Usted está aquí: jueves 8 de junio de 2006 Opinión El debate y los avances de la democracia mexicana

Soledad Loaeza

El debate y los avances de la democracia mexicana

Es de celebrar que el debate televisado entre los candidatos a la Presidencia de la República se haya llevado a cabo sin contratiempos y con la participación de todos ellos. La realización de este programa es un poderoso indicador de que las elecciones del próximo 2 de julio avanzan a pesar de las diferentes provocaciones que en las semanas recientes parecían ir construyendo un amplio cerco en torno a ellas. No obstante pronósticos catastróficos, el simple hecho de que los contendientes en la liza presidencial, representantes de distintas opciones políticas, hayan podido presentarse ante la opinión pública, como prevé la ley, debe fortalecer nuestra confianza en el ejercicio democrático en el que los mexicanos vamos a elegir, dentro de un marco institucional, al próximo Presidente de la República y a nuestros representantes en el Congreso. El debate, que representa la continuidad imperturbable del proceso, es una respuesta a la advertencia -que no profecía- del subcomandante Marcos de que no habría paz ni tranquilidad para las elecciones. Es indudable que vivimos tiempos crecientemente inciertos, pero también sabemos que los procesos institucionales son el mejor antídoto contra esa desconcertante incertidumbre.

Desde los recientes y trágicos acontecimientos en Atenco, que se iniciaron a partir de un incidente menor -la negativa de vendedores ambulantes de retirarse de la vía pública- hasta el extraño atentado en contra de la familia de Carlos Ahumada, mucho ha ocurrido que sugiere un clima de descomposición política portador de malos augurios para el desarrollo normal de las elecciones. Las movilizaciones de mineros y de una sección del magisterio en Oaxaca, los actos de violencia de grupos de activistas en contra de edificios públicos como el Senado de la República -cuyo alcance simbólico en términos de las instituciones centrales del arreglo democrático no puede ser subestimado- contribuyen a la desazón de la opinión pública. El mismo efecto ha tenido el tono de confrontación y las mutuas descalificaciones en que se han enzarzado Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador. Todo ello comprometía a ojos de muchos el acto afortunado que representan las elecciones para la consolidación de una democracia que parecía haber envejecido prematuramente. La presentación televisada de los candidatos, conforme a tiempos y reglas previstos, reanimó el potencial de nuestro en realidad muy joven sistema político liberal y pluralista.

El 6 de junio los televidentes mexicanos pudimos ver en los candidatos presidenciales no solamente estilos personales diferentes, sino que escuchamos propuestas de gobierno efectivamente distintas, si bien unas más explícitas que otras. El público al que se dirigían, las sucesivas exposiciones, las réplicas, revelaron la concepción que cada uno tiene del poder y de los objetivos de la administración pública, así como su evaluación de la sociedad que aspiran a gobernar. Hubo algunas coincidencias importantes, por ejemplo, la introducción de los juicios orales para agilizar la administración de justicia, o la autonomía del Ministerio Público; pero también hubo discrepancias notables, y no únicamente entre el panista y el perredista, por ejemplo en materia de política económica o en relación con la descentralización y el federalismo. Los candidatos de los partidos pequeños, el Panal y el Partido Alternativa, no se alinearon con los grandes, y su participación fue una prueba de que -como señaló Patricia Mercado- no hay sólo dos alternativas políticas, sino muchas más que no son asimilables al grueso espectro político bipartidista que el PAN y el PRD se empeñan en construir.

Experiencias anteriores han demostrado que el juicio de los televidentes del desempeño de los candidatos en el debate influye poco sobre su decisión en la casilla de votación. Es decir, para los resultados finales de la elección es irrelevante quién haya resultado ganador en la presentación televisada. Sin embargo, en nuestro caso específico y en el contexto de la actual campaña, la importancia del debate estriba en que demostró que el proceso democrático sigue en marcha aun en los tiempos huracanados del crepúsculo de la primavera de 2006.

 
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