Usted está aquí: miércoles 3 de mayo de 2006 Opinión POESIA PARA LLEVAR

POESIA PARA LLEVAR

Ricardo Yáñez

Percepción

EL LUNES, PERO no lo puedo contar, sólo -de así poder decirse- participar, viví lo que podría ser el capítulo de una novela o un cuento. Fue por la tarde, tarde-noche (llovió, por cierto, fue la primera lluvia, me dijeron, del año), en una cantina cuyo nombre sí diré, pues me impresionó (no favorable aunque sí divertidamente): El Otro Mundo. Se me había advertido que era de mala muerte, y como a mí no me disgustan las cantinas de mala muerte, pues allá voy. En ese sentido me desilusionó, es más bien de carácter ''vecinal". Para mi sorpresa, lo que llamamos volumen (intensidad) de la rockola, muy soportable, casi discreto. Las voces de los parroquianos, se ve que ahí todavía los hay, ésas sí altas, y cuando la lluvia más. Me acerqué unos momentos a la cortina de la entrada para intentar escuchar la lluvia gris azotando sobre el único automóvil, blanco, largo, de la calle.

LO CURIOSO ES que no pasó nada, excepto que alguien a quien yo no conocía (''Tal", se presentó, breve el nombre de pila, ''así nomás"), platicó y platicó y platicó fragmentos de su vida, discurrió sobre tópicos diversos, algunos relativos a su apego a la región, a su gente (no fue esto en la ciudad de México), no sé con cuánta humildad paradójicamente orgulloso de todo ello, y que toda la escena, a pesar de su elementalidad, se volvía de repente (mi intención nada contaba) materia narrativa: el sudor del rostro, las burbujitas en el popote transparente del trago campechano, el tono seco y contundente, aunque siempre cordial; los brochazos, las pinceladas, los trazos gruesos o finos con que, sin salirnos de uno vivíamos muchos escenarios: en un mural.

IMPORTA REFERIR QUE yo venía de participar tres días en un taller de narrativa, específicamente de novela, al cual había acudido cuestionado por mí mismo aunque alentado por quien me invitó, Martín Solares, bajo la explicación de que en mi caso interesaba la visión respecto del lenguaje en general y del artístico (o así entendí) en particular. ¿Por qué, aun cuando al teclear esto todavía siento una especie de tensión anudándome el estómago, acepté acudir? Lo expongo sin necesidad: porque sentí que mi experiencia en talleres de sensibilización a la creatividad y de escritura podrían no resultar del todo inútiles a los asistentes. Cruzo los dedos.

ENTRE LOS TEMAS que tocamos estuvieron, fue de los difíciles, el del sentir: sentir la escritura, la historia, el curso de ésta, a los personajes (no se desglosó así, pero así es). Debí aclarar que sentir es sentir desde un ángulo, desde una ubicación, desde un punto de vista. No lo hice puntualmente. Puse sobre la mesa el tema de la percepción e indiqué que la del poeta y la del narrador difieren fuertemente, así, según algunos creen, el centro de la experiencia literaria pueda ser la poesía.

EL ESPACIO SE acaba. Nuestro interlocutor, éramos cuatro a la mesa, al enterarse que publicaba en un periódico me pidió:

''No escribas lo que aquí se dijo." No lo hago. Escribo, nada más, y no pude evitarlo, que en tres días mi percepción del suceso lingüístico y la realidad sufrió un (supondré pasajero) cambio. Ya no veía versos, vivía historias.

 
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