Usted está aquí: viernes 5 de mayo de 2006 Opinión ASTILLERO

ASTILLERO

Julio Hernández López

El negocio de las encuestas

Relatos de la manipulación nacional

Los sondeos como lucro y politiquería

Las profecías de la ley Televisa

LECTORES DE TODO el país llenaron ayer el buzón electrónico de este tecleador con narraciones de experiencias personales con encuestadores. El modus operandi está claro: usando falsos membretes de presentación (desde el IFE hasta el Instituto Nacional de las Encuestas, por ejemplo), operadoras telefónicas o visitadoras domiciliarias llenan bajo consigna presuntas planillas de investigación sobre preferencias electorales, que luego son enarboladas por los directivos de las empresas de sondeos como evidencia "científica" de crecimientos o declives de candidatos presidenciales.

LA INMENSA MAYORIA de los casos relatados ayer a esta columna (en un notable ejemplo de espontáneo reporteo colectivo) asegura que, cuando los encuestadores escuchaban que el entrevistado votaría por Andrés Manuel López Obrador, sucedía alguna de las siguientes posibilidades: trataban de convencer al interlocutor de su presunto error político, apelando a dos puntos centrales como serían el "peligro para México" y el "endeudamiento de la ciudad de México"; o alargaban la plática, tratando de confirmar los datos específicos de ese pejista detectado (lo que a muchos hace temer que se estén preparando faenas clásicas del mapachismo premoderno, rasurando nombres del padrón electoral o enviando esos nombres a casillas lejanas a la que debería corresponder al votante); o simple y llanamente cortaban la comunicación telefónica o se retiraban de las casas sin mayor explicación.

CON DATOS PRECISOS (ciudades, horarios, nombres, direcciones, teléfonos y direcciones electrónicas), muchos de los escribientes se quejaron de que su preferencia electoral no fue tomada en cuenta por los presuntos encuestadores, mientras que otros se quejaron de no haber sido encuestados nunca ni conocer a nadie que hubiese vivido esa experiencia sideral; unos cuantos aseguraron haber realizado encuestas en su entorno (sin "metodología" oficial, desde luego) que arrojaron resultados siempre alejados de las alegres cifras cabalgantes que hoy pretenden mostrar a los mexicanos vuelcos y cambios en las simpatías electorales a causa de supuestos pecados gravísimos, capitales, imperdonables, relacionados con chachalacas y sillas vacías.

PERO A NADIE debería extrañar que los datos ofrecidos por las empresas encuestadoras estén bajo sospecha (lo raro, en realidad, es que haya una pretensión, sobre todo en los espacios periodísticos o de opinión de los medios electrónicos, de adjudicarle a esos negocios de demoscopia una condición angelical, incorruptible, fidedigna). Las tales firmas encuestadoras son negocios particulares dedicados a la búsqueda de ganancias económicas mediante la prestación de servicios, presuntamente especializados, a contratantes que, como todo patrón, imponen condiciones conforme a sus intereses. La instalación de empresas de lobby, asesorías y encuestas ha permitido a muchos políticos recibir fondos públicos por servicios privados que en realidad forman parte del proyecto político del contratante. En el ramo de las encuestas, los contactos y las buenas relaciones con los poderosos abren puertas presupuestales. En este momento, la marquesina de las encuestas tiene como estrellas a compañías cuyos dueños tienen intereses políticos específicos, o relaciones políticas familiares, o clientelas acreditadas que no desean perder por melindres éticos.

NO HAY, DESDE LUEGO, nadie que supervise la manera como las empresas encuestadoras dicen hacer su trabajo. Informan al IFE sus metodologías y ese instituto puede compartir esa información con quien tenga interés. Pero nada más. Por ello resulta llamativo que se pretenda elevar las encuestas a la categoría de dogma político divino, justamente cuando a los ojos de los mexicanos caen en pedazos las presuntas honras de la inmensa mayoría de las instituciones de la vida pública. De entre los escombros nacionales emerge, virginal, resplandeciente, rechinando de limpia, la Nueva Conciencia Nacional formada por las encuestas beatíficas, virtuosas e insobornables (décadas más delante podrán abrirse los sitios que contengan los restos de los directivos de esas empresas y, oh, se verá que sus carnes estarán incorruptas).

EL CIRCULO PERFECTO de la etapa superior del fraude electoral (la mediática) cuenta, desde luego, con la colaboración de los muchos dueños de medios de comunicación que prefieren seis años más de redituable hipismo foxista, aunque ahora el jinete sea peloncito, cachetón y de lentes, que la aventura de un lopezobradorismo seguramente no tan rijoso como en los discursos pero que sí puede resultar molesto, incómodo e imprevisible. En esa tarea de consolidación del nuevo evangelio (según las encuestas) están jugando un papel central las dos principales televisoras del país. Todo fue predicho en su momento, pero la memoria colectiva parece carecer de archivos que vayan más allá de media hora atrás: la aprobación de la ley Televisa fue posible gracias al voto de la bancada senatorial panista, que fue arengada a votar a favor por el mismísimo dirigente nacional blanquiazul, Manuel Espino, quien, diciendo hablar en nombre de Felipe Calderón, adelantó a esos senadores los muchos beneficios de pantalla que para ese candidato se lograrían con el simple levantar de un dedo.

EN ESE CONTEXTO (falta hablar de las deficiencias y el pasmo actual del propio López Obrador; de las culpas que le tocan por la elaboración de las tétricas listas de candidatos a legislar; del autoritarismo que lo caracteriza; del círculo de asesores y opinantes que son incapaces de arriesgarse a perder su plaza privilegiada; de la apuesta intelectualmente desastrosa por los operadores pragmáticos y no por la izquierda social); en ese contexto, pues, las apariencias mediáticas han hecho creer a mucha gente que el panorama político ha cambiado drásticamente nada más porque sí, a partir de incidentes menores. Pero la pradera seca no parece estar más para estos juegos de salón. ¡Feliz fin de semana!

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