Usted está aquí: domingo 24 de septiembre de 2006 Opinión Memoria y herencia: una conversación para el futuro

Rolando Cordera Campos

Memoria y herencia: una conversación para el futuro

En 1988 el Frente Democrático Nacional y la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas encauzaron lo que de otra forma hubiese sido una gran y destructiva riada social de descontento y desilusión, acumulada en los años duros del ajuste draconiano decidido por el presidente De la Madrid para pagar la deuda y volver a los mercados internacionales. Ni pagamos la deuda ni volvimos con bien a aquellos crueles mercados ni el Fondo Monetario Internacional se conmovió ante el enorme costo social de aquel empeño, que además se vio enlutecido por la desgracia del sismo de 1985. Así, frente a tanta adversidad, el cambio político asomó sus narices con la histórica rebelión en la granja priísta.

Los sacrificios impuestos por el Estado tampoco fueron comprendidos por el gobierno del presidente Reagan, que había llevado su cruzada anticomunista a Centroamérica y no perdonaba reparos a nadie. El gobierno mexicano fue entonces objeto de una de las peores andanadas estadunidenses de los tiempos modernos, mientras las "guerras del Istmo" devastaban los débiles tejidos sociales de aquella sufrida región.

Se llegó a hablar en aquel tiempo de la "centroamericanización" de México, como si Mesoamérica fuese ya la anécdota geográfica en que se ha querido convertirla, pero el reclamo social caminó por la política electoral, de la mano con la inconformidad que cundía dentro de los corredores de Palacio, encarnada con dignidad por Cuauhtémoc Cárdenas y sus compañeros del cisma priísta, entre ellos la maestra Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo.

Aquel cuadro no era propicio para emprender la construcción de una nueva izquierda, pero el proyecto del PRD pudo avanzar sin al mismo tiempo poder madurar en una formación política representativa de las fuerzas y movilizaciones sociales que habían antecedido y acompañado a la campaña presidencial cardenista.

La conversación entre la base social que emergió de las crisis y del sismo y las dirigencias políticas que se fundieron al calor de la sucesión presidencial de 1988 no fue virtuosa y más bien devino tortuosa y dolorosa, acosada además por la ofensiva estatal contra el cardenismo y el PRD. El conflicto comunal y regional que se desató cobró muchas vidas y más rencores, y enturbió el ambiente intelectual y deliberativo que la construcción de un partido de masas y moderno de la izquierda requería. Y así se estuvo por un buen tiempo, hasta que vino la alternancia, que pronto quiso convertirse en coto de caza exclusivo de nuevas y viejas elites, la mayoría de ellas autodesignadas, que sin mayor consideración por la historia y el entorno decidieron que para democracia bastaba con el cambio de manos en el Ejecutivo.

Como la emergencia de masas de 1985-1988 no fue casual ni contingente, esta decisión en la cumbre se tornó pronto una vocación oligárquica, vista así desde lo alto pero también desde el llano, y la disonancia más o menos latente entre lo social y lo político volvió a tocar las campanas, que habían sonado antes con el alzamiento indígena zapatista. El contexto internacional cambió sustancialmente con el fin de la guerra fría, pero la ideología globalista no sirvió para darle a las profundas brechas sociales del mundo en desarrollo una perspectiva de aliento creíble y compartible.

La posibilidad de retomar esa conversación y llevarla a nuevas plataformas de acción social y conducción política se abrió con esta sucesión presidencial y con la convocatoria de López Obrador a iniciar un cambio de régimen por el principio, por la justicia social. La sucesión transcurrió bajo nuevas coordenadas internacionales y nacionales, salvo en el plano de las mentalidades políticas, donde privaron los ecos y las ilusiones de un presidencialismo decadente y agotado, pero que se empeña en vivir en el corazón de todos sus personajes, en particular el del presidente en turno. La grotesca "operación desafuero" fue una llamada de alerta sobre los efectos de este perverso eco de la memoria política distorsionada por el poder, pero entonces quisimos convencernos de que la democracia en estreno podía seguir su curso aterciopelado.

A la disonancia entre lo social y lo político, agravada por el cambio globalizador, se unió ahora el divorcio entre el lenguaje de la política y los políticos y las voces de protesta, desengaño y decepción provenientes del fondo de la pirámide pero pronto coreadas por muchos otros. La flagrante e ilegal intervención del presidente Fox y las cúpulas del negocio en la campaña presidencial fue la coronación de esta fisura envenenada entre la palabra de los que mandan y la realidad, quienes en vez de reflexionar se dedicaron a encontrar la manera de cambiarle el nombre a sus propios despropósitos. Patético homenaje a Humpty Dumpty.

La convención y el Frente Amplio Progresista tienen la gran oportunidad de desatar los nudos mentales y de comunicación que traban la evolución de la política democrática y corroen el intercambio cooperativo entre sus contingentes organizados y constituyentes. Revitalizar el verbo político y darle sustento de masas organizadas, que conservan y buscan enriquecer el talante ciudadano que puso a flote la gesta del FDN, implica ampliar y profundizar la memoria y traducirla en ambición estratégica, de tejido de alianzas y de invención de nuevos códigos para reconstruir la comunicación entre las bases sociales y las dirigencias políticas.

Se trata de una vasta tarea cultural y moral que, precisamente por eso, no puede renunciar a la crítica y la autonomía intelectual, pero que a la vez, para ser productiva, no puede contribuir, por omisión o resignación, al regodeo con el statu quo al que se quiere de nuevo someter la cultura nacional, empezando por la educación pública. He aquí su magno desafío.

 
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