Usted está aquí: domingo 30 de julio de 2006 Opinión Llamado al abuelo de Paco

Bárbara Jacobs

Llamado al abuelo de Paco

Todavía antes de que la bruma de mi adolescencia se despejara y diera paso a la neblina de mi primera juventud, terminé la preparatoria en el Colegio Madrid, con compañeros que las sombras y los ecos que anuncian mi madurez no me han impedido olvidar.

Francisco Rebolledo era Paco, el tercero de uno de los tríos de amigos que formé en el grupo de jóvenes uniformados de gris y azul oscuro. Alto y flaco, desde entonces caminaba algo encorvado, no tanto para estar más cerca del resto de nosotros, a los que nos sacaba fácilmente una cabeza, como para posesionarse mejor del papel de científico pensativo y apresurado que representaba a conciencia, envuelto permanentemente en la bata blanca del que pasa horas extra voluntarias en el laboratorio, al fondo del patio de encuentros y recuerdos, en el centro de la zona de Mixcoac, con salida a la vía del tren, que era el medio por el cual la mayoría de los estudiantes nos desplazábamos por la ciudad.

El ya era amigo de Gerardo Fulgueira cuando yo me incorporé al grupo de estudiantes del salón Tercero B. De ellos dos, Paco era el más centrado, pues Gerardo, como el poeta (¿y cineasta?) que aspiraba a ser, divagaba más que concentrarse a la hora de reflexionar o simplemente opinar. Cuando Gerardo y yo hablábamos de Don Quijote, por ejemplo, Paco nos escuchaba; pero con la expresión del conocedor resignado a tolerar los tanteos que hacen en su tema los principiantes o meros aficionados. Discutíamos sobre la conveniencia o inconveniencia de leer una edición anotada. "Mientras alcanzan la mayoría de edad intelectual", interponía Paco; "limítense a ver la película muda del Quijote o a oír la ópera o a leer la versión para niños", sentenciaba para pasar de una vez a otro asunto, uno del que los tres supiéramos de qué estábamos hablando.

Pero lo peor era que Paco sí sabía de qué estaba hablando. A pesar de que por aquellos años su interés evidente era la química, en cuanto a ciencia que estudiar, que le explicara la naturaleza y a la que se dedicara de forma profesional, lo cierto era que en su interior ya había nacido la afición a la literatura, misma que él nutría y cultivaba sin soltar prenda.

El hecho es que a la larga, Paco se convirtió en autor. En un narrador nato, propiamente hablando. Imagino que un día despertó y cambió las probetas por la pluma; dejó la química para su infancia intelectual y se internó en el ancho campo de las letras. Y lo hizo, como dicen, con el pie derecho. A partir de 1993, en cuestión de algo más de una década, ha publicado novelas, cuentos, ensayos; ha impartido conferencias; pasó del encierro de un laboratorio a la luz de los foros internacionales. Su primera novela, Rasero, el sueño de la razón, que apareció cuando él ya tenía 43 años de edad, ganó de inmediato el Premio Pegaso de Literatura para América Latina y ha sido traducida a varios idiomas, tan nuevos como el inglés y tan viejos como el griego.

Pero de los trabajos literarios de Paco, el que lo recoge entero para mí es uno de sus cuentos. Dado que estas líneas no son ni mucho menos pretenden ser críticas, para expresarme, querido Paco, ¿bastaría con que dijera que Pastora me encanta? La fuerza con la que sale la voz del narrador es la de una catarata, estruendosa y enloquecida. Y al leer la historia, protagonizada por un telegrafista rojo genial y ambientada en la atmósfera de la preguerra civil de España, vi a Paco de niño en los años 50, escuchando fascinado las historias de su abuelo exiliado en México, y entendí lo que significa tener madera de escritor, haber nacido con un garbo que, en todo caso, no tenía nada que hacer con partículas elementales que no fueran las de la lengua, específicamente la de Cervantes.

Yo no he vuelto a saber nada de Gerardo Fulgueira, pero tal vez Paco sí.

¿Le habrá contado Gerardo cómo lo apodábamos? Happy, porque hippie no era y, en vista de que fuimos trío de amigos en los años de los Hijos de las Flores, ¿de qué otra manera lo íbamos a llamar?

 
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