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Jueves 4 de mayo de 2006

Adolfo Sánchez Rebolledo

Somos América

Las grandes movilizaciones de los inmigrantes en Estados Unidos representan un hito en la historia de ese país, apenas comparable con las luchas por los derechos civiles encabezaba por Martin Luther King. Se trata de vencer la discriminación, la sistemática exclusión de la igualdad ante la ley, pero hay algo más: los trabajadores indocumentados han reivindicado el papel que juegan en la economía de ese país, su creciente importancia para el funcionamiento del sistema en su conjunto y, unidos a los que ya tienen la ciudadanía, hicieron una demostración de su potencial político y social en la sociedad de la primera potencia mundial. "Hoy protestamos, mañana votamos", es un mensaje que las elites políticas no se pueden dar el lujo de desdeñar, aunque algunos entiendan más bien como la confirmación de que sus peores premoniciones ya se han cumplido.

Así, pues, el camino que falta por recorrer hasta tener una ley migratoria va a ser bastante más accidentado que las marchas pacíficas en Chicago, Nueva York o Los Angeles, ya que, a querer o no, el tema migratorio ha dejado de ser un asunto administrativo, laboral o simplemente policiaco y ahora se convierte en un problema sobre el futuro, tanto para Estados Unidos como para Latinoamérica; México, en primer lugar. El gobierno estadunidense no puede seguir jugando con la zanahoria del libre comercio mientras se niega a dar un cauce legal, legítimo, al flujo de personas. Es una inconsistencia que no puede saldarse erigiendo nuevos muros, negando las líneas maestras de la globalización o abriendo pequeñas compuertas a la demanda.

México tiene que admitir que el Tratado de Libre Comercio, aunado a las políticas liberales de las últimas décadas, no han conseguido crear los empleos que el país requiere, de modo que la emigración se convierte en un fenómeno "estructural", objetivo e independiente de los "acuerdos" que, por otra parte, nunca llegaron a concretarse. Lo que está en juego no es sólo cuántos trabajadores van a tolerar los empleadores del otro lado, sino cómo transformar positivamente una forma de integración que ahora "ilegaliza" a una parte sustantiva de la fuerza de trabajo que el otro necesita, por una relación productiva más allá del intercambio mercantil. El fracaso de la política económica mexicana para propiciar el crecimiento y crear empleos salta a la vista. Que decenas de millones de ciudadanos subsistan en las sombras haciendo lo que sea en Estados Unidos es un hecho lamentable que la entrada de divisas no logra subsanar. Pero revertirlo será imposible con medidas autárquicas, como si la integración se redujera a la estadística o la multiplicación de changarros aquí y ahora.

Sería deseable que los políticos en campaña, más allá de frivolidades mercadotécnicas, se plantearan el tema de la emigración como un asunto que obliga a reflexionar sobre las relaciones con Estados Unidos. La solidaridad con América Latina no debería hacer olvidar lo obvio: la presencia de millones de latinoamericanos dispuestos a vivir la aventura de hacer valer sus derechos es un problema tan importante que merece toda nuestra atención, sobre todo cuando comparamos la voluntad de movilización con la exigua respuesta al llamado a votar realizado por el IFE. No es un asunto de banderas, sino de derechos y su cumplimiento. Esa es la lección del 1º de mayo.


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