Usted está aquí: lunes 29 de mayo de 2006 Opinión Soulages y Montpellier

Vilma Fuentes

Soulages y Montpellier

Antes de salir para la ciudad de México, con motivo de la publicación de mi novela Castillos en el infierno, Jacques Bellefroid (www.bellefroid.com) quien adelanta a grandes pasos en un nuevo libro al mismo tiempo de narrativa y reflexión, dimos un salto a Montpellier para abrazar a nuestros hijos, Aurélia y Sébastien Beaugrand, y a nuestros nietos, Sacha y Maceo.

Pasearse en las callejuelas o treparse al confortable tranvía azul (mi duende azulísimo Belphé no paró de viajar en él) de esta ciudad del sur de Francia es respirar ya un aire caluroso, una buena manera de anticipar el clima mexicano. Es también recorrer una de las ciudades más hermosas de este país. Laberinto de calles sinuosas, que suben y bajan las faldas del monte Pellier, uno se pierde con facilidad, pérdida imprescindible para acceder al arrebato que es el auténtico extravío: la luz desaparece a la entrada de un viejo edificio, apenas alcanzo a ver la ancha escalinata, la oscuridad, el color negro reverbera en el interior. De pronto, de esa negritud espesa, aterciopelada, brota la luz al fondo del corredor, venida de un vitral escondido en algún lugar del techo de ese inmueble. La luminosidad de esa mañana de mayo queda fuera, emboscada en las calles oblicuas. La oscuridad reina como una noche donde el tiempo se ha detenido: estrella negra, su luz emana con el peso y la fuerza que tienen los abismos, atrae hacia su fondo, desata el vértigo. Viaje a los confines de la mano de Pierre Soulages.

Frente a mis ojos, cegados por el deslumbramiento de la oscuridad, el negro acariciante de la pintura de Soulages, emana como una cascada de sombras, oscuro claroscuro que me otorga la gracia de ver el nacimiento de la claridad, justo en el momento, antes de emerger y gritar.

Comprendo, asombrada, que en ese zaguán oscuro estoy frente a una tela de Pierre Soulages. Pero también veo la oscuridad del zaguán en penumbras del departamento donde vivía mi tía Eva cuando éramos chicos mis primos y yo. Mismos claroscuros de México y Montpellier, tras los muros que permiten escapar del sol de plomo que cae en la calle.

Carbones de Orozco, persianas de Soulages, opacidad, transparencia. Salgo de la luz a la luz. Bajo la calle serpenteante, estrecha, buscando la sombra de los edificios, sin metas, simple errancia. ¿Qué mejor forma de abrir las puertas al azar? El temor del sol, y sobre todo la idea de tener que subir lo bajado, me decide a dar la vuelta en una esquina, frente a una iglesia. Otra vuelta para tomar el camino de regreso. Rue du Collège. Estoy en mi terreno: durante 12 años fui a la escuela situada en la calle de Colegio. Avanzo con pena, el sol cae a pique. Entre todos los edificios construidos en siglos anteriores al XX, una pared beige, de una blancura agresiva, recién construida, con olor a pintura fresca, ocupa más de dos tercios de la cuadra. ¿Qué hace ahí, inesperada? ¿Quién le sirve de inquilino: un supermercado, una fábrica de juguetes, una escuela? Vuelta a la derecha para dar gusto a la curiosidad.

Y ahí, en medio de la cuadra que ocupa el palacio Massilian, donde Molière representó sus piezas durante una temporada, una entrada de servicio que deja ver las paredes del edificio moderno que se adjunta al palacete. ¡Es Soulages! Ahí está. Negro sobre negro, la pared está pintada de negro de arriba a abajo con dos motivos: las persianas que delatan la luz, los cuadros frescos del azulejo brillante. Comprendo que estoy en la calle lateral al museo Fabre, donde se lleva a cabo una de las grandes obras de construcción que se realizan en Francia. En efecto, se restaura, pero también se edifica un nuevo pabellón, nombrado Cour Pierre Soulages, que albergará las telas donadas por el pintor a Montpellier.

Desde luego, el jefe de vigilantes, amable, nos muestra planos y nos indica lo que será uno de los museos más importantes de Francia, antes de caer en la minuciosa descripción de las buenas comidas que ha hecho en su vida. Todo a partir del restorán que se abrirá en el museo y que estará a cargo de los chefs del mejor establecimiento de Montpellier (tres estrellas Michelin). Qué se le va a hacer, un francés no podrá nunca dejar de hablar de restoranes...

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