Usted está aquí: domingo 21 de mayo de 2006 Opinión EJE CENTRAL

EJE CENTRAL

Cristina Pacheco

La lucha contra el gigante

Al día siguiente del escándalo, La Pomarrosa continúa cerrada. En opinión del plomero, Lidia, la dueña de la última miscelánea en nuestra colonia, no se atreve a levantar la cortina metálica porque aún siente vergüenza de que sus vecinos la hayamos visto desfilar desnuda, en tenis, con un cartel en alto: "Pido justicia: nos están matando".

El incidente ocurrió el viernes. Un día antes, a las tres de la tarde, me encontré a Lidia en la estación del Metro. Caminamos juntas hasta nuestra cuadra: en una esquina está mi casa y en la otra su tiendita. La protege una Virgen de Guadalupe. La adornan un colorido cartel de Los Tigres del Norte y un retrato de su hijo Javier.

Siempre que entro a La Pomarrosa me detengo a mirarlo. En bermudas, con la visera de la cachucha sobre la nuca, desde el estacionamiento de un enorme supermercado, Javier alza el puño derecho en actitud de triunfador. Lo es: consiguió burlar a la migra, ser contratado como mesero en un restaurante mexicano de Los Angeles y cumplir la promesa que le hizo a su madre cuando emigró hace ocho años: enviarle dinero para un negocito. Así surgió La Pomarrosa.

Ocupa la entrada de un edificio decrépito, semivacío. Según los cálculos de Lidia, el propietario no le da mantenimiento ni se interesa en conquistar otros inquilinos porque espera que los habitantes de la ruina, agobiados por cuarteaduras, goteras y cucarachas, desistan de vivir allí. Entonces él podrá demolerlo y levantar una torre blanca, lechosa, como tantas que han venido a sustituir a los edificios con escaleras de granito y a las casas de estilo colonial californiano.

Cada vez que conversábamos, Lidia abordaba el tema y la posibilidad de tener que mudarse. El asunto pasó a último término desde que se inauguró, a unas cuadras de su establecimiento, otro supermercado trasnacional. A partir de ese momento La Pomarrosa decayó y se convirtió en un negocio endeudado. Sólo registra pérdidas y está a punto de quebrar.

Lidia considera la situación un atropello a los esfuerzos de Javier. Cada anaquel de La Pomarrosa, cada mercancía, se ha comprado con los dólares que le envía su hijo. Por encima de la sobrevivencia del negocio hay otro impulso para seguir luchando: mostrarle a su Javier que valora su generosidad, aprecia su devoción y respeta sus enormes esfuerzos para sacar provecho de la vida que lleva en un ambiente cada día más hostil.

II

Cosa rara, el jueves mientras caminábamos, Lidia se mantuvo en silencio. Lo atribuí a sus muchas preocupaciones hasta que se detuvo y me hizo una extraña confesión:

"Desde hace rato siento muchas ganas de llorar por esa pobre gente". Le pregunté si había recibido malas noticias de Los Angeles. "Gracias a Dios, no".

El motivo de su tristeza era el encuentro que había tenido una hora antes en la avenida Hidalgo: "Fui a San Hipólito para rezarle a San Marticinto de Porres. Al salir de la iglesia noté que la gente estaba parada mirando a un grupo de hombres y mujeres que marchaban desnudos. Ya sé que pertenecen al Movimiento de los 400 pueblos y que a cada rato se encueran. Nada más los había visto en fotos o en la tele; encontrarlos en persona fue muy distinto. Pensé: ¿estarán tan desesperados como para hacer eso? ¿Será que ya no tienen nada más que su cuerpo desnudo para protestar?"

Lidia me entregó el volante obsequiado por una de las manifestantes: "A la opinión pública: solicitamos la intervención del Presidente..." Terminé de leer el texto, que concluía fincándole cargos a tres ex gobernadores de Veracruz, y le regresé el volante a Lidia. "¿Cree que les hagan caso?" Su pregunta me hizo recordar otras manifestaciones similares, prueba de que la estrategia de marchar desnudos aún no había tenido efecto.

Llegamos a La Pomarrosa. Lidia se arrodilló para retirar los cuatro candados que aseguran la cortina metálica. El sistema de seguridad resulta excesivo en comparación con lo que protege: vasos de sopa instantánea, paquetes de harina, litros de aceite, el anaquel chimuelo de frituras y un refrigerador despoblado. En medio de las escasas mercancías es evidente que lo único valioso para Lidia son la imagen de la Virgen de Guadalupe, el cartel de Los Tigres del Norte y la foto de Javier con el puño en alto.

