Usted está aquí: miércoles 2 de agosto de 2006 Política Israel

Arnoldo Kraus

Israel

Lamentablemente, aunque ya sea una triste costumbre, la guerra que se lleva a cabo en Líbano contra Hezbollah y, hasta que se demuestre lo contrario, contra Siria e Irán, ha hecho que Israel y los islamistas sean noticia cotidiana, motivo de editoriales y encabezados en las primeras planas de buena parte de la prensa nacional e internacional. Nefasto honor: al lado de todos los análisis y opiniones queda la destrucción, el daño ambiental, la muy cuestionable palabra civilización y montones de muertos, la mayoría inocentes.

Nadie merece morir sin razón y nadie debe vivir bajo la amenaza persistente de la guerra. Nadie merece pervivir con la sensación de ser un pueblo humillado, como es el caso del pueblo palestino, cuyo nefando presente tiene, al menos, tres razones: sus propios gobernantes, que siempre han robado y que no han construido las bases para sembrar una vida mejor; los países árabes, que los han utilizado y asesinado cuando les ha convenido; e Israel, cuyos gobernantes no han entendido que mientras no exista una nación palestina libre e independiente no habrá paz.

Ningún país merece tampoco, como es el caso de Israel, ser la única nación en el mundo cuya faz sobre la Tierra desea ser borrada, ya sea por los islamistas de siempre o por Mahmoud Ahmadinejad, el presidente iraní, quien, a sus peroratas acostumbradas, agregó hace pocos días una invitación a la canciller alemana, Angela Merkel, para acabar con Israel y con el pueblo judío. Bien dice Carlos Mendo en El País cuando afirma que "Israel es el único país del mundo que no puede permitirse el lujo de aceptar una derrota militar. Francia se tragó la humillación de Argelia y Estados Unidos salió trasquilado de Vietnam y ahí siguen". Para finalizar con la apología de lo que no se merece el ser humano, es el ser víctima, en todos los aspectos, de las decisiones o caprichos de otras fuerzas y de otras personas que miran por sus intereses sin importar quienes fallecen en el camino.

Lo que ahora sucede entre Hezbollah e Israel es producto de esos intereses y de esos propósitos; la mayoría de los muertos son el resultado del juego que se dicta desde Irán y Siria. A diferencia de lo que sucede con los palestinos, donde la miopía de dirigentes árabes e israelíes ha contribuido al desastre que circunda la vida de ese pueblo, en el caso de la guerra contra Hezbollah, estoy convencido de que Israel no es el responsable: ha actuado en defensa propia

Habían pasado seis o siete años sin incidentes en la frontera entre Israel y Líbano. Durante ese tiempo se eligió nuevo gobierno en el país árabe, mejoró la economía, se retiró Siria de las tierras que ocupaba en Líbano -el sueño de la Gran Siria sigue vigente-, se asesinaron algunos dirigentes cristianos, y se permitió que se armase, poco a poco, con la anuencia de los dirigentes políticos de Líbano y de la Organización de Naciones Unidas el movimiento islamista Hezbollah. Se calcula que poseen aproximadamente 13 mil misiles, cuyo alcance varía entre 25 y 200 kilómetros. Siendo Israel un país pequeño, cuyo territorio es menor que el Estado de Morelos, es comprensible que el terror será la tónica entre los israelíes hasta que se logre un acuerdo de alto al fuego. Así como se sabe la procedencia de los misiles -Siria e Irán-, se sabe también que el silencio de las naciones que permitieron que Hezbollah se armara es la causa de la nueva confrontación.

Con las cifras anteriores no pretendo minimizar el poderío del Ejército de Israel, que es mucho mayor que el del grupo terrorista, ni desdeñar ni una de las vidas de los libaneses asesinados. La diferencia estriba, sin embargo, en que los islamistas tienen distribuido su arsenal en las casas y en los edificios de la población civil mientras que el material bélico israelí se encuentra bajo resguardo militar. Esa es una de las razones por las cuales han muerto tantos libaneses inocentes, cuyas muertes duelen igual -lo digo en voz alta- que las de los civiles judíos.

Es veraz que han perecido mucho más libaneses que judíos, afirmación cierta y dolorosa -todas las vidas de personas inocentes valen lo mismo. Aunque esa diferencia y esas muertes no tienen justificación alguna, es innegable que el Estado hebreo, que cuenta con menos recursos económicos que sus vecinos árabes, se ha preocupado por proteger a sus habitantes, lo que no ha hecho Hezbollah al esconder sus misiles en la casa de personas inocentes. Bueno sería que el dinero del petróleo se destinase a mejorar la miseria de los árabes y no a fabricar y distribuir misiles.

Me duele Israel y me duele Líbano. Me enferman los fundamentalistas judíos no menos que los islamistas: son similares. Me duele que los movimientos pacifistas en Israel fracasen y que no tengan símiles en los países árabes. Me preocupa que en las naciones árabes no exista disenso contra sus jerarcas ni periódicos como el israelí Haaretz, que se permite criticar a diestra y siniestra al gobierno de Israel. Lo que más duele son las muertes inútiles y el dolor de sus deudos, judíos y árabes por igual. Lo que es insoportable es enterarse de las muertes de niños y niñas, libaneses, palestinos e israelíes. Y lo que nunca dejará de herir y de corroer es la insoportable inutilidad de la palabra y de la razón.

 
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