Usted está aquí: viernes 16 de junio de 2006 Opinión El voto patronal

Abraham Nuncio

El voto patronal

El presidente del IFE, Luis Carlos Ugalde, pidió a los empresarios, para garantizar la libertad del sufragio, que se abstengan de realizar prácticas de inducción "del voto hacia algún candidato o coalición" y de "realizar otras actividades que pudieran interpretarse como un mecanismo de presión o coacción del voto".

Si no fuera por la dimensión de escándalo que los patrones le han dado a una vieja y muy generalizada costumbre, el llamado parecería fuera de todo lugar. ¿Por qué no hacer ese llamado a empleados, obreros, trabajadores domésticos y similares y no sólo a los patrones? Y en fin, ¿por qué no hacerlo urbi et orbe?

La exhortación, como otras, es probable que no tenga más fuerza que las llamadas a misa. Los patrones se han distinguido, en el arco de cambios políticos de un cuarto de siglo atrás a la fecha, por clamar en contra de maniobras como el acarreo, la compra de votos, las elecciones turbias, y a favor de una democracia moderna antecedida por el estado de derecho. En la cresta de este clamor, compartido por la mayoría del electorado, llegó Fox a la Presidencia.

Un nuevo triunfo del candidato de la derecha parecía perfilarse en las elecciones del próximo 2 de julio. Pero los patrones querían asegurarse. ¿Por qué no elegirlo desde la víspera? A principios de febrero, los consejeros de Bancomer realizaron un simulacro en el que quisieron ver el futuro cumplido: 561 de 740 eligieron a Calderón con 459 votos; Madrazo alcanzó 95 y López Obrador tan sólo 4. Sin embargo, las encuestas no lograban colocar con alguna credibilidad a Calderón por encima de López Obrador. Así que los patrones reforzaron sus estrategias. El empresario Enrique Coppel Luken envió una carta a sus empleados exhortándolos a votar, haciéndoles ver la conveniencia de que lo hicieran por Calderón y demás candidatos a diputados y senadores de Acción Nacional.

Si la actitud de los patrones ante la democracia fuera convicción verdadera y la práctica general de este régimen político un clima asentado en la vida cotidiana de los mexicanos, los empleados de Coppel podrían volantear dentro de su empresa llamando a sus compañeros (y hasta a su patrón) a votar por López Obrador, o por cualquier otro candidato que consideraran el más adecuado para dirigir al país desde la Presidencia, sin que arrostraran la muy segura y fulminante posibilidad de ser despedidos por subvertir el orden de la empresa.

Cuando se trata de defender sus intereses, los patrones mexicanos y sus aliados españoles, estadunidenses y de otras nacionalidades que participan activamente en política abusando de su poder de inversionistas y empleadores, no reconocen límites y no hay quien se los imponga. En ellos y su dinero (¿no, señor Víctor González Torres?) tiene su sede la impunidad. No se arredran a enseñar el cobre y exhiben, sobre todo cuando se expresan con confianza de clase, una mentalidad genuinamente feudal que los mantiene divorciados de esos capitalistas de primer mundo, de clase mundial, veneradores de la excelencia y los círculos de calidad que nos quieren hacer creer que son.

El mejor ejemplo está en las cumbres de la burguesía regiomontana domiciliada en San Pedro Garza García. Panista por convicción y priísta por conveniencia, en cuanto advirtió que no había sido suficiente la ausencia de López Obrador en el primer debate para hacerlo caer en las encuestas -aun al contrario- hizo sonar la alarma. Anibal ad portas. Por la red ha circulado el correo firmado por Federica Sada y Yolanda Martínez en el que convocaron a sus amigas de la colonia del Valle (la colo), referencia central de San Pedro, para que llevaran a casa de Federica a sus "empleados domésticos: muchachas [sic], jardineros, mozos [aún existen] y choferes [forman parte del inventario de clase]". Fernando Elizondo, candidato del PAN a senador, les explicaría el porqué "conviene votar por Felipe" y les daría argumentos "de por que [sic] no votar por las otras opciones".

Con esa misma largueza cívica, Soriana, que hace circular propaganda de Calderón en los comprobantes de compra y otras cadenas similares (la mexicana OXXO y la estadunidense HEB), decidieron dar el día completo a sus empleados para que vayan a votar. ¿Y si se tratara de una huelga de 24 horas, tampoco juzgarían perder ni sería lo primero de lo cual se quejarían?

En Monterrey han arraigado los sindicatos blancos o apatronados. En la numerosa fuerza de trabajo que controlan los oligopolios locales, a los que se han sumado trasnacionales -empezando por los bancos- sus dueños han introyectado una cultura de la sumisión que pasa por mecanismos alienantes notorios en la clase media del área metropolitana de Monterrey. Se inician con la primera entrevista de aquellos que buscan trabajo con quienes los hayan de contratar.

Los miembros de un sector de esa clase media son ávidos consumidores de los rumores investidos de información originados en San Pedro (de Chipinque para abajo), de la visión única, del antichilanguismo, de la ilusión de ser lo que los ricos son a partir de la lectura de un solo diario, de los temores inducidos desde los altos estratos sociales, de perder lo que no han tenido ni tienen ni tendrán nunca. En ellos los patrones regiomontanos con mayor atraso político tienen a sus mejores aliados. Pero ven que puede haber defecciones, acaso una toma de conciencia que las pueda tornar masivas ante un liderato de otro tipo (el de López Obrador en este caso), y eso los conduce a extremos: el acarreo vil, la promoción histérica del voto asustado, darles el día a sus empleados para que voten por Felipe Calderón.

"No hay que subestimar el efecto multiplicador de nuestros empleados -dicen en su correo Federica y Yolanda. Y conceden: "Es muy importante movernos en otros niveles socioculturales. Por favor pasen la invitación a sus hermanos, papas [sic], amigos pues he escuchado gente que me dice que algunos de sus empleados votarán por MALO [sic]. Acordemonos [sic] que TODOS los votos cuentan."

En los primeros tientos de la democracia, no todos los votos contaban. De antemano eran excluidos, como cuando se eligieron representantes a las Cortes de Cádiz, el primer proceso de importancia en materia electoral (antes, casi sin efectos, tuvo lugar el que convocó la llamada Constitución de Bayona) en suelo mexicano, los sirvientes domésticos: "los empleados con oficio en los servicios personales y de casa, como lacayos, cocheros, mozos de caballeriza, porteros, cocineros, ayudas de cámara, mozos de mandados y de plaza y otros semejantes".

Doscientos años después las cosas han cambiado, pero no tanto como los optimistas piensan.

 
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