Lidia encendió la luz y se colocó tras el mostrador. Le pedí un litro de aceite: "A ver si tiene cambio", murmuró. Le pagué con cuatro monedas. Se persignó con ellas: "Imagínese: a estas horas es mi primera venta. Ojalá que no sea la única". Le reproché su pesimismo y ella besó la cruz que hizo con los dedos: "Por estas que desde el lunes no he vendido ni cien pesos. Es natural, porque ahora todo mundo prefiere comprar más barato en el supersote".

Sustituir el nombre de la trasnacional palabra -supersote- era la venganza de Lidia contra el gigante que está destruyendo sus ilusiones y los esfuerzos de tantos como Lidia y Javier.

Me acompañó hasta el quicio y le echó una mirada a la calle. Algunos de los transeúntes eran vecinos y antiguos clientes de la miscelánea, pero ninguno mostró intención de entrar en La Pomarrosa. Todos siguieron de largo, como si no conocieran a Lidia o se sintieran culpables de su inminente fracaso: "¿Se fijó? Ya ni el saludo me dan. Un día de estos voy a tener que encuerarme para que de nuevo vengan a comprarme".

Lidia celebró su propia ocurrencia con una carcajada: "A lo mejor hasta me salen contratos, como a la muchacha argentina tan preciosa que se exhibió ante los presidentes reunidos en Viena". Le seguí la broma: "¿Y si no le hacen una buena oferta?" Su respuesta fue inmediata: "Al menos me ventilaré tantito".

Pensé que la amenaza de mostrarse desnuda para reconquistar a su antigua clientela y combatir al gigante que todo lo devora era sólo una broma o cuando mucho un desahogo. Estaba equivocada

III

El viernes al mediodía escuché carreras y gritos en la calle: "Dio vuelta en la esquina. Vamos a verla". Pensé en Lidia y me sumé a los curiosos. A media cuadra tropecé con el plomero. Caminaba a zancadas, con la cabeza baja y soportando con desgano su caja de herramientas. En vez de la explicación que esperaba me dio una orden: "Hágala razonar". No tuve dudas: Lidia era la protagonista del escándalo.

En la esquina se arremolinaba un grupo de espectadores: talacheros, repartidores, ociosos. En las avenidas se había formado un congestionamiento porque eran presa de la curiosidad. En quicios y ventanas las mujeres se tapaban la boca para ocultar su risa y su incredulidad ante la escena: en tenis, con la cabeza levantada y una cartulina en alto, Lidia luchaba contra el neoliberalismo valiéndose de su último recurso: su desnudez.

Caminé despacio para alcanzarla sin provocarle un nuevo sobresalto. Fingió no verme ni oír mi súplica: "Lidia, por favor: no haga esto". Siguió hasta el cruce de la avenida. La tomé del brazo para impedir que los coches la arrollaran, pero me rechazó con un movimiento brusco.

El número de curiosos había crecido. Los conductores embotellados se desahogaban a silbidos y claxonazos. En el camión de la basura los barrenderos, montados sobre la montaña de desperdicios, se limitaban a observar. En medio de su silencio el estornudo de Lidia resonó con la fuerza de una explosión.

Me adelanté unos pasos para colocarme frente a mi amiga. Otra vez iba a suplicarle que desistiera de su protesta. No pude hacerlo. La serena dignidad de su rostro, la indefensión de su cuerpo desgastado, vencido por el trabajo y las privaciones, me lo impidieron. Sentí, como ante los manifestantes que había encontrado en la avenida Hidalgo, una mezcla de ternura y tristeza.

Alguien al pasar me entregó una chalina desgastada: "¡Póngasela!" Lidia mantuvo la vista al frente y murmuró: "Por favor, cubra mi cicatriz". La marca descendía hasta el pubis. Era el recuerdo de una cesárea: la primera batalla de una mujer por darle vida a su hijo. Veintisiete años más tarde, Lidia enfrentaba otra. Su arma era la misma: su cuerpo.

Como pude, la envolví en la chalina. Los automovilistas volvieron a circular. Los grupos de curiosos, en silencio, se apartaron para dejarnos el paso libre hasta La Pomarrosa. La cortina estaba levantada. El aparente descuido expresaba la precipitación con que Lidia había decidido emprender su protesta solitaria.

Entramos en la miscelánea desierta. Al fondo, en sus respectivos altares, la Virgen de Guadalupe irradiaba su eterna divinidad; Los Tigres del Norte mantenían su sonrisa, y Javier, desde el estacionamiento de un supermercado, enarbolaba el puño victorioso.

 
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