Usted está aquí: lunes 11 de septiembre de 2006 Opinión Astillero

Astillero

Julio Hernández López

Variaciones

Resistencia instituida

Felipismo perseguido

Cadenas y perdones

Ironías de la vida: el movimiento contra el fraude electoral se encamina a una forma de institucionalización convencionalista, mientras el felipismo se mueve en la semiclandestinidad organizada por el EMP y monta desmayadas formas de protesta pública. Obradorismo negociante y calderonismo en resistencia. La izquierda anuncia flexibilidad en el Zócalo y los empresarios yunquistas tienden cadenas viales en Insurgentes. El tabasqueño se concentra en la convención nacional democrática y, a fin de evitar que haya pretexto para la represión, anuncia tempranamente que dará vía libre a los militares en marcha, mientras el michoacano -se habla de FCH, no de Cuau ni de Lazarillo- hace trampa en Morelia para montar casi a hurtadillas una ofrenda floral y luego hace una faena oratoria de mal novillero en la Plaza de Toros México.

López Obrador prepara el cierre de un episodio de resistencia cívica que le permitió no ser arrollado por el tren mediático y propagandístico con el que se pretendió instalar la peregrina percepción de que las elecciones recién pasadas habían sido ejemplo de limpieza indiscutible. El capital del candidato perredista sufrió merma, sobre todo en función del plantón vial del Zócalo a Reforma, pero esa pérdida era absolutamente indispensable para sostener un movimiento de protesta que de otra forma se habría desvanecido entre amargura e impotencia. De hecho, al diseñar la ruta de la resistencia, López Obrador hubo de asumir que la etapa electoral había terminado y, con ella, las estrategias y cuidados correspondientes a un candidato deseoso de conseguir votos a granel.

El saldo es políticamente positivo para AMLO, aunque la manipulación mediática aprovechó sus lances para insistir en los rasgos de mesianismo y caudillismo que ya le habían atribuido y aunque la primera etapa de la polarización social inducida lleve hoy a ciudadanos exacerbados a justificar y defender incluso la opción de la eliminación física de ese "peligro" que habría sido confirmado con la instalación de campamentos populares en la más exquisita de las avenidas capitalinas. El lopezobradorismo avanzó porque mantuvo vigente el movimiento de resistencia y se encamina a institucionalizarlo mediante la convención nacional democrática, pero además impidió al presidente de la República desarrollar la rutina del informe anual leído y exhibió tanto el tamaño del miedo gubernamental como los límites extremos a que está dispuesto a llegar (golpes a legisladores, virtual estado de sitio en San Lázaro, tanquetas) el neofranquismo cada vez menos disimulado.

No es poca cosa, además, que ante los embates que lo tildan de loco aislable se hayan mantenido unidos tanto el caminar de los partidos coaligados como las bancadas legislativas y la canasta social básica del lopezobradorismo. Si prospera la más reciente maniobra de judo andresino, al anunciar desde ahora que dejará el paso a la parada militar, pero que persistirá en dar un Grito popular, aunque Vicente Fox se empeñe en dar el propio (plaza contra balcón, masa contra elite, una campana oficial frente a decenas de miles de campanas ciudadanas), y si con ello López Obrador consigue que no se dé la represión tan preparada, y se instala la tal convención y tiene acuerdos y plan, entonces se estará en presencia de una movilización social convenida, institucionalizada, que podrá caer más delante, víctima de sus contradicciones y errores, o darle la vuelta a la historia de México, pero a fin de cuentas será una criatura política parida, no abortada; una expectativa, no una frustración; un camino, no un abismo.

Felipe Calderón está apostando a un esquema frívolo y tardío de llamados a la reconciliación, como si los profundos agravios cometidos por su presidente patrono y por él mismo (Felipente y Vicelipe, dos caras de la misma moneda fraudulenta) pudiesen ser borrados a base de pujantes ejercicios de voluntad. Las exhortaciones a una facilona "unidad nacional" no conllevan autocrítica ni expiación, pero sí requiebros oratorios contra un "pasado" que habría sido derrotado, según la alegre simplificación felipista, pero que sigue persiguiéndole en actos públicos con protestas que le llevan a ser usuario frecuente de puertas traseras y consumidor en dosis militares de protecciones y cercos escandalosos.

Los aliados de Felipe para esta cruzada de pacificación anunciada en la Plaza México tampoco parecen demasiado dispuestos a guardar sus armas. El movimiento empresarial yunquista mueve sus piezas ciudadanas en un tramo de la avenida Insurgentes para demostrar (débilmente, sin experiencia ni ánimos suficientes: esta clase media alta sí se ve) que la insurrección cívica también puede prender por la derecha (sobre todo en demanda o apoyo a la mano dura con que sueñan esos socios en movimiento). Somos más y queremos paz, dicen los hombres (y mujeres) de blanco, pero apenas duran dos horas dominicales en cómodo plantón y realmente parecen una minoría congregada con mucho esfuerzo para extenderse discontinuamente en una avenida amable en la que, sin embargo, aparecen seguidores de AMLO más duchos en la confrontación y pasan vehículos automotores cuyos ocupantes igual apoyan que rechazan el picnic de banqueta.

El mismísimo Manuel Espino se disfraza de político piadoso y se permite recordar que históricamente los panistas han sido el partido del perdón (a Salinas de Gortari, por ejemplo, le perdonaron con redituable entusiasmo su ilegitimidad). Perdonable será también, por lo visto, que en diciembre se realice la quema anunciada de las boletas electorales, para que no quede testimonio documental de lo que hubiera sucedido el anterior 2 de julio. Fuego a la historia, fuego en Oaxaca, entidad que sigue a la deriva mientras en Los Pinos y en Bucareli juegan a la política dizque maquiavélica. Catástrofes, golpes de poder, conjuras y corrupción de periodistas "independientes" en un 11 que recuerda a Salvador Allende, derrocado por un complot -sí, con esas letras- de gringos, empresarios y derechistas, y también la caída de las Torres Gemelas que acabó beneficiando a las industrias militar y petrolera y al interés electoral de George W. Bush. ¡Ah, y los periodistas y comentaristas de Miami que recibían dinero del gobierno estadunidense para hablar de democracia y libertades! Bueno, ¡hasta mañana, en esta columna resistente!

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