Usted está aquí: martes 22 de agosto de 2006 Opinión Belleza y modestia: Luis García Guerrero /II

Teresa del Conde

Belleza y modestia: Luis García Guerrero /II

Sin practicar el trompé l'oeil, Luis García Guerrero se evidenció cercano a un hiperrealismo que nos enfrenta a elementos cotidianos bajo una nueva luz, a veces con matiz cómico, como cuando pintó los mameyes con la cáscara desprendida tal que si sacaran la lengua, evocando curiosamente el logotipo de los Rolling Stones. Ese toque humorístico, sumado a otros que se aprecian aquí y allá, hacen que lo contemplemos bajo un aspecto que devela en él un sentido del humor insospechado, patente en su autorretrato, realizado sin complacencia pero con simpatía hacia su propia persona. Los toques metafísicos perceptibles en varias de sus composiciones están no sólo, por ejemplo, en la pintura que plasma los muros de La Constancia, en Guanajuato, sino también en las naturalezas muertas, algunas de las cuales acusan, además, conocimiento de Rene Magritte.

Al avanzar a primer plano algún fruto, agrandando su escala y dejando como fondo el paisaje, este pintor emplea un recurso que otros colegas suyos, como María Izquierdo y Manuel González Serrano, aplicaron a sus composiciones de toque surreal. La factura del guanajuatense es muy distinta, se diría que abrevó en la pintura al temple del quattrocento italiano a partir del momento en el que abandonó el método tradicional al óleo de efectuar sus naturalezas muertas mexicanistas con las que la muestra da inicio.

Los cuadros con figuras ofrecen algunas analogías con otro maestro, también desaparecido, a quien hay que prestar más atención: Carlos Orozco Romero. Hay un cierto parecido en la manera de estructurar los rostros, acusando ciertos rasgos y sintetizando otros, como sucede en el Retrato de María (1957), cuya figura geometrizada es vista tras el barandal de un balcón, y lo mismo sucede con el retrato retrospectivo de su madre, a quien representa de niña parada junto a una silla de espaldas, propositivamente en desequilibrio.

Las coincidencias con Alfredo Michel son evidentes en Vaso con piracanto (1956) y en aquellas naturalezas muertas que incluyen objetos de cristal.

Toda la obra exhibida (todo lo que hizo, se diría) es de formato pequeño o mediano, incluyendo los paisajes de Guanajuato, que se antojan realizados de memoria y que nunca pretendieron la mímesis.

La etapa abstracta tiene sus primeros vislumbres hacia 1959, en una composición titulada Camino, que algo tiene que ver con el Gunther Gerzso de la etapa posterior a su viaje a Grecia. Después adopta un modo próximo al informalismo, en el que hay trazos, se diría que demasiado pensados, que atraviesan mediante delicadas curvas el espacio del fondo, siempre muy cuidado, como si fondeara haciendo gala de delicadeza, y luego se permitiera la inclusión de esos rasgos aparentemente sueltos, como sucede en un óleo rojizo efectuado en 1959.

Esa etapa se extingue para no volver a hacer incursión, por espacio de unos dos años. Los fondos cuidados siguen siendo los mismos, pero la índole de los elementos figurativos toma un cariz distinto: parecen flotar, como cuerpos celestes, o enseñorearse de la composición, constituyéndose en elementos únicos, que a veces alternan con el paisaje. La condición magritteana (que Alfredo Castañeda ha practicado con tanta asiduidad) es obvia en Paisaje con tejocotes o en el ahuacate que asciende al cielo debido al impulso de su hueso puntiagudo. En los homenajes a los dulces o a los panes y bizcochos, probablemente rememora delicias de su infancia, que quiso duplicar a través de su cocina pictórica; pero en 1995 -"año de su crisis", según se lee en una de las composiciones-, se percibe un declive, una especie de formulismo, si se comparan las piezas de fecha más tardía con el cuadro de la sopera flotante de la colección René Solís, que es una de las piezas postreras más logradas del conjunto.

Luis Cardoza y Aragón, Ida Rodríguez Prampolini y Sergio Pitol, entre otros, han escrito sendos ensayos sobre él, que fue retratado por Katy Horna, Gabriel Figueroa, Paulina Lavista y Carole Petterson, a quien se le debe su retrato postrero. A la fecha no hay catálogo de la muestra, pero sí material para realizarlo; ojalá se logren obtener los recursos necesarios para hacerlo salir a la luz. Además del préstamo de obra, los coleccionistas dieron lugar a través de la investigación realizada, al registro de su corpus. Pero hubo una excepción. El eminente filólogo M. de Ezcurdia impidió ya no digamos el préstamo, sino inclusive la simple visión de piezas de su propiedad, cosa que resulta poco comprensible si se tiene en cuenta el estatus que guarda como maestro de varias generaciones.

La única etapa de García Guerrero que no se encuentra ilustrada en esta muestra es la que lo vincula con José Clemente Orozco, a través de las tintas dedicadas a las prostitutas, ilustradas en el libro editado por el gobierno del estado de Guanajuato.

 
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