunden en septiembre de 2003 las razones: la Iglesia, del Vaticano a la arquidiócesis de México, encubre los abusos del padre Maciel; Athié confirma que todas sus indagatorias las hizo llegar al cardenal: "Me entrevisté con el cardenal Norberto Rivera para acercarle información, pero su respuesta fue tajante: 'Se trata de un complot y no tengo nada más que hablar contigo', y me corrió de su oficina". El enfrentamiento reciente con el PRD, así como la acusación de Joaquín Aguilar por encubrimiento a pederastas, fue la cereza del pastel, escándalo mayúsculo que tiene preocupada a toda la Iglesia.

Cosecha . El cardenal Norberto Rivera es extrañamente atraído por el poder político y económico. La población, especialmente la más informada y con mayor nivel de escolaridad, lo percibe más como personaje político que como líder religioso, muy alejado de las exigencias espirituales demandadas por Juan Pablo II en la exhortación apostólica Pastores Gregis (2003). La impresión, aun entre sus propios sacerdotes, es que no está a la altura pastoral de una arquidiócesis tan compleja como la nuestra. Pese a sus virtudes políticas, aún no ubica su papel en la actual transición mexicana, a diferencia de otros cardenales, como Claudio Humes, de Brasil, Jorge Bresgoglio, de Argentina, y Oscar Rodríguez Maradiaga, de Honduras, por lo que deberá replantear su desempeño como buen pastor. Padre Valdemar: la siguiente entrega se centrará en el proceso electoral.

 
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