Usted está aquí: martes 27 de junio de 2006 Política Echeverría o el fascismo

Marco Rascón

Echeverría o el fascismo

Con esta frase -"Echeverría o el fascismo"-, Carlos Fuentes y un grupo de intelectuales confrontaron en 1971 las vías de independencia política que los sectores provenientes del movimiento estudiantil desarrollaban y organizaban entre obreros, campesinos, movimientos populares o mediante la respuesta armada a la represión gubernamental luego del 2 de octubre y el 10 de junio. Para ellos Luis Echeverría era lo menos peor ante el ascenso de la derecha oligárquica, que desde su trinchera también lo cuestionaba.

Hoy, a pocos días de la elección presidencial, precedida por un proceso pobre en posiciones alternativas, pero fértil en escándalos y construcción de identidades basadas en el dibujo del contrario, la partidocracia se siente completa y se arroga la representación del centro, la izquierda y la derecha.

Desde este espacio, a lo largo de años, con base en el ejercicio de la libertad de expresión, dictado por mi memoria y convicciones, he expuesto críticas, argumentos y arriesgado escenarios que las más de las veces han chocado con el ambiente maniqueo creado por aquellos que consideran que el presente y el futuro se construyen sin historia, no obstante que en los años de juventud nos advirtieron que no podíamos confrontar al echeverrismo sin caer haciendo el favor a la derecha.

A lo largo de este tiempo he argumentado sobre la manera tortuosa en que se construyó el lopezobradorismo, sin sumar principios ni historia, sino destruyendo referentes y movimientos con fuerza y credibilidad propias. Dentro de este esquema no existe ya un solo movimiento, grupo u organización con un mínimo de distancia crítica, congruencia o independencia que no sea considerado parte "de la derecha" o, por lo menos, mezquino. Así, el lopezobradorismo considera que el neocardenismo, el neozapatismo o la crítica forman parte de sus enemigos fundamentales.

En este espacio semanal el punto central ha sido legitimar la crítica y la autocrítica de la izquierda, la cual dejó de ejercerse abiertamente en el PRD y en muchas otras partes dada la idea de que estamos ante una disyuntiva: López Obrador o el fascismo. Por tanto, el objetivo no ha sido "aclarar quién es la derecha", sino describir una y otra vez los elementos, acciones, alianzas con sectores que no sólo son de derecha, sino francamente enemigos de la democracia y, sin embargo, hoy se les ha dado el llamado "beneficio de la duda" no sólo para pertenecer, sino para dirigir, como en el caso de Guadarrama, Núñez, Albores Guillén, entre otros.

El 3 de julio, cualquiera que sea el resultado, habrá que pagar una enorme factura frente a la historia, el programa, los principios del movimiento de 1988 con los muertos y sus familiares. Se tendrá que reflexionar sobre todos los personajes e intelectuales que al igual que hace 34 años nos llamaban a creer en "lo menos peor", porque debemos renunciar a nuestras convicciones por "inviables" y no cuestionar a aquellos que van construyendo héroes sobre los que luego escupen para ganarse la estima del nuevo en un carrusel, donde predominan el oportunismo, la ambición, el miedo y el pragmatismo más excesivo.

En 1988 un movimiento que no tenía ni espots ni recursos, pero sí calles y locales llenos, entabló una alianza con un sector proveniente del nacionalismo revolucionario que nunca nos engañó denominándose "de izquierda". El encuentro de aquel momento tenía gran aliento, pues era una alianza programática contra el proyecto neoliberal y no sólo era una frase, sino un conjunto de conceptos, acciones, personas, políticas articuladas con autoridad y ética para enfrentar a la tecnocracia neoliberal y, posteriormente, la usurpación. A lo largo de los seis años de salinismo, tanto desde la máxima dirección cardenista como de muchos sectores, hubo determinación en no reconocer el gobierno de Carlos Salinas y llamarlo por su nombre en todos los foros y espacios: usurpación.

Hoy, votar por el PRD es lo más cercano a nuestra historia y convicción. Pero votar por el PRD no puede ser lineal, pues en sus listas van personajes que tienen graves responsabilidades en contra de ese mismo partido y en la lucha por la democracia que ninguna disyuntiva maniquea puede soslayar. Hasta hoy, los millones que han participado y votarán por el PRD han hecho su tarea. La dirección lopezobradorista no. Por ello es ético anular el voto de candidatos impuestos y espurios, y en mi caso incluyo la anulación del voto para presidente de la República, pues los primeros no llegaron solos, sino que fueron impuestos por Andrés Manuel López Obrador. Votar por ellos niega la historia, años de acción, convicción y pensamiento. Porque debemos liberar nuestra identidad hacia el futuro y hacer de la anulación un acto de solidaridad y compromiso. Es una disyuntiva entre liberar el voto consciente y el derecho a estar liberados frente a manipulaciones, lucha sin adjetivos por el poder y manipulaciones futuras.

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