Usted está aquí: jueves 13 de julio de 2006 Opinión El líder y el pueblo

Octavio Rodríguez Araujo

El líder y el pueblo

He participado en decenas de movimientos sociales en los últimos 45 años y he sido testigo de muchos más. Pero es la primera vez que constato que un líder pueda convocar a medio millón de personas (y hasta más, el 24 de abril del año pasado) con dos días de anticipación y que, además, esas personas demuestren emoción y entrega apretujadas e incómodas en el Zócalo y en las calles aledañas. Me consta también que pueblos enteros, de diversos puntos de la geografía del país, se pagaron el viaje a la ciudad de México para estar presentes en una gran concentración convocada por ese líder. Conozco a algunos de ellos y así me lo aseguraron.

Este líder se llama Andrés Manuel López Obrador, un personaje que tiene la virtud, entre otras, de juntar a gente de muy diversas condiciones sociales y filiaciones políticas o de ninguna. No me extraña, por lo tanto, que tenga tantos enemigos; en primer lugar en el gobierno de Fox y en su partido, lo cual es lógico, pero también entre quienes ven con envidia verde (la mala) a alguien que ha logrado en dos años lo que otros no pudieron hacer en toda su vida, pese a haberlo intentado incluso con sacrificios personales. Si estos últimos fueran más modestos (y honestos) se habrían dado cuenta de que hay momentos en la historia de un país en que la gente del pueblo, la que no goza de privilegio alguno, necesita un líder, alguien que los convoque a luchar por un país mejor, no necesariamente el que quisiéramos todos y cada uno de los mexicanos. Simplemente mejor.

La derecha y el poder, que casualmente es también de derecha, hablan de la unidad nacional, como lo han hecho siempre en todas partes, y añaden que AMLO está dividiendo al país y poniendo en riesgo la estabilidad. Nada más falso. La población de un país no es uniforme, sino plural, y así, con su pluralidad, toma partido en situaciones específicas y se agrupa: unos con el conservadurismo propio de la oferta de continuidad, en este caso representada (por confesión propia) por Felipe Calderón; otros con el no compromiso, como si fueran extraterrestres que de golpe llegaron a México y, al no entender lo que está pasando, prefieren abstenerse de cualquier tipo de participación; otros más con la oferta de cambios que interpretan positivos, en su favor y para beneficio del país en su conjunto. Estos últimos están con López Obrador y están con él no sólo por lo que ha ofrecido, sino porque, a diferencia de otros que lo precedieron, él ha insistido en que no los traicionará, y lo está demostrando al llamar a la movilización (pacífica y legal, pero movilización) y no a la pasividad como ocurrió también en el Zócalo de la ciudad de México en 1988, después de las elecciones.

El país está dividido, entre otras razones porque ya lo estaba y lo ha estado siempre. Esto lo sabe todo mundo, aunque no todos quieran reconocerlo abiertamente. Y esta división, de suyo grave, ha sido profundizada por los gobiernos neoliberales, de Miguel de la Madrid a Fox. Y es esta división la que ha generado cierta inestabilidad que, por cierto, AMLO ha querido encauzar por la vía del voto y el apego a la ley. Si él quisiera -según veo las cosas- podría llevar a sus seguidores, que son muchos más que los que caben en el Zócalo, a una lucha de enfrentamientos. Pero no lo ha querido ni lo quiere. Esto se ha visto con claridad desde el extranjero, desde donde se ve más fácilmente el bosque sin el obstáculo de los árboles que los mexicanos, nos guste o no, tenemos enfrente. El Financial Times, que nadie en su sano juicio podría calificar de izquierdista, ha señalado que por la estabilidad del país los votos deberán contarse, para que el que gane tenga legitimidad. De La Jornada, en relación con la nota del periódico más influyente del mundo en asuntos financieros, cito algunas partes que me parecen dignas de ser destacadas.

"A pesar de que los simpatizantes del panista podrían argumentar que esto es ceder a las tácticas 'intimidantes' del perredista -cita La Jornada-, el diario financiero señala que 'un recuento total ayudaría a México a atravesar esta crisis de varias maneras', y enumera que si el recuento se realiza de manera apropiada y transparente, 'resolverá de una vez por todas quién ganó la elección y enviaría un mensaje claro de que México es una democracia transparente'. Segundo, añade el diario, 'si un recuento confirma su triunfo, eso ayudaría a Calderón a gobernar más efectivamente. Y argumenta que el panista promete buscar una reconciliación nacional, 'pero esto será difícil de lograr si un número sustancial de mexicanos pobres lo perciben como líder ilegítimo'. Y advierte finalmente: 'Sería una tontería para elites de México subestimar los peligros que esta situación representa, especialmente teniendo en mente la historia del país' (11/7/06)."

México vivió ya una experiencia que no quiere repetir: aceptar que el gobierno impidiera contar los votos y luego quemara el "cuerpo del delito", es decir, las boletas. Esto ocurrió en 1988 y el pueblo lo aceptó, entre otras razones porque quiso confiar en el gobernante. Luego, en 1994, el pueblo se creyó la propaganda del miedo que manejó el PRI, y votó por Zedillo. Posteriormente, en 2000, le creyó a Fox que habría cambios, y no los hubo. Después de 18 años, el pueblo ya aprendió. Ahora quiere que se cuenten los votos, que no se oculten los resultados, sean los que sean. No todos creyeron en la propaganda del miedo y el único cambio que quiere ese mismo pueblo es el que corrija el rumbo del país y atienda primero a los pobres. Es un pueblo que -dirían algunos- se conforma con poco (que no es cierto), pero es lo que el pueblo quiere. Por esto apoya a López Obrador, por esto le cree y por esto atiende a sus convocatorias.

 
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