Usted está aquí: miércoles 3 de mayo de 2006 Opinión Los ayatolas de los espots sucios

Luis Linares Zapata

Los ayatolas de los espots sucios

Salieron de los cubículos de las universidades privadas, de los tecnológicos de fama y clase blandiendo sus diagnósticos de bajas notables de AMLO en meses recientes. Se expresan con delicado rigor en programas de radio y televisión con la prosapia y ascendencia que adquieren los investigadores de centros de estudios de renombre: perseverar en la soberbia a los izquierdistas les costará la derrota en las urnas. Y, al unísono, posesionados de vocingleros altoparlantes, dieron rienda suelta a sus elucubraciones. Todos subieron a la palestra armados con las últimas encuestas publicadas, en especial la del diario Reforma y alguna que otra adicional (GEA-ISA), que daban un sensacional vuelco a las preferencias electorales de los mexicanos. Una inflexión, han aducido, que se viene observando de uno o dos meses para acá. Muy lejos les quedó la formidable colección de trabajos demoscópicos de variada procedencia que mostraba, siempre con resultados disparejos, una consistente preferencia de los electores.

Todo puede suceder, sostenían con frecuencia más que sospechosa tanto encuestadores interesados en ocupar el centro de la atención y los contratos respectivos como locutores que no atinaban a conciliar frases redondas, novedosas, apegadas a los sucesos del día. Un espot bien logrado, un error cualquiera del candidato X, una campaña sucia bien orquestada, un asesor eficiente traído de la USA tierra anhelada pueden hacer la diferencia. La forzada comparación con el demonio populista que ronda por las esquinas de los rumores es capaz de dar el vuelco anhelado. Nada de los demás cuenta. Muy lejos, metida en la trastienda de las cosas inútiles, desvencijada y en lontananza, queda una campaña tumultuaria (más de 2 millones de ardientes mitineros, activistas de influencia) que con esfuerzo digno de reconocimiento ensambla el abanderado de la alianza Por el Bien de Todos.

Con tan poderosos instrumentos en ristre (encuestas, artículos varios y mediciones de focus groups) se lanzaron a dar por ganador del debate (¡sin duda alguna!, alegaron con festinada frecuencia) a un Felipillo Calderón, hoy convertido en todo un Don de las pantallas, los escenarios taurinos y el palabrerío envalentonado y triunfalista. Sin duda dará otros seis años de agónica y explosiva continuidad, les faltó asegurar.

Pero, más que sus enjundiosas conclusiones electorales, los renombrados analistas concitados destaparon una especie de rebelión contenida que llevaban dentro. Habían estado sometidos, por distintas evidencias, difíciles de combatir al aire libre, a la presión de aceptar como puntero de las preferencias de la mayoría de los mexicanos a un individuo por el que no tienen empatía alguna. Por el que, no poco, sienten bullir, en su interior de personas decentes, bien intencionadas, carentes de inclinaciones malsanas, un recóndito enojo por aquello que AMLO les anuncia: un cambio real de modelo y del accionar político. La postura, repetida por el tabasqueño respecto a su preferencia por los de abajo, les causa un resquemor que no confiesan, pero que temen por sus consecuencias disruptivas. Les da comezón la eventualidad de un revés al modelo que tanto han sostenido como válido para todos, aun para aquellos que huyen del país, no por falta de un trabajo, que tenían aquí, sino por el cerrado horizonte de expectativas que les había cerrado la esperanza. Ahora salen a las calles en EU para ser aceptados, para convertirse en ciudadanos de esa nación que les da lo que aquí no encontraron, a pesar de las promesas de crecimiento (7 por ciento de los votos útiles) y el desgobierno panista de los últimos seis años de estancamiento.

Sin embargo, esos señorones de los análisis, purificados en sus criterios informados, se declaran intocados por cualquier animadversión contra aspirante alguno. Son adalides de la verdad, la más exquisita, contundente, la argumentada con su lógica implacable, trascendente, la más pura que pueden destilar. Trans-miten, basados en sus innegables conocimientos adquiridos en recoletos cubículos, una imagen, terráquea y ruda de la caída, de los tropiezos que no quiere admitir Obrador. Les molestan las equivocaciones de un individuo atosigado por la vanidad del triunfador anticipado. De un tiempito acá le sorrajan, a cada paso de los muchos que AMLO da por la república, su encontronazo en las esquivas urnas. No resisten al que, dicen, poseído por una fe alocada, sin contrapesos, camina rumbo al fracaso ineludible. Con metafísico desparpajo penetran en las más recónditas entrañas del perredista para diagnosticarle el mal de montaña, consejero de las derrotas insepultas por la ausencia de crítica. Cambie, dicen unos, o se estrellará contra el muro de sus propias necedades. Le entra a la guerra sucia contra el PAN o se olvida de ocupar el adusto lugar en Palacio Nacional que ha dibujado para su eventual presidencia. La creencia mesiánica de López Obrador la dan por descontada; es, simplemente, un lugar común de referencia obligada en sus escritos, en sus frases aireadas con bocinas de alcance masivo.

El que se ha convertido desde hace meses en el punto focal de sus rencillas, ha caído, por fin, aunque sea a golpes de encuestas manipuladas. De aquí en adelante, estos instrumentos modernos son los únicos que cuentan para sopesar, para aquilatar, para calibrar el descalabro de un intento respaldado por millones en las calles, comentado en los barrios de poca monta, el que se discute en aulas y pasillos de universidades públicas, el arropado en las plazas de México. Los sucesos represivos en Michoacán, con sus muertos al calce, pasan de largo. El millón de DVD con el documental de Mandoki que se demanda para su distribución es simple anécdota de publicista incauto.

Los miles, quizá millones de trabajadores crecientemente ofendidos, las leyes apoyadas en complicidades panistas, las mentiras rotundas esparcidas sin recato y hasta glorificadas, son simple trasteo improductivo. Un solo espot arrumba todo ello en el cuarto de los cachivaches, dicen los ayatolas de esta república espotera. Las plazas llenas no aseguran el triunfo; cierto a medias, pero su réplica es: sin plazas llenas, no hay ganador, menos aún gobernabilidad.

 
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