Usted está aquí: martes 5 de septiembre de 2006 Opinión Necrológica

Pedro Miguel

Necrológica

Recordaremos por muchos años el rostro infantil de Steve Irwin, el australiano que llenó nuestras pantallas con fauces abiertas de cocodrilos que eran en realidad sonrisas. El que nos mostraba el aspecto amable de toda suerte de bichos peligrosos y convertía su espectáculo en argumento de amor a la Naturaleza.

En forma inesperada, Steve falleció el fin de semana cuando una mantarraya le clavó su aguijón ponzoñoso en el pecho. El hombre producía un documental sobre animales del mar, en la costa nororiental de su país natal. Su interés por la vida lo condujo a la muerte.

Dicen los expertos que las mantarrayas rara vez atacan a los humanos y que, en todo caso, el veneno que inoculan difícilmente alcanza grados letales. La tragedia de Irwin es que el arma de su atacante le dio en plena zona cardiaca, si no es que en el corazón mismo.

A la gran estrella de Animal Planet le gustaba jugar con los animales, pero también con el peligro. Hace un par de años causó un escándalo cuando realizó al mismo tiempo dos actividades que tal vez debieran ser mutuamente excluyentes: cargar a un bebé de dos meses -Bob, su propio hijo- y darle de comer a un cocodrilo gigantesco. Volvió a ser motivo de polémica, y hasta de acusaciones judiciales porque, durante la filmación de un documental en la Antártida, se puso a jugar de cerca con ballenas y pingüinos. En esa ocasión, nada menos que el primer ministro de Australia, John Howard, salió en su defensa.

Steve gozaba de la admiración incondicional del premier australiano. En alguna ocasión, el funcionario invitó a Irwin a una comida a la que asistió, además, el organismo viviente más peligroso con el que Irwin pudo cruzarse en su carrera: George Walker Bush. Y ayer mismo, Howard deploró la muerte "repentina y monstruosa" del malhadado presentador televisivo.

Quién sabe si éste tenía en mente la comida con el actual presidente de Estados Unidos cuando se jactaba de haber tenido "muchos encuentros peligrosos" en los que fue mordido por "cocodrilos, lagartos, caimanes y cientos de serpientes; todos ellos tienen un pedacito de mí". En todo caso, no es fácil impugnar su honesta pasión ambientalista. Irwin no sólo promovía el amor a la Naturaleza en diversos programas televisivos -Veterinarios a la Vanguardia y Croc Files, entre otros- sino que vivía en el zoológico que él mismo fundó. Estableció, además, una fundación para preservar la fauna salvaje, la Wildlife Warriors Worldwide, y financiaba un hospital para bichos silvestres.

En razón de esa valiosa labor, la muerte de Steve se ha traducido en expresiones de pesar y de luto en círculos académicos y ambientalistas.

Una mantarraya anónima consiguió lo que no lograron incontables cocodrilos, caimanes, serpientes y jefes de Estado, y el deceso no ayuda: quiere decir que Natura tiene aguijones que la Razón no entiende.

